Andrés Ibáñez Leonís

Portada del libro "Leonís. Vida de una mujer", de Andrés Ibáñez.

Andrés Ibáñez: «El patriarcado está destruyendo el mundo, es necesario que termine»

Carmen Sigüenza | Madrid - 6 enero, 2023

«Leonís, vida una mujer» es el último libro del escritor Andrés Ibáñez (Madrid, 1961), una de las voces de la literatura en español más singulares e interesantes, premio Nacional de la Crítica por «Brilla mar del Edén» (2014). Un sabio, quien, además de narrador es crítico de literatura y músico, se ha metido ahora en la piel de una mujer ficticia, Inés de Padilla, que nace en 1469. Una mujer que vive más de cinco siglos y que recorre la historia de España hasta nuestros días. Un libro apasionante que es la historia de la vida de muchas mujeres que han sido importantes y que han sido maltratadas por la posteridad, olvidadas o no han tenido la notoriedad que merecían, explica a Efeminista el autor.

Inés de Padilla estudiará en el siglo XV, con 15 años, en la Universidad de Salamanca, donde no había sitio casi para las mujeres y conocerá a Beatriz Galindo, entrará en la corte de los Reyes Católicos, vivirá el encierro con Juana de Castilla; pero experimentará muchas cosas más en sus más quinientos años de vida: monja, prostituta, actriz, profesora, periodista. Será una «sinsombrero» en los años 20. Se enamorará de hombres y mujeres. Será muchas mujeres y vivirá de acuerdo con los usos de la época. Padilla será la voz de las mujeres y su lucha por la igualdad.

Un libro al estilo de «Orlando», de Virginia Woolf. Un Orlando español en el que el autor de «La sombra del pájaro lira» reclama una mira más feminista sobre el mundo. «Yo creo que el patriarcado está destruyendo el mundo, y que es necesario que termine de una vez», dice.

Pregunta.- ¿Cómo nace esta monumental novela? Coincide con este momento en el que hay una ola feminista y el deseo de dar visibilidad a tantas mujeres que han estado sin voz a lo largo de la historia.

Respuesta.- Se me apareció de pronto la idea de escribir un libro al estilo del Orlando de Virginia Woolf, un Orlando español. De pronto, cuando me ponía a pensar en esta idea, me daba cuenta de las inmensas posibilidades que tenía. Se me llenaba la imaginación de visiones, de sonidos, de voces, de paisajes, de vistas. Primero, se trataría de recorrer la historia de España, pero también, y sobre todo, hacer algo así como una historia de las mujeres en España.- Para eso era necesario hablar de muchas mujeres que han sido importantes en nuestra historia y que han sido maltratadas por la posteridad, que han quedado olvidadas o que nunca han tenido la notoriedad que merecían.

«Leonís», un Orlando español de Andrés Ibáñez

P.- Esta es una obra distinta a sus anteriores trabajos. Decide meterse en la piel de una mujer, Inés de Padilla, nacida en 1469 y nos lleva por toda su vida que es la historia de España. Más de cinco siglos de aventuras, amor…pero también es todo un recorrido, un repaso a la historia de la literatura, ¿no? ¿Qué es lo que quería hacer con este gran proyecto, parecido al Orlando de Virginia Woolf, aunque de casi 900 páginas y cuánto tiempo ha estado trabajando en él?

R.- Sí, es muy diferente. Pero creo que mis libros son bastante diferentes unos de otros. Nunca he querido repetir algo que ya había hecho antes. En cuanto a meterme en la piel de una mujer… Sí, es algo extraño este oficio de escribir, que consiste en meterse en la cabeza y en la piel de otros seres. Este es uno de los elementos más extraños del pensamiento indio, que como tú sabes, me interesa de manera central.

Desde los Upanishad más antiguos hasta los Yogasutra de Patánjali o libros de vedanta como el Yoga Vashista aparece la idea, una y otra vez, de que a través de la práctica de la meditación, uno puede adquirir el poder de entrar en otros cuerpos y en otras mentes. Yo comencé a escribir la vida de Inés de Padilla en primera persona, y su voz se apoderó completamente de mí y a partir de entonces yo ya no era yo, era ella. Por eso yo no quería publicar este libro con mi nombre, sino con el suyo.

Siempre he sentido que este libro no es mío, que no lo he escrito yo. Yo no lo habría escrito así. Sea como sea, nunca he sentido que meterme en el cuerpo mente de Inés fuera una sensación especialmente extraña. En «Brilla, mar del Edén», me metí, por ejemplo, en la piel de un millonario suizo de ideas ultraconservadoras: eso sí que me parecía raro. Para un hombre, ser una mujer es una posibilidad más, del mismo modo que para una mujer, una posibilidad es ser un hombre. Los cuerpos son un poco distintos, es verdad, pero solo un poco. El noventa por ciento de nuestros cuerpos son idénticos: manos, pulmones, corazón, sistema nervioso…

No se me olvida algo que decía Vita Sackville-West, novelista, amante de Virginia Woolf e inspiración de su Orlando: que los hombres y las mujeres debían de tener muchas cosas en común porque eran, en realidad, muy parecidos. ¡Pobre Vita! Se pasó media vida intentando comprender por qué se sentía atraída por las mujeres y no por los hombres. Y Vita tenía razón: creo que una de las cosas que suceden en nuestra sociedad actual es que las mujeres y los hombres han descubierto lo parecidos que son. Lo que es verdaderamente diferente es lo femenino y lo masculino.

La mirada feminista de Andrés Ibáñez

P.- No te dio miedo escribir un libro de casi 900 páginas en estos tiempos de lecturas rápidas impuestas por la falta de tiempo y las nuevas tecnologías?

R.- Yo no veo así las cosas. Creo que en la actualidad, en el siglo XXI, los libros son más voluminosos que nunca. En general, cuanto más popular y comercial es el género, como la novela histórica o la ciencia ficción, más páginas tienen los libros. Y por otra parte, ¿no debería servir la tecnología para que tengamos más tiempo? Si es cierto que la tecnología nos hace tener menos tiempo, entonces deberíamos acabar con internet de una vez por todas. Porque tener tiempo significa tener vida. Tener tiempo significa poder usar nuestro tiempo, es decir, ser libres. El que «no tiene tiempo» no tiene vida y es, además, un esclavo. Si la tecnología nos esclaviza y nos quita la vida, ¿para qué la queremos?

P.- Inés de Padilla es una mujer a contra corriente para su época, inteligente, singular, vividora, valiente. Se mueve y evoluciona porque no le importa que la  juzguen ni el qué dirán y es libre. Tiene amantes, goza sin miedos.  Vive como siempre han vivido los hombres y paga por el hecho de ser mujer. ¿Es tu forma de reivindicar el feminismo?

R.- Yo creo que Inés vive, en cada época de su larguísima vida, de acuerdo con los usos de cada época. Desde luego que es una mujer atrevida, inteligente, valiente, pero mi intención era que fuera, al mismo tiempo, una mujer normal, no una especie de superheroína. Cuando empecé a escribir sobre ella, a intentar descubrir quién era realmente y cómo era, la primera Inés que apareció era una especie de aventurera, una especie de marquesa de Carabás que se colaba en todas partes y encandilaba y engañaba a todo el mundo. Pero no me gustaba ese personaje picaresco: no, no podía ser así.

Inés tenía que ser un personaje mucho más dúctil, porque tenía que experimentar muchas cosas a lo largo de sus quinientos años de vida, cosas tan distintas como ser prostituta o ser monja de clausura, ser dama de la corte o ser actriz, ser periodista, ser profesora, enamorarse de hombres, enamorarse de mujeres… Sí, es verdad que tiene amantes, pero no tantos en una existencia tan longeva. A veces es muy sensual y a veces absolutamente casta. A veces vive grandes aventuras románticas y a veces largos períodos de vida burguesa y sedentaria. En el romanticismo es romántica, en la época burguesa es burguesa, en los años 20 es una sinsombrero

El escritor Andrés Ibañez. Foto: cedida para uso editorial/Nicolás Ibáñez

Patriarcado

P.- ¿Cree que el feminismo debería luchar más por cambiar la normativa de poder?

R.- ¡Uf! Vaya preguntas que me haces. Yo no creo que se pueda hablar de feminismo. Hay distintos feminismos, y con distintas agendas. Es muy doloroso ver esas divisiones virulentas dentro del feminismo. Otro problema es la aparente necesidad de nuestra sociedad de legislarlo absolutamente todo, y legislar de forma tajante sobre fenómenos sociales recientes, cuyas verdaderas implicaciones todavía no acabamos de comprender bien.

Para mí, el feminismo no puede ser solo un movimiento político, no puede ser solo una cuestión de luchar por la equiparación salarial y acabar con la violencia machista, por importantes que sean esas cuestiones. También resulta doloroso que se enfrente de forma tan radical con el movimiento trans, que percibimos de forma intuitiva como algo que va en la misma línea que el feminismo, el movimiento LGTBI o el ecologismo.

Marija Gimbutas descubrió que antes del advenimiento de la cultura patriarcal había habido en Europa milenios de cultura matrilineal en los que no existían las armas, ni la guerra, ni las fortificaciones, ni la esclavitud, de modo que la violencia, la guerra y las armas no son inevitables y no pertenecen en absoluto a la «naturaleza humana», como tantas veces se dice. Pertenecen, quizá, a un modelo patriarcal basado en el sometimiento, en la fuerza. Este modelo patriarcal también tiene cosas buenas, desde luego: la técnica, la ciencia, la ley… frente a ese mundo femenino que tiene que ver con el cuerpo, con la emoción, con la intuición, con la naturaleza.

«Yo siento muchas veces que el feminismo moderno defiende a las mujeres pero desde un modelo que es en realidad patriarcal».

Te voy a poner un ejemplo: hace unos años se defendía, por ejemplo, que la literatura femenina tenía un espacio propio, el de la esfera privada, las emociones, las relaciones personales. Ahora se dice que identificar lo femenino con las emociones y la vida privada es un cliché machista. De manera que no se puede hablar de las emociones: antes, en el mundo machista, porque era cosa “de mujeres”, y por tanto inferior, y ahora, en el mundo feminista, porque es un cliché machista.

«Yo creo que el patriarcado está destruyendo el mundo, y que es necesario que termine de una vez».

El resultado es que la emoción se sigue viendo bajo sospecha. Yo creo que el patriarcado está destruyendo el mundo, y que es necesario que termine de una vez. Pero esto no se puede hacer con máquinas ni con normativas obsesivas y esclavizantes, porque las máquinas, las normativas y la esclavitud son todas elementos del patriarcado. Hemos de volver al cuerpo, a la naturaleza, a la intuición.

Nosotros somos seres vivos, aunque el postestructuralismo se empeñe en negarlo. Somos seres vivos, tenemos un vínculo con la Tierra, necesitamos vivir de acuerdo con los ritmos naturales. Esto significa conectar con nuestro cuerpo, con nuestra intuición y también con nuestra espiritualidad. Ese es el mundo femenino.

Isabel la Católica, Juana de Castilla, Beatriz Galindo

P.- En el libro se pone en valor o se recuperan figuras como Isabel La Católica, Juana La Loca o Beatriz Galindo. De ellas, como de Juana la Loca o de la  reina Isabel se da una imagen muy distinta de la que se nos ha contado.  ¿Era un aspecto que quería recuperar?

R.- Desde luego que sí. Pero mi visión de esas dos reinas surge de mis lecturas y de los hechos históricos. Con Isabel la Católica, por ejemplo, hay un fenómeno curioso: si uno la defiende, se entiende que es de extrema derecha. Este es un problema que yo mismo he sufrido toda mi vida: la derecha se ha apoderado de muchos símbolos o personajes históricos como si fueran suyos. El resultado es que los que no somos de derechas, los rechazamos.

Pero Isabel la Católica hizo muchas cosas a lo largo de su espléndida vida que serían hoy consideradas «progresistas» y que ponen de manifiesto un temperamento moderno y una gran preocupación social. Por ejemplo, la creación de los hospitales de campaña, la creación de un cuerpo de policía para hacer más seguros los caminos, el apoyo a la imprenta, a las artes y a la educación… Su papel en la defensa de las letras y de la música es comparable al de Alfonso X.

P.- En un momento alguien dice en el libro (no me acuerdo quién) que la belleza está por encima de todo.  Ahora parece que no buscamos la belleza incluso por parte de los artistas…

R.- Sí, es en la época cuando Inés está viviendo en Florencia, en el siglo XVI. Es el contacto con la belleza y con el arte lo que le salva de caer en una vida de degradación. La belleza, tan despreciada siempre, tiene esa función en nuestra vida. Porque la belleza no es algo «bonito», no es una decoración. Es un alimento. Proviene del mundo real y nos trae el recuerdo de las cosas reales. Dices que los artistas no buscan la belleza… Parte del programa «moderno» consiste en despreciar la belleza, es verdad.

Sin embargo, aunque nosotros no la busquemos, la belleza nos busca a nosotros, porque es un alimento que necesitamos, y cuando nos negamos a ella, se transforma. La belleza se está transformando continuamente y adoptando formas diversas para llegar hasta nosotros. Sí, hay artistas que parece que rechazan la belleza, pero ¿ cómo son las alfombras de sus casas? ¿Y sus manteles? ¿Y las plantas de su jardín? ¿Y la música que escuchan? ¿Y sus tatuajes? Y ¿ qué sienten cuando ven a sus hijos recién nacidos? ¿Y cuándo miran las nubes?

Las mujeres han estado durante toda la vida encerradas

P.-  Inés permanece mucho tiempo encerrada en diferentes momentos de su larga vida. Y habla de lo que suponen las ventanas para las mujeres…

R.- Cuando comencé a imaginar cómo sería la vida de Inés, me daba cuenta de que las mujeres, de un modo o de otro, han estado durante toda la historia encerradas. Veía que la historia de Inés era la historia de una sucesión de cárceles, algunas horribles y otras muy lujosas, pero cárceles al fin y al cabo: primero la encarcela su tía al descubrir sus amores juveniles en Salamanca; luego sufre el terror del encerramiento en el convento; más tarde vivirá los sucesivos encierros de la reina Juana, en Amberes y más tarde en Tordesillas, cuando es amiga y confidente de la reina. En Madrid es raptada, encerrada y violada. En Roma, encerrada por su amante, un cardenal. Y la lista sigue y sigue…

P.-  El libro también es como un camino, como un libro de iniciación. Hay mucho  aprendizaje y su lectura es una emoción constante. ¿Quería también hacer un canto a las emociones, al placer?

R.- La emoción es lo más elevado. Hay una idea que viene no tanto de la Ilustración, sino de la idea que cierto mundo intelectual se ha formado de la Ilustración, que asegura que la emoción es peligrosa y primitiva. Pero todos sabemos, en el fondo, que no es así. Una vida sin emoción es una vida que no merece la pena ser vivida.

Las construcciones del intelecto y de la razón no son nada si no alcanzan el reino de la emoción. Es la emoción la que nos dice que algo es verdad, que algo es real. No puede existir «razón» sin emoción. La razón sin emoción conduce a los mataderos humanos, a la normativa estúpida y ciega, a la burocratización de la vida. La emoción es más inteligente que la razón, entiende más cosas, ve perspectivas más amplias. La emoción comprende vínculos y semejanzas que la razón no alcanza.