violencia machista rural

Aberasturi, en la zona rural de Vitoria. EFE/David Aguilar

El medio rural, escondite perfecto para la violencia machista

Laura López | Segovia - 5 enero, 2022

Huir de la violencia machista siempre es un reto, pero las condiciones que rodean al medio rural lo hacen todavía más complicado. El ambiente, a menudo más conservador, las arraigadas creencias, el difícil acceso a la información y los recursos y, en muchos casos, la dependencia económica de sus parejas son tan solo algunos de los factores que complican la salida de esas relaciones. Eso lleva a que algunas mujeres, como Mari Carmen Agüero, soporten toda una vida de maltrato por parte de sus maridos.

Así lo ha señalado en una entrevista con EFE la presidenta de la Federación de Asociaciones de Mujeres Rurales (FADEMUR), Teresa López. Son conclusiones de un estudio realizado en 2020 en colaboración con la Delegación del Gobierno contra la Violencia de Género, que concluyó que las víctimas que viven en el medio rural suelen tardar más tiempo en pedir ayuda que las que habitan entornos urbanos.

«Las mujeres que prestaron testimonio habían sufrido violencia durante una media de veinte años, lo que es una barbaridad absoluta; son mujeres mayores que han recibido una educación machista y patriarcal y que asumen la violencia como algo con lo que tienes que convivir», apunta López.

El medio rural, más machista

Para FADEMUR, que agrupa a más de 55.000 mujeres de entornos rurales, aunque los datos de asesinatos machistas representan solo «la punta del iceberg», también reflejan la mayor vulnerabilidad que se vive en los pueblos: «En 2021 ha habido más de 40 mujeres asesinadas, al menos 17 de ellas en municipios de menos de 20.000 habitantes», señala López, «lo que representa un 42,5 por ciento».

«Pero es que la población que vive en el medio rural no llega al 30 por ciento de la general, por eso decimos que existe un desequilibrio evidente», precisa.

Una postura que comparte con Lorena Calvo, trabajadora social y coordinadora de uno de los cuatro Centros de Acción Social (CEAS) de la Diputación Provincial de Segovia, las unidades básicas de Servicios Sociales para los pueblos. En su experiencia, es habitual que en entornos rurales la violencia machista se esconda todavía más.

«En el medio rural, la población al final es más machista porque las creencias están más arraigas, hay menos recursos, menos servicios, más aislamiento, menos posibilidades de empleo.. y esto provoca que las mujeres sean más vulnerables», enumera.

«También creo que, como aquí todos nos conocemos, tienen miedo a que se las juzgue«, reflexiona. «Por culpa del machismo en la sociedad, de alguna manera siempre se busca la culpa en la mujer, ‘algo habrá hecho’, y por eso hay mucho silencio y ocultación».

Aumento de casos en los últimos años

De hecho, en estos CEAS no es habitual que una mujer llegue para pedir ayuda identificándose como una víctima de violencia de género. Las que piden ayuda suelen acudir con otras demandas, como ayuda para sus hijos, y son las profesionales las que detectan lo que hay detrás.

«Al no reconocerse como víctimas de violencia de género, tenemos que trabajar desde otros ámbitos, como lo comunitario, la empleabilidad, la independencia económica, el refuerzo de la autoestima hasta que consigues empoderarlas… pero sin nombrarlo, porque si no reconocen el maltrato es complejo tratarlo directamente, puedes perderlas», comenta la trabajadora social.

En los últimos años, en estas unidades han detectado un aumento de casos de violencia de género, más acentuado todavía tras el comienzo de la pandemia. En 2017, en la provincia de Segovia fueron atendidas 56 mujeres por esta causa, que fueron 88 un año después. En 2019 llegaron a ser 109, en 2020, 105; un número que se ha superado con más 20 intervenciones más este 2021.

39 años de violencia de género

Una de ellas es Mari Carmen Agüero, de 72 años, que el pasado mes de junio denunció a su pareja después de tres años de relación abusiva y un último episodio de violencia en su casa de Aldehuela del Codonal, un pueblo a casi 50 kilómetros de la capital de provincia con 23 habitantes censados, en el que llegó a temer por su vida.

Mari Carmen ya había sufrido violencia machista del que fue su marido durante 39 años, aunque nunca lo denunció ni se separó porque pensó que perjudicaría a sus dos hijas. Sin embargo, después de caer en una depresión, dijo «hasta aquí»: «Yo empecé a vivir después de mi separación. Todo lo que he vivido, ha sido después de eso», comenta en una entrevista con Efe en el salón de su casa.

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Mari Carmen Agüero durante una entrevista concedida a la Agencia Efe, en la que ha relatado cómo fue su vida sufriendo violencia de género en el entorno rural. EFE/Pablo Martín

 

Fue en 2018 cuando conoció a quien ha sido su última pareja. Después de haber pasado buena parte de su vida en Madrid, en 2020 volvió con él a su pueblo natal, para estar más protegidos de la COVID. Allí reconoció un infierno por el que ya había pasado.

Después de meses de terapia, ahora echa la vista atrás y sabe que, como es habitual en estos casos, todo empezó mucho antes de lo que ella pensaba: «No me valoraba, siempre quería quedar por encima, me controlaba con el teléfono eso es también maltrato, claro, yo no lo sabía», reflexiona.

A finales del pasado mes de junio, después de un episodio de violencia en el que vio en riesgo su vida, consiguió echar a su agresor de casa y llamar a la Guardia Civil. Esto ha derivado en una orden de alejamiento y tratamiento psicológico por parte de los Servicios Sociales de la Diputación.

El temor nunca se va del todo

Meses después de todo, Mari Carmen dice haber encontrado cierta paz y ocupa sus días viendo la televisión, cuidando de su casa, leyendo libros, haciendo sopas de letras, pintando cuadros y customizando muebles: «No me encuentro ni sola ni aburrida ni mal, me encuentro fenomenal», asegura.

Achaca su fortaleza a todo lo que ha pasado, que le ha hecho ser más «dura». Pero aún convive con el temor de que su agresor vuelva.

«He tenido, y sigo teniendo, mucho miedo. Siempre estoy con la puerta cerrada y las ventanas, ventilo, pero enseguida cierro, porque tiene una orden de alejamiento, pero no me fío».

Para su seguridad, dispone de un dispositivo de Servicio Telefónico de Atención y Protección para víctimas de la violencia de género (ATENPRO) que le facilitaron desde Servicios Sociales. En cualquier momento del día, si deja pulsado un botón unos segundos, entra inmediatamente en contacto con la Cruz Roja.

«Que denuncien, que no esperen, que no van a cambiar, que van a ir a peor»

Si Mari Carmen tuviera que lanzar un mensaje a otras mujeres que estén pasando ahora por lo que ella vivió, lo tiene claro: «Que denuncien, que no esperen, que no van a cambiar, que van a ir a peor», añade. «Que las controlen, que se celen sin motivo… eso es maltrato también, que no aguanten».

A pesar de haber avanzado mucho en su recuperación, Mari Carmen aun tiene muchas preguntas sin respuesta: «¿Y por qué hacía eso? Me lo pregunto y no me lo sé contestar. ¿Le hubiera gustado a él que yo hiciera esas cosas?».

Lo que sí sabe ahora es que no existe ninguna razón por la que una mujer deba soportar eso: «Yo sé si hago una cosa bien o mal. Yo me acuesto por las noches y rebobino el día y digo ‘esto no ha estado bien’ o te arrepientes, o te sientes mal…», añade, «pues ellos es igual, ellos lo mismo».