Coria Castillo y Anna Marchessi, creadoras y protagonistas de la obra 'Gordas, lisiadas y mamarrachas'. Foto de Laura Ortega cedida por Teatro del Barrio.
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Anna Marchessi y Coria Castillo destrozan las etiquetas con su obra 'Gordas, lisiadas y mamarrachas'
Anna Marchessi y Coria Castillo destrozan las etiquetas en su obra Gordas, lisiadas y mamarrachas, una apuesta que no ofrece respuestas cerradas en torno a quién decide qué es lo que significa ser normal, pero sí revela patrones, desmantela normas y señala la violencia estructural que nos rodea, sobre todo cuando el cuerpo, una discapacidad, nuestro tamaño, identidad, o nuestra mera existencia, se encuentran fuera de lo ‘hegemónico’.
Las creadoras y protagonistas de la obra se suben al escenario en Teatro del Barrio de Madrid -del 4 al 8 de junio- para desafiar lo normativo desde la palabra, el cuerpo y la incomodidad, y la suya, sin duda, es una propuesta que sacude, descoloca y deja huella.
"Nosotras buscamos trascender el binarismo artificial de las etiquetas y habitar la poderosa, incierta e infinita gama de grises que puebla nuestra realidad y que tanto miedo nos da pisar", explica Anna Marchessi en entrevista a Efeminista.
Y es que no es una obra para sentirse totalmente cómodo, sino para reírse desde esa cierta incomodidad que supone verse frente a un espejo y observar lo propio y lo ajeno, pensándose desde los márgenes. Sin duda, un ejercicio diseñado para desmontar la idea de que solo hay un único modo legítimo de entender y de estar en el mundo.
"Hemos podido expresar lo que realmente creemos: que la gente es mucho más que lo que pensamos sobre su cuerpo cuando nos la cruzamos por la calle; que cada persona guarda infinitos matices en su interior que no merecen ser silenciados por las manidas etiquetas, una poderosa herramienta de autoafirmación que se puede volver en tu contra cuando el otro las proyecta en ti para meterte en el cajoncito correspondiente y quedarse con la conciencia tranquila", añade Anna.

Coria Castillo y Anna Marchessi, creadoras y protagonistas del espectáculo. Foto de Laura Ortega cedida por Teatro del Barrio.
La risa punzante de Marchessi y Castillo para concienciar
La función combina monólogos, juegos escénicos divertidos y originales -como el que utilizan aludiendo al programa del Un, dos, tres... responda otra vez- y un material audiovisual con aire de pura nostalgia ‘milenial’ con el que interpelan al espectador de forma directa para hurgar en su conciencia.
Una apuesta que busca reírse de todo con cero cinismo, empezando por ellas mismas, desde un humor inteligente que expone lo que muchas veces se calla. Cosas tan frecuentes como que te pregunten si estás embarazada por tener sobrepeso o que te infantilicen por tener una discapacidad; una cotidianidad vergonzosa que Anna y Coria consiguen convertir en dardo.
"Un particular y privilegiado proceso de escritura nos permitió mantener la esencia ácida y subversiva con que nació el montaje, cuya vocación siempre ha sido hacer reír e incomodar a partes iguales, complementándolo con nuevas capas de profundidad", comenta Anna.
Y de pronto, entre risa y risa, las creadoras rompen con un golpe seco: el de un fragmento de un vídeo emitido en Rtve (NO-DO) en 1980 -año que se dedicó al ‘Día Internacional del Subnormal’- que impresiona e interrumpe el tono cómico, mostrando sin rodeos hasta qué punto el paternalismo de lo institucional puede ser violento.
Un triste y brillante recordatorio de que la discriminación ni es nueva ni ha desaparecido, y que muestra con una brutal sencillez que la violencia simbólica tiene historia y continuidad.
Resignificar y abrazar las etiquetas desde la identidad
Las creadoras desmontan, una por una, las exigencias sociales que pesan sobre quienes no cumplen los 'estándares' en torno al cuerpo, la movilidad, la edad... Una denuncia abierta, contundente y mordaz sobre la falta de oportunidades a la que se enfrentan muchas personas cada día por diferentes razones, a veces ni consideradas personas por el sistema, como les recuerda la voz en off del mítico concurso de Chicho Ibáñez Serrador con el que apenas comienzan la obra.
Un sistema que insiste en obligar a los considerados 'diferentes' a justificarse continuamente, a explicarse, a destacar, a ser ejemplos de lucha o a inspirar valentía o heroicidad, una inercia contra la que Marchessi y Castillo gritan y se rebelan en el Teatro del Barrio sin perder el sentido del humor, en un perfecto acto de reapropiación y resignificación con el que poder abrazar las etiquetas desde el orgullo identitario, desactivando el insulto.
La pieza expone también cómo lo normativo se construye desde los espacios más opresivos y hegemónicos, desde donde es imposible que nadie esté a salvo, pues todos hemos sido agentes o víctimas —consciente o inconscientemente— alguna vez, pudiendo caer fácilmente en las generalizaciones más hirientes y dañinas.
Porque en el fondo nadie escapa al peso de lo normativo, y todos en algún momento hemos podido ser cómplices de él, algo que las protagonistas evidencian con nitidez en la sección "Escuchar sin juzgar", una de las más potentes, donde se enfrentan a su propio juicio y muestran al público lo común de ese mecanismo, obligando a repensar los propios privilegios, los prejuicios automatizados y la violencia sutil que habita, incluso, en quienes se creen lejos de ella.

Castillo y Marchessi con su espectáculo 'Gordas, lisiadas y mamarrachas'. Foto de Laura Ortega cedida por Teatro del Barrio.
Acabar con la 'normatividad' desde el 'mamarrachismo'
La obra, en la que hay ironía, rabia, ternura, y sobre todo verdad, se atreve a tocar todos los nervios sensibles del sistema normativo: la gordofobia, el capacitismo, el adultocentrismo, el machismo, la transfobia disfrazada de feminismo mainstream -en una majestuosa intervención de Marchessi en torno al mundo de Harry Potter- o el racismo instrumentalizado desde los movimientos de ultraderecha.
Nada escapa al radar de estas dos intérpretes que vierten su experiencia y su voz en este proyecto personal, bajando hasta ese "pozo oscuro que alberga las inquietudes más profundas del alma humana".
Ambas desmontan en él la tendencia universal a generalizar, a encasillar o a emitir juicios automáticos incluso desde posiciones progresistas, y lo hacen desde la autocrítica y la empatía. Un gesto con el que invitan a la complicidad más poderosa: la que nace desde lo compartido y no desde lo impuesto.
"Considerar la discapacidad como algo ajeno es mucho más fácil, porque así no tenemos que implicarnos ni sufrir más de la cuenta por 'esa gente', sin ser realmente conscientes de que, a mi parecer, 'esa gente' somos todos", señala Anna a Efeminista.
Reivindican también la figura de la 'mamarracha', pero no como insulto, sino como posición política: la de quien se permite ser libre, desobediente, frágil o incluso ridícula. Y en ese gesto está uno de los mensajes más bonitos de la obra: que el humor —cuando es consciente, afilado y amoroso— puede liberar, igualar y devolver la dignidad robada.
Y es que el humor en Gordas, lisiadas y mamarrachas no es solo entretenimiento escénico y audiovisual, sino más bien una herramienta de combate y de señalamiento de un tema en realidad muy serio. Una forma de nivelar el espacio simbólico y de tomar la palabra sin tener que pedirla, a través de una fascinante grieta -que es a la vez trinchera- por la que Marchessi y Castillo se engrandecen y ‘desnudan’ sin filtros, lecciones ni condescendencia, permitiendo abrir los ojos a cualquiera que acuda acertadamente al Teatro del Barrio.