Silvia Agüero: «Falta genealogía feminista gitana»

María G. de Montis | Madrid - 17 julio, 2022

«Falta un relato, falta genealogía feminista gitana. Y en ello estamos trabajando». Así de firme se muestra la activista feminista, escritora y actriz Silvia Agüero cuando se le pregunta por los motivos que le han llevado a subirse al Teatro del Barrio de Madrid para interpretar su monólogo «No soy tu gitana», un recorrido histórico por la imagen pública de las mujeres gitanas que se inicia hace siete siglos y acaba en nuestros días con Agüero en bata y pantuflas sobre el escenario, dando cuenta de los estereotipos y prejuicios «que tenemos contra ellas».

«Que si son malas mujeres, que no te puedes fiar de ellas, que son ladronas y en alguna época roba niños, que si son frescas y con una dudosa moral… todo eso se ha transmitido a través de la literatura y de la pintura», enumera en una entrevista con Efeminista Agüero (Madrid, 1985), responsable de la dramaturgia de este monólogo junto a la también directora Nüll García.

Esta obra, fruto de una residencia artística concedida hace unos años por el Teatro del Barrio y basada en investigaciones del grupo Pretendemos gitanizar el mundo, también cuenta con el trabajo actoral de la intérprete Pamela Palenciano, conocida por su monólogo contra la violencia machista «No solo duelen los golpes».

El monólogo, que dura alrededor de 75 minutos, tiene previstas funciones entre el 20 y el 31 de julio y entre el 1 y el 4 de septiembre.

El antigitanismo, desde dentro

PREGUNTA.- ¿De dónde surge la idea de este monólogo?

RESPUESTA.- Bueno, esta es una producción del Teatro del Barrio, que nos dio una residencia artística en la que estuvimos currando Pamela Palenciano, Nüll García y yo durante todo un año, escribiendo el texto y trabajando en mi interpretación, porque yo hasta ahora no era actriz. Pero para nosotras sí que era importante que yo, como activista gitana, fuera la que interpretase.

P.- Pamela, Nüll y usted, ¿se conocían previamente?

R.- Pamela y yo trabajamos en la radio de Vallecas juntas, hace muchísimos años. Y un día, volviendo a casa, me dijo: “nena, ¿tú por qué no haces un monólogo? Que tienes mucha gracia”. Fue ella quien puso la idea en mi cabeza.

Yo he dado muchos talleres sobre la historia de las mujeres gitanas, en ayuntamientos y sobre todo en casas okupa, y la verdad es que el resultado era muy guay. Luego conocí a Nüll, que tiene un corto que se llama “Ferrotipos”, y en cuanto lo vi supe que quería escribir con ella. Porque yo tampoco había escrito teatro antes: había escrito ensayo, artículos periodísticos… pero teatro, nunca. Y la verdad es que escribir dramaturgia con ella ha sido superdivertido, y el trabajo actoral con Pamela ha sido brutal. Ella tiene un monólogo increíble, «No solo duelen los golpes», que forma parte de mí, de mi existencia. Además, creo que ella ha sabido entender que yo no soy actriz y no tengo esa experiencia previa.

Un monólogo cargado de estereotipos

P.- ¿Qué nos puede contar de su “No soy tu gitana”?

R.- El monólogo hace un recorrido histórico sobre cómo se han creado los estereotipos de las mujeres gitanas: que si son malas mujeres, que no te puedes fiar de ellas, que son ladronas y en alguna época roba niños, que si son frescas y con una dudosa moral… todo eso se ha transmitido a través de la literatura y de la pintura.

¿Y cómo se ha transmitido ese estereotipo a través de los tiempos? Pues gracias al imaginario de hombres, que son quienes han puesto esos rumores en el imaginario de la sociedad contemporánea. Pienso, por ejemplo, en “Carmen”, de  Prosper Mérimée, que luego se convirtió en una de las óperas más traducidas y representadas del mundo. O en la Gitanilla de Cervantes, ¿no? Aunque ahora mismo no pensemos en Cervantes como el creador del estereotipo, fue el primero que escribió sobre las mujeres gitanas así. Y eso responde a lógicas machistas.

En el monólogo vemos cómo se ha ido creando este estereotipo, sin intentar dar ninguna moralina. Eso era muy importante para Nüll, la directora: al final, tú vas a ver teatro para divertirte, para aprender algo. Lo llevamos con mucha guasa: por ejemplo, el personaje que abre la obra es una mujer gitana contemporánea que aparece en bata y en zapatillas, que es justo la imagen que tenemos de ellas.

Contra las desigualdades, humor

P.- A la hora de expresar desigualdades, ¿cómo opera el humor?

R.- Ante todo, es la manera que tenemos de expresarnos Pamela, Nüll y yo. Creemos que es muy importante porque estamos en unos tiempos convulsos en los que todo el mundo quiere sentar precedente, dar la verdad absoluta. Y desde el humor creo que se pueden conseguir otras que no se pueden conseguir desde otro lado.

Y la cosa es que el público se ría, porque al final estamos contando la historia de las mujeres gitanas a un público mayoritariamente payo, no porque vengan más payos que gitanos al teatro, sino porque la sociedad está conformada así. Es decir, somos una minoría. Y no podemos trabajar este texto desde la culpa y el señalamiento, sino desde el humor. Me gustaría que el público saliera del teatro con la idea de que al final todos estamos en las mismas, y que si no tienes tierras venimos del mismo sitio, tenemos los mismos problemas.

P.- ¿Ha sido fácil llegar a ese punto de escucha sin rencor?

R.- Bueno, yo te estoy hablando aquí, en una entrevista en mi habitación, intentando ser lo más elocuente posible, pero esto es una máscara, un personaje. Yo estoy enfadada, ¡estoy enfadada todo el rato! Pamela y Nüll son dos mujeres feministas, pero payas, al fin y al cabo, y para mí era muy importante que miraran la Historia con mis ojos. Y Nüll proponía muchas cosas a las que yo me negaba porque podían ser racistas. Por ejemplo, yo no quería cantar, porque cantar es como muy estereotípico, todos se piensan que todas las gitanas cantamos… y, al final, me paso toda la obra cantando.

Estaba enfadada todo el rato. Y bueno, yo soy gitana, vengo de un barrio gitano muy pobre en el que mis padres vivían en chabolas. De hecho, mis padres siguen viviendo en una chabola y mi situación familiar no ha cambiado.

El 98% del pueblo gitano estamos en riesgo de pobreza y yo no me libro de eso.

Entre Nüll, Pamela y el Teatro del barrio me han tratado con un amor y una paciencia incondicional que me han hecho confiar y relajarme en este proceso, pero estoy todo el rato enfadada. Es muy complicado hacer pedagogía y, si por mi hubiera sido, habría hecho una obra absolutamente agresiva. Y eso no funcionaría.

Necesitábamos que el público tuviera empatía, y con paciencia y con personas que están dispuestas a poner el cuerpo para que esto saliera adelante, lo hemos conseguido.

Teatro social «y terapéutico»

P.- ¿Cómo ha sido la respuesta a las representaciones de esta obra? ¿Y cómo sale usted del escenario?

R.- Bueno, mi personaje me cae muy bien y todo el mundo se cree que soy yo de verdad: esa gitana tan graciosa, tan paciente, tan dicharachera… así que algo estaré haciendo bien, porque hemos creado un personaje muy estereotípico y la gente se lo cree. Pero también se van sorprendidos, porque nadie sabe que en España hubo un intento de exterminio hacia el pueblo gitano, la Gran Redada, del que se cumplen el 29 de julio 272 años. Y fue legal: la Iglesia, el rey, el poder político firmó esa ley para intentar acabar con el pueblo gitano y fueron las mujeres gitanas las que lucharon, esa fue su respuesta.

Así que la gente sale muy sorprendida y, creo, con ganas de saber y leer más. Pero también hay una parte que se va muy dolida, como que después de verme se dan cuenta de la visión que tenían de las mujeres gitanas. Yo no creo que sea un ejercicio de revisión, porque además la gente se lo pasa muy bien, se ríe mogollón de esos chistes antigitanos tan empáticos que hemos puesto. Y luego se paran y se dicen “igual no tendría que haberme reído de esto», ¿no?

Yo, por mi parte, me voy a casa bien, descansada. La obra está siendo terapéutica para mí, he llorado muchísimo en los ensayos, hasta el punto de que, cuando contamos el exterminio, lloraba tanto que ahora hemos incorporado las lágrimas a la obra. Y no son fingidas, ¿eh? No estoy llorando de mentira, de verdad me hace daño. Se lo he tenido que explicar a mis hijos (tengo cuatro) porque se preocupaban cuando venían a verme al teatro, pero para mí está siendo muy sanador. Es muy guay hacer terapia a través del teatro.