Elvira Navarro: «La libertad total no existe, seguimos ordenándonos a mandatos»

Laura de Grado | Madrid - 16 enero, 2023

A partir de los testimonios recreados de una madre y una abuela, en su esperado libro «Las voces de Adriana», la escritora Elvira Navarro (Huelva, 1978) abre la conversación sobre el «carácter ficcional de la memoria», los traumas y los mandatos familiares y sociales que sigen imperando en nuestras vidas.

La autora de «La isla de los conejos», nominado al National Book Award de literatura extranjera en 2021, y de «La trabajadora», coloca el duelo y el aprendizaje sobre la muerte como detonante de este recorrido literario y familiar en tres partes, desde «el exterior hasta el interior, desde lo más claro a lo mas oscuro», cuenta en una entrevista a EFE.

La novela, publicada por Random House, parte de un duelo por la muerte de un familiar cercano de la propia escritora y -cargada de elementos autobiográficos- reflexiona sobre todos los silencios y traumas familiares que no se han podido contar, pero que están presentes en las vidas «de una manera muy fantasmagórica», explica Navarro, cuyas obras han sido traducidas al inglés, francés, sueco, italiano, japonés, serbio, coreano y turco.

«Las voces de Adriana», novela sobre el aprendizaje de la muerte

Pregunta (P).- Publica su esperada novela «Las voces de Adriana». ¿De dónde nace este relato?

Respuesta (R).- El impulso que me lanzó a escribir «Las voces de Adriana» fue uno de mis propios duelos por familiares cercanos, que bueno, siempre transcurre un tiempo desde que yo vivo algo hasta que empiezo a escribir sobre ello. No se trata de una novela autobiográfica; sin embargo, sí que tiene muchos elementos.

Es una novela que surge o cuyo tema principal desde mi punto de vista es el aprendizaje de la muerte en la medida en que es un aprendizaje a través de los demás. De la propia muerte no vamos a poder hablar porque estaremos muertos. La experiencia de la muerte en realidad es inefable, no hay experiencia de la muerte, pero sí hay experiencia de la desafección de los seres queridos, que es la que te empieza a avisar de tu muerte también.

P.- La historia comienza precisamente con ese aprendizaje de la muerte, con el duelo de Adriana por su madre, ¿ qué quiere contar con este duelo?

R.- Quise poner el foco en este duelo porque es el primer duelo importante para la protagonista, que en efecto, abre las puertas a la memoria. Cuando alguien importante desaparece solo queda su memoria y cuando ya no podemos acudir a esos lugares o personas que eran nuestro universo familiar, empiezan las recreación de eso. En el libro es muy importante la casa de la abuela como lugar que ya no existe, pero que existió y que fue fundacional para Adriana porque fue su primer conocimiento del mundo y bueno ella tiene la casa de la abuela como un refugio, como un refugio de la memoria.

Un recorrido «desde el exterior hacia el interior»

P.- «La casa» es una de las tres partes en las que está divida la novela, junto a «El padre» y «Las voces», ¿qué la llevó a dividirla así?

R.- La novela está dividida en tres partes porque marca como un recorrido desde el exterior hacia el interior, desde lo más claro a lo mas oscuro, desde el mundo hacia la interioridad. La primera parte es «El padre» y hace un poco el papel de esa exterioridad. El padre está enfermo, es un personaje tocado por la muerte, pero a pesar de todo vive haciendo caso omiso a eso. Mientras Adriana está totalmente paralizada, tiene su proceso de duelo por la muerte de su madre, que es un proceso muy interno y en el que se siente estancada, o sea, no sabe hacia dónde tirar y observa su padre, que es como un aprendizaje de la vida, de lo necesario que es vivir con ligereza.

A partir del padre y de la situación que está viviendo ella, empieza a considerar su otra herencia, que es la herencia materna, una herencia con la que es más difícil lidiar, donde hay más densidad emocional, una memoria más viva de los acontecimientos trágicos, hay muchos más silencios, muchas más zonas oscuras. Y antes de llegar a las voces de la madre y de abuela, que es la última parte de la novela, («Las voces») que funciona casi como si fuera un coro porque se van sucediendo las voces que van rememorando lo que ha sido sus vidas, está la parte de «La casa». Y yo quería que esa parte, además de ser una celebración de ese espacio, funcionara como metáfora estructural de la novela porque la novela va de fuera a dentro, va hacia las habitaciones oscuras de la casa.

El carácter ficcional de la memoria

P.- En esta tercera parte de «Las voces» aparecen la abuela, la madre y la hija contando todo lo que han callado durante años, sus silencios familiares, ¿ qué intención hay en poner la herencia familiar en las voces de esas mujeres?

R.- La de la madre y la abuela son voces recreadas, es decir, es Adriana la que las recrea, entonces quería poner de relieve el carácter ficcional de toda memoria y al mismo tiempo cómo la memoria de nuestros antepasados ya solo está en nosotros y somos nosotros los que estamos dando voz con nuestras propias palabras a unos antepasados que quizá no habrían contado de esa manera las cosas. Cuando se trata de acontecimientos que sucedieron hace muchísimo tiempo, de memorias lejanas, de memorias de familiares que uno nunca llegó a conocer, lo que se tiene ya casi prácticamente son historias de ficción, pero que sí responden a una verdad emocional.

La escritora Elvira Navarro durante una entrevista con motivo de la presentación de su libro «Las voces de Adriana», que publica Random House. Foto: Laura de Grado

Elvira Navarro: «Seguimos ordenándonos a legados y mandatos»

P.-  En estas voces encontramos una madre que ha sido médica porque se lo dijo su padre y a una abuela que siempre hacía lo que tenía que hacer, mujeres que no tuvieron libertad en sus decisiones, ¿ qué quería contar con esto?¿Cree que ha cambiado esta situación para las mujeres?

R.- Lo que yo quería poner de manifiesto cuando, por ejemplo, la madre dice: ‘yo nunca tuve vocación lo que tuve fue el legado y obedecí los mandatos familiares’, es que nos ordenamos a mandatos a veces de manera muy consciente porque son mandatos que son formulados de manera explícita, pero que también funciona un nivel inconsciente.

Respecto a la libertad, no estoy muy segura… obviamente ha habido cambios absolutamente sustanciales. O sea, de depender del marido o de estar encerrada en casa cuidando y no pudiendo tener una independencia económica, hemos pasado a poder hacer lo que llamamos una vida, o sea, una vida en la que hemos podido tomar decisiones. Pero obviamente seguimos condicionadas de algún modo porque la libertad total no existe, pero todos. Estamos condicionados por millones de cosas, y los legados y los mandatos yo creo que seguimos ordenándonos a ellos aunque quizá de una manera menos consciente.

Traumas familiares, silencios y fantasmas

P.- Estas voces además, mientras hablan, van abriendo traumas familiares…

R.- Yo creo que los traumas no es que no los hayas visitado porque los visitas todo el tiempo porque están presentes, pero otra cosa es cómo se formulan en la conciencia. Y luego es verdad que a veces están presentes de una manera muy fantasmagórica porque no se han contado bien, porque se han ocultado, sin embargo, lo sabemos, hay como un silencio sonoro.

Por lo menos en mi propia experiencia familiar, o incluso diría en la dinámica de las familias, cuando ocurre algo trágico muchas veces se quiere poner a salvo a los hijos y a los nietos de aquello que pasó, porque para qué vas a transmitir ese dolor, pero se transmite igualmente. Entonces juego un poco con eso, con lo que no se ha querido decir por poner a salvo y con lo que no se ha podido decir.

P.- En la novela, además, hay espacio para la critica social. Habla del momento actual, de las redes sociales, de las aplicaciones de citas… ¿Qué impacto esta teniendo esto en las relaciones sociales? ¿Hacia donde vamos?

R.- Se están estableciendo otro tipo de relaciones humanas en lo digital. Por ejemplo, en Twitter, que es la red social más agresiva que hay, muchas veces nos permitimos responder o comentar cosas de una manera que no lo haríamos si tuviéramos a la persona delante. Lo que hay en internet es una sustitución del otro acentuada por las propias proyecciones que tenemos sobre los demás. Etiquetamos a una persona, nos parece que es tal o cual, nos cae bien o nos cae mal porque tiene esta opinión, simplificamos y finalmente solo parece que nos vamos a nosotros mismos. Entonces yo creo que eso claramente es muy peligroso.