Nuria Labari: «Para ir al trabajo una mujer tiene que convertirse en tío: eso es un drama»

María G. de Montis | Madrid - 13 mayo, 2022

Tal y como se concibe en el mercado laboral, la igualdad es una trampa, porque convierte a todos y todas las trabajadoras en hombres blancos, cansados y maltratados. Esa es la premisa de la que parte la escritora, periodista y directiva Nuria Labari para escribir su última novela, “El último hombre blanco” (Penguin Random House), un afilado relato sobre la opresión que sufren todos los trabajadores, especialmente las mujeres, por parte de unas estructuras laborales patriarcales. “Para ir al trabajo una mujer tiene que convertirse en un tío: eso es un drama”, asegura la autora en una entrevista con Efeminista.

«Lo único que pudieron hacer muchísimas mujeres al incorporarse al trabajo y a los círculos de poder fue adaptarse», explica. «No puedes elegir las reglas: lo que vas haciendo es pasar por todos los aros, de manera que la igualdad que tanto hemos defendido durante muchos años ha sido una igualdad trans, que se traduce en transformarte en un hombre».

La protagonista de esta novela es una directiva de cuarenta y cuatro años, educada para ser igual que sus compañeros y casada con un «privilegiado que ha podido elegir no ser el mejor de la manada» y dedicar más tiempo al cuidado de su hijo. Una mujer que decide poner el grito en el cielo y frenar su meteórico ascenso laboral en dirección a las cúpulas de poder, tras haber perdido sus deseos, su tiempo y su identidad en el camino.

«Sí, hay mujeres en el poder, ¿pero quién marca las normas? ¿Cuáles son las reglas de juego? ¿Cuáles son los horarios? ¿Cuál es la cultura? ¿Dónde nació todo aquello?», reflexiona Labari, que se muestra «comprometida» en acabar con este «sistema de maltrato» socialmente aceptado.

«Ahora (las mujeres) ya no somos tan minoría, y a lo mejor ha llegado el momento de reventar algunas normas, de reventar el sistema», propone. «No de que las mujeres lleguen al poder, sino de feminizar el poder, que es otra cosa diferente”.

Labari (Santander, 1979), escritora con una columna semanal en el diario El País y directiva de la empresa Mediaset, se lanza en esta novela a analizar el mundo del trabajo, un eslabón de la justicia social que absorbe a becarios y millonarios por igual.

«Todo el sistema es sádico», asegura la autora, que acaba de crear Circo de Circe, un espacio itinerante de pensamiento y creación colectiva que organiza talleres y clubes de lectura y en el que se aplica «la manera tradicional de enseñar, pero también el cuerpo y la performance», según cuenta. «Nos centramos en el refugio, el encuentro y el cuidado para pensar juntos».

Nuria Labari el último hombre blanco

Nuria Labari posa con su libro durante una entrevista con Efeminista. EFE / María G de Montis

La trampa de la igualdad laboral

PREGUNTA.- ¿Cómo entiende Nuria Labari el trabajo?

RESPUESTA.- En este momento y en esta sociedad, el trabajo se entiende como forma de realización personal, como el camino hacia donde nos dirigimos, como fuente de éxito, de competencia, donde vamos a ser alguien. Y creo que eso que sigue vigente en todas las generaciones. Nos han dicho que así es como vamos a convertirnos en alguien exitoso, competitivo y eficiente, en alguien con propósito… esas cosas que se dicen en LinkedIn.

Yo creo que no entiendo así el trabajo, pero he necesitado escribir este libro para darme cuenta. Por eso está dedicado «a todos los que un día, camino del trabajo, sintieron que se habían perdido».

P.- Trabaja como directiva en una productora digital, pero también como escritora y profesora en el sector de la cultura, mucho más precarizado.

R.- En el trabajo hay muchísimos dramas. Uno de ellos es el de la precarización del trabajo, que termina siendo una precarización de la vida. En el caso del trabajo cultural, es directamente una trinchera: es muy difícil vivir de ello, a pesar de que en España se está haciendo un trabajo intensísimo, de que hay mucha gente dejándose la piel y de que, además, sea el sustrato del que se crean la civilización, la sociedad y la democracia.

El trabajo, la religión del siglo XXI

P.- ¿Cuándo nace este libro? ¿Y por qué?

R.- Yo creo que nace cuando empecé a ir al colegio. Soy de largo aliento, ¿sabes?

El trabajo es prácticamente la religión de este siglo.

Es muy difícil pensar que esté mal: ves las noticias en prensa y te dicen que la sociedad va bien cuando hay trabajo para todos. La gente lo que pide es que haya trabajo, así que vamos aceptando muchas cosas.

A mí, además, me salió bien: había que tener buenas notas y las tuve, había que conseguir becas y las conseguí, había que tener un primer trabajo y lo tuve… poco a poco, todo fue saliendo bien, pero yo no estaba bien. Y me di cuenta de que nadie estaba bien. Que el Instagram del trabajo, que es LinkedIn, dice que el mundo está lleno de gente que ama su trabajo, de gente a la que le encanta, que es vocacional, que se lo creen, como yo me lo creí. Pero la realidad es que la jerarquía sigue siendo absolutamente vertical y precaria.

El trabajo maltrata a las personas.

El trabajo se parece al mito del amor romántico, en el sentido de que aún está por desmontar y repensar. Así que te diría que este libro nace de una imagen, todas las mañanas durante muchos años, en el atasco, donde yo me preguntaba por qué nadie se bajaba del coche. Yo esperaba encontrarme gente sentada en el arcén diciendo “no puedo más”, pero nada, no nos apeábamos ninguno. Y de ese lastre, de esa herida, va naciendo esto.

P.- Hay dos cuestiones que prevalecen tanto en esta como en su anterior novela: la vergüenza y la culpa. Pero, en este caso, sobresalen desde un campo semántico eminentemente masculino. ¿Cómo ha trabajado eso?

R.- Ese trabajo ha sido de lo más difícil del libro, porque la protagonista es un hombre. Lo que sucede cuando nos incorporamos al mercado de trabajo como minoría, o lo único que pudimos o pudieron hacer muchísimas mujeres al incorporarse al trabajo y a los círculos de poder, fue adaptarse. No puedes elegir las reglas: lo que vas haciendo es pasar por todos los aros, de manera que la igualdad que tanto hemos defendido durante muchos años ha sido una igualdad trans, que se traduce en transformarte en un hombre.

Sí, hay mujeres en el poder, ¿pero quién marca las normas? ¿Cuáles son las reglas de juego? ¿Cuáles son los horarios? ¿Cuál es la cultura? ¿Dónde nació todo aquello? Ahora (las mujeres) ya no somos tan minoría, y a lo mejor ha llegado el momento de reventar algunas normas, de reventar el sistema. No de que las mujeres lleguen al poder, sino de feminizar el poder, que es otra cosa diferente.

La feminización del trabajo

P.- La responsable del Ministerio de Trabajo en España, Yolanda Díaz, es una mujer a la que se le imputa una “feminización” de la política. ¿Cree que eso puede llevarle también a feminizar el trabajo que regula?

R.- No, no pienso que una mujer vaya a poder cambiar una estructura social ella sola. Yo creo que, como otras estructuras que se han roto, esto se romperá nombrando y tomando conciencia.

Espero que con este libro quede claro que para ir al trabajo una mujer tiene que convertirse en un tío y que eso es un drama. Pero lo que sucede cuando uno ve que esto es así es que ve la jaula. Y ver la jaula ya es una manera de poder salir.

Hay dos cosas sagradas: la igualdad y el trabajo. Y los dos se nutren de una ideología perversa.

Yo no quiero más igualdad que me obligue a ser como un tío. Renuncio, gracias, guárdensela para ustedes: se la regalo.

Poco a poco tienen que llegar al trabajo mujeres que entiendan el poder como verbo, que es para lo único que tiene sentido el poder: para hacer cosas. El poder masculino es sustantivo y domina, también a ellos. Lo que pasa es que los tíos, como llevan siglos padeciendo esa clase de poder, se han convertido en personas muy dóciles. No podemos contar con ellos: no van a cambiar las cosas, porque están todavía más dentro de la jaula que nosotras.

Hay una ventaja en haber llegado las últimas y es que llevamos tiempo viendo todo esto desde fuera. No debería llevarnos mucho tiempo cambiarlo: ya no somos minoría. Ahora hay que reventar esas estructuras de poder que, además, van a acabar con el mundo. No es solo que esta manera de producir y de hacer las cosas no sea sostenible, es que destruye las identidades.

Cualquiera que vaya al trabajo sabe de lo que estoy hablando. Sabe qué clase de sometimiento tiene hacia su profesión, hacia su jefe. ¿Qué contradicciones íntimas tiene? ¿Por qué no siente que se le esté entendiendo? Siente algo muy parecido a una relación de maltrato, tiene un trauma. Da igual que seas becario o que ganes más de 200.000: todo el sistema es sádico.

El trabajo canibaliza la carne

P.- En este libro se canibaliza la carne. Aquí, el cuerpo no es “un préstamo” para el trabajo, sino que se convierte en su propiedad, en su menú. Especialmente en el caso de las mujeres.

R.- Sí, el trabajo canibaliza el cuerpo de las mujeres, por supuesto, lo canibaliza todo. Pero tenemos que saber que ahora vivimos un momento peligrosísimo, porque se está intentando ya no masculinizar el trabajo, sino robotizado.

Antes fuimos hombres, ahora nos vamos a hacer robots.

No hacen falta cuerpos, solo los necesarios para trabajar. Y, cuando menos uses el cuerpo, más te van a pagar, eso es así. ¿Quién usa su cuerpo? Las cuidadoras, los riders, las prostitutas, las asistentas del hogar… La gente que trabaja por horas usa su cuerpo. El cuerpo deja de ser necesario en el trabajo desde que empiezas a cobrar por meses, y llega un momento en el que cobras anualmente y ya no tienes presencialidad, eres tan virtual como el dinero.

El cuerpo se canaliza bestialmente, se esclaviza, pero de un tiempo a esta parte los trabajos dignos exigen menos cuerpo. También por eso la mujer lleva una carga extra, porque a nosotras el cuerpo ni los trabajos más dignos nos lo quitan de encima.

P.- El libro acaba con la pandemia. La COVID fomentó un sistema de teletrabajo que, al final, ponía más peso sobre las trabajadoras.

R.- Ahí hay varias cosas. Yo no creo que el trabajo vayamos a feminizar solo mujeres. Todos debemos acabar con eso, con esa lógica del hombre blanco tan avasalladora. Muchísimos hombres padecen estas mismas reglas y muchísimos desearían dejar de padecerlas. Este traje de trabajo nos aprieta a todas y a todos.

Pero, ¿ quiénes son realmente los hombres blancos? Quiero decir, todos llevamos dentro uno, una aspiración de poder, pero no son tantos. Están fuera las mujeres, todos los hombres que no son agresivos ni poderosos están fuera… son cinco o seis. El poder está ahí arriba y tenemos que dejar de divinizarlo.

¿Quién va a hacer eso? ¿Quién va a ser el último hombre blanco, quién va a dar un puñetazo en la mesa? Si me preguntas, te diré que las mujeres.

La trampa de las mujeres que todo lo pueden

P.- Su experiencia con el trabajo, con la conciliación, con ese arquetipo de la mujer que tiene que llegar a todo, ¿cómo ha sido?

R.- Durante años he afrontado eso con muchísima docilidad, intentando llegar a todo, pero siempre con prisa. En las empresas todo es igualdad, ¿no? Tú llegas y te tratan fenomenal, ¡incluso te ascienden, pese a que podrían ascender a un hombre! Pero la prueba de la igualdad está en los bazares, en noches como la de Halloween, a las nueve de la noche. Ahí solo hay mujeres desesperadas intentando conseguir un disfraz de fantasma.

La pretendida igualdad está en ese «deber» con el que cada sale de casa. Y diría también que en el mayor logro de los últimos años en terreno laboral: la baja de maternidad para los padres, que conseguimos después de pelea, sangre y entrega. ¡Y se lo hemos regalado! Lo celebro, había que conquistarlo y queda claro que la lucha de las mujeres beneficia a toda la sociedad, pero nuestra baja no se ha tocado, pese a la carga brutal que llevamos en el cuerpo.

Ninguna de mis jefas se redujo la jornada por maternidad: tenían que jugar a ser igual que ellos. Al principio, entrabas en los despachos de las directivas y no había rastro de hijos, porque se interpretaba como síntoma de debilidad. En cambio, todos ellos tenían a la vista un dibujo con casitas en el que ponía «te quiero, papito».

Como directiva, yo me reduje la jornada. Después, todas las mujeres -y muchísimos hombres- que trabajan conmigo se la redujeron. Los referentes abren un mundo y, durante mucho tiempo, yo no vi nada que se pareciera a eso. Yo solo veía a «superwomans«, a mujeres imposibles que llegaban a todo. Eso es lo que hay que cambiar: gracias, chaqueta poderosa, pero vas a la basura. No quiero esto.

P.- ¿Echa de menos, en el movimiento feminista, más reivindicaciones relacionadas con (o contra) el trabajo?

R.- El movimiento feminista lo miro siempre con respeto y agradecimiento. Sin embargo, es cierto que, durante mucho tiempo, el sujeto político del feminismo ha sido siempre una mujer víctima, violada o maltratada. Y con mucha razón, porque muchas mujeres mueren por violencia machista todos los días.

Ahora bien, no es el único sujeto posible del feminismo. Hay que abrir más puertas. La mujer poderosa también puede ser sujeto político del feminismo, que no es un reducto de víctimas ni un discurso que se limite a los violadores y asesinos. En el poder, en el trabajo y en esos sitios aparentemente saludables de nuestra sociedad, donde no parecemos ser víctimas, también tenemos que inyectar otro tipo de feminismo. Un feminismo que necesito y que ojalá hubiese tenido antes, porque habría hecho mucho menos el idiota.