Pérez de las Heras: «Mi feminismo está más cerca de un repartidor que de una directiva»

María G. de Montis | Madrid - 7 octubre, 2022

Tras el éxito de su monólogo «Feminismo para torpes», con el que estuvo de gira más de cuatro años, la periodista y escritora Nerea Pérez de las Heras vuelve al Teatro del Barrio de Madrid con «Cómo hemos llegado hasta aquí», una obra que trata de universalizar la historia de una mujer lesbiana de 40 años, nacida en Palencia (España) «y obsesionada con su madre» a la que da vida Olga Iglesias.

Una pieza a medio camino entre la autoficción y el panfleto político que cuestiona la mirada con la que se describe la amistad, la precariedad o el feminismo, porque tal y como explica Pérez de las Heras en una entrevista con Efeminista, «un feminismo que no cuestiona el capitalismo es un feminismo fallido».

«A mí no me interesa igualarme con una ejecutiva de una gran tecnológica, eso es de no enterarse de la película; como si no fuéramos interdependientes y no tuviéramos que cuidarnos los unos a los otros», añade. «El feminismo de directivas no me interesa nada; yo estoy más cerca de un repartidor de Glovo».

En la obra, que ya estuvo en el Teatro del Barrio la temporada anterior, Pérez de las Heras interpreta a una presentadora obsesionada con el espectáculo que trata de convertir cada anécdota de la vida de Iglesias en una experiencia colectiva para todos los espectadores.

Junto a Andrea Jiménez, responsable junto a ellas de la dramaturgia y directora de la obra, y a Laura Jabois, ayudante de dirección, convierten el teatro en un plató de televisión en el que Nerea -presentadora y a ratos amiga, justiciera social y consejera-, se propone exorcizar los traumas que de los que la protagonista quiere emanciparse, como el acoso escolar, la precariedad o la incomprensión materna.

«La obra está recorrida por autoridades que dominan nuestras vidas, por eso la historia de Olga se hace universal: si no te identificas con el momento jefe, lo haces con el momento estructuras familiares u otras jerarquías», apunta de las Heras. «Es una llamada a ser un referente desde los márgenes, a salir de la normalidad y a mirar esas autoridades “normales” con extrañeza».

«Cómo hemos llegado hasta aquí» estará hasta el 20 de octubre de 2022 en el Teatro del Barrio.

El viaje de la heroína

PREGUNTA.- Volvéis al Teatro del Barrio con “Cómo hemos llegado hasta aquí”, ¿cómo lo afrontas?

RESPUESTA.- Se presenta visualmente como si fuera un talk show, una especia de programa telebasura en el que yo soy la presentadora y al que Olga va a contar su vida. La obra sigue la historia de una mujer como referente, la mítica mesías, y yo la presento e intento elevar su historia para movilizarnos como colectivo. Pero claro, su historia no es la de una mujer dentro de los cánones de la normalidad: ella es una mujer de cuarenta y muchos, lesbiana, de una ciudad pequeña y precaria, y lo que se busca es la identificación de los espectadores con esa historia.

P.- Olga hace el viaje del héroe, combate las jerarquías. ¿A quién se enfrenta en la obra?

R.- La obra está recorrida por autoridades que dominan nuestras vidas, por eso la historia de Olga se hace universal: si no te identificas con el momento jefe, lo haces con el momento estructuras familiares u otras jerarquías. Es una llamada a ser un referente desde los márgenes, a salir de la normalidad y a mirar esas autoridades “normales” con extrañeza. Porque no es normal que haya dos tercios de la humanidad en la miseria más absoluta para que nosotros podamos mantener unos ritmos de consumo que son insostenibles y suicidas. Eso es el medio plazo; en el corto plazo son simplemente insoportables.

Contra la autoridad, amistad horizontal

P.- Pero, frente a toda esa verticalidad, está vuestra amistad. ¿Es “Cómo hemos llegado hasta aquí” una oda a las amigas?

R.- Claro, ponemos la amistad en el centro. En la jerarquía de las relaciones, la amistad suele estar demasiado abajo, ¿no? Siempre es el amor romántico, la familia y luego las amistades. Pero para mucha gente, sobre todo para la gente del colectivo LGTB, las amistades son nuestras familias elegidas, y son más importantes que las parejas y que las familias, y eso se transparenta en todo el proceso.

Nosotras somos amigas de verdad. Este proceso sale de una relación de amistad y eso está en el corazón de la obra, y aunque la obra remueve muchas cosas, creo que esto sirve como un sostén al espectador, a la espectadora. Porque al final lo están haciendo dos personas que tira cada una para un sitio: Olga para contar su vida y hacer justicia y resarcirse y yo para movilizar a las masas. Pero, ante todo, hay una relación de cuidado que está por encima de todo.

Una movilización colectiva

P.- La obra trata constantemente de emocionar.

R.- Sí, claro. Como no podemos hacer frente a tantas emociones, las colectivizamos y las compartimos, lo que hace que la obra sea muy emocional. Pero, además, hay otra lectura, y tiene que ver con que el uso de las emociones, del relato personal, la autoficción y el narcisismo es un truco fácil para emocionar hasta las lágrimas a una persona.

Porque los datos no sirven, no nos son útiles, está triunfando la emocionalidad. Por eso triunfan discursos que o rozan lo fascista o directamente lo son, porque despiertan un una sensación de enemigo común que es muy sentimental, que viene de dentro, de los sentimientos básicos. “¿Cómo hemos llegado hasta aquí?” también es una crítica a eso, porque mi personaje trata de instrumentalizar las emociones. Así que, una vez ve al público vulnerable, le dice: si estáis así de emocionados en las hinchadas de fútbol, ¿por qué no salís por ahí fuera y os movilizáis por cosas más justas?

P.- ¿Hacia dónde os gustaría movilizar al público?

R.- Bueno, yo quiero cuestionar. Por ejemplo, un feminismo que no cuestiona el capitalismo es un feminismo fallido, no puedes buscar la igualdad hacia el lado equivocado. A mí no me interesa igualarme con una ejecutiva de una gran tecnológica, eso es no enterarse de la película, como si no fuéramos interdependientes y no tuviéramos que cuidarnos los unos a los otros. El feminismo de directivas no me interesa nada; yo estoy más cerca de un repartidor de Glovo, por ejemplo.

El feminismo siempre ha sido a su manera, y en diferentes etapas de maneras distintas, crítico con el sistema. Ha sido palanca de cambio y ahora nos toca serlo también para un sistema que es mortal.

El feminismo, movimiento vivo

P.- ¿Y hacia dónde vamos entonces?

R.- El feminismo es un movimiento que está muy vivo y tiene que haber debate. Me parecería trágico que el feminismo fuera un bloque dogmático que no admitiera cambios ni otras realidades.

Por ejemplo, creo que hay miedo, no sé si lógico, pero medio comprensible, de cierto sector del feminismo a que se ponga en duda o se amenace al sujeto político del feminismo, a la mujer. Y en cuanto te intentas meter ahí, plantear que el feminismo sea más afectivo e integre otras realidades, abrirlo a gente que se sienta participe del movimiento… pues da miedo.

A mí me gustaría que la cosa fuera más dialogante y que los debates no se dieran solo en Twitter, porque ahí solo existe la lógica de los bandos: no hay matices, no hay grises ni posibilidad de hablar. Todo parece muy amenazante: o estás conmigo o estás contra mí.

No sé cuántas de las mujeres que tienen miedo genuino a que una mujer trans entre en el baño de mujeres, miedo genuino, se han encontrado con esa realidad. Porque en Twitter parecen muchas y, no sé, ¿realmente les ha pasado esto? ¿O es una noticia que sucedió en Canadá en 2008 y que, como se ha repetido tanto, pasa por una amenaza real? Lo que seguro que te ha pasado es que tu jefe te ha infantilizado, que no puedes conciliar, que cobras menos. Lo que sí que te ha pasado es que en el Congreso de los Diputados hay cincuenta y pico fachas amenazando tus derechos básicos. Lo que sí que te ha pasado es que hay gente con grandes altavoces en este país cuestionando tu derecho al aborto. Y eso pasa fuera de Twitter.

El debate es sano, pero no podemos perder de vista quién es el enemigo.

El humor, motor de cambio

P.- El humor está muy presente en la obra. Actúa como una llamada a las armas.

R.- Claro, es que el humor relaja un montón y te genera empatía. Cuando tú te ríes de algo que ha dicho alguien, te está seduciendo, y eso es muy poderoso, es un trucazo. Es una manera de comunicación que además es muy poderosa, que se puede utilizar para hacer daño o para hacer frente común contra alguien que ya está muy debilitado, pero también para cosas buenas, para convencer y para relajar.

De todas formas, a las mujeres no nos dejan ser del todo graciosas. Es mucho mejor, más masticable, una mujer graciosa torpona, cándida e inocente, que se resbala con una cáscara de plátano, que una irónica desde una posición de superioridad intelectual o verbal, que es donde yo insisto en ponerme.

P.- “Cómo hemos llegado hasta aquí” habla desde esa postura, tiene ese humor.

R.- Sí, claro. Yo no soy desinhibida ni espontánea: pienso las cosas cuando las escribo, las reflexiono. Como muchísimas mujeres. Tú no tienes porqué hacer eso, puedes hacer humor como lo han hecho los humoristas hombres o comunicadores hombres muchísimo tiempo: encorbatados y serios, haciéndonos muchísima gracia. Mira a Eugenio, que nos encanta y no es una monadita chispeante, sino un señor serio que fuma.

Las mujeres deberíamos tener acceso a eso, porque ese espacio también nos pertenece y es un lugar de autoridad.

P.- La falta de referentes es problemática, claro.

R.- Sí, yo intento darle la vuelta a esto, porque parece que ahora asistimos al triunfo de la comedia femenina y eso es tramposo, porque no habla de lo incompleta que estaba la comedia antes, cuando era asquerosamente masculina. Lo de la comedia femenina no es un nicho, nicho era lo anterior.

Que ahora haya más humoristas, que no todo sean tíos blancos y heterosexuales haciendo chistes sobre su suegra o su novia la poli… Eso sí era nicho, un nicho cerrado, incompleto y cutre. Lo que está pasando ahora es natural, normal, más diverso, más rico y que habla a más gente. Es lo que siempre debió haber sido, una corrección.