La joven etíope Abezash Kuno, agricultora de moringa en el distrito de Kindo Koysha. Foto cedida por Ayuda en Acción para uso editorial
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De Colombia a Etiopía, mujeres rurales impulsan su autonomía económica a través de la agricultura
Durante años, millones de mujeres rurales de Colombia o Etiopía sostuvieron economías familiares enteras desde la informalidad y con escaso acceso a mercados, financiación o empleo estable. Hoy, agricultoras como Fanny Yadira Rodríguez y Abezash Kuno transforman cultivos tradicionales como el cacao o la moringa en oportunidades de autonomía económica, liderazgo comunitario y resistencia en territorios marcados por la pobreza, la violencia o la exclusión.
"La independencia económica es esencial para las mujeres, ya que promueve la dignidad, la resiliencia y la participación equitativa tanto en la vida económica como social", afirma durante una entrevista con Efeminista la joven etíope Abezash Kuno, agricultora de moringa en el distrito de Kindo Koysha.
A sus 22 años, Kuno estudia Administración de Empresas mientras trabaja junto a su madre en una finca familiar con más de 60 árboles de moringa, además de cultivos de maíz y yuca.
Durante años, la producción se vendía de manera informal y con escasa rentabilidad, por lo que la familia dependía de intermediarios y de mercados locales limitados y, como ocurre con millones de mujeres rurales africanas, el trabajo agrícola existía, pero no se traducía en autonomía económica.

La joven etíope Abezash Kuno, agricultora de moringa en el distrito de Kindo Koysha. Foto cedida por Ayuda en Acción para uso editorial
De la moringa a la autonomía económica
El cambio comenzó cuando Kuno y otras agricultoras de su comunidad accedieron a formación técnica y acompañamiento impulsado por Ayuda en Acción.
"Antes de recibir la formación práctica, veíamos la moringa simplemente como un árbol y su manejo era muy limitado", explica Kuno, quien recibió orientación práctica sobre aspectos esenciales de la producción agrícola, "como las distancias de siembra, la poda sistemática y métodos orgánicos de control de plagas".
La capacitación permitió mejorar tanto la producción de hojas como la recolección de semillas, aumentando la calidad y los ingresos familiares. Además, la apertura de un centro local de procesamiento de aceite de moringa creó un mercado estable para unas semillas que hasta hace pocos años apenas tenían valor comercial en la comunidad.
En 2025, la Ayuda en Acción alcanzó a 208.139 personas en África, América Latina y Europa. De ellas, 127.300 fueron mujeres, lo que representa casi seis de cada diez personas participantes en sus programas. De estas mujeres, más de 15.000 fortalecieron su autonomía económica a través del empleo, emprendimientos o formación.
Según datos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), la tasa de participación laboral femenina es casi 25 puntos porcentuales inferior a la masculina a nivel mundial. Además, las mujeres están sobrerrepresentadas en la economía informal, especialmente en zonas rurales.
"La indepdendencia económica promueve la dignidad, la resiliencia y la participación equitativa"
Para Kuno la independencia económica significa "tener la capacidad de generar ingresos fiables y adicionales, contribuir de manera significativa a las decisiones del hogar y participar con confianza en los mercados locales. Tradicionalmente, las mujeres gestionan determinados cultivos dentro del hogar, y el aumento del valor de la moringa ha fortalecido considerablemente el control de las mujeres sobre los ingresos", afirma.
Insiste en que "la independencia económica es esencial para las mujeres, ya que promueve la dignidad, la resiliencia y la participación equitativa tanto en la vida económica como social".
Sin embargo, lamenta que las barreras estructurales siguen presentes y "las normas culturales siguen limitando el acceso de las mujeres al uso y propiedad de la tierra, reduciendo su capacidad para ampliar la producción".
"Asimismo, el acceso a financiación continúa siendo restringido, lo que dificulta invertir en insumos o ampliar las operaciones mediante el uso de tecnologías modernas", insiste.

La joven etíope Abezash Kuno, agricultora de moringa en el distrito de Kindo Koysha. Foto cedida por Ayuda en Acción para uso editorial
El cacao como alternativa frente a la violencia
A más de 10.000 kilómetros de distancia, en Colombia, Fanny Yadira Rodríguez comparte desafíos similares. Productora de cacao, docente y representante legal de la cooperativa Corpoteva, vive en Tumaco, un municipio del departamento de Nariño, en la costa del Pacífico colombiano y una de las zonas más afectadas históricamente por el narcotráfico, la presencia de grupos armados y los cultivos de coca.
"El cultivo de cacao nos ha permitido mantenernos en el territorio con tranquilidad y con esa resiliencia que nos caracteriza", explica Rodríguez a Efeminista.
A sus 43 años, la lideresa colombiana habla del cacao como quien habla de memoria familiar. En Tumaco el cacao forma parte de la identidad de las comunidades afrodescendientes desde hace generaciones, pero también se ha convertido en una forma de resistencia silenciosa frente a décadas de conflicto armado, abandono estatal y violencia vinculada a las economías ilícitas.
"Nos ha servido como alternativa para mejorar nuestras condiciones de vida, para reemplazar los cultvos de uso ilícito a lo lícito, cambiar la coca por el cacao ha sido un proceso muy bonito porque la misma gente ha querido sembrar cacao y seguir construyendo paz en nuestros territorios", explica.

Fanny Yadira junto a su hija Greisy Yadira (dch) y su madre Maria Domingo Angulo (izq). Foto cedida por Ayuda en Acción para uso editorial
Cambiar coca por cacao
La región vivió intentos fallidos de sustitución de cultivos ilícitos entre 2008 y 2010. Muchas familias terminaron regresando a la coca por la falta de rentabilidad y comercialización de otros productos agrícolas. Sin embargo, algunas comunidades mantuvieron pequeñas plantaciones de cacao como parte de su identidad productiva.
El cambio comenzó cuando las productoras lograron acceder a asistencia técnica, formación y nuevos canales de comercialización gracias al acompañamiento de Ayuda en Acción, que trabaja en la zona impulsando proyectos de fortalecimiento de cadenas de valor agrícolas y autonomía económica para mujeres rurales.
"Hemos recibido acompañamiento en temas técnicos, transformación y búsqueda de clientes", cuenta la productora, que celebra que ahora participan en ferias nacionales e internacionales.
La historia de Fanny Yadira Rodríguez y de otras productoras de la cooperativa aparece recogida en el libro Behind Cacao, centrado en experiencias de comunidades cacaoteras en distintos territorios.
En Tumaco el impacto económico ya se ha hecho visible, algunas fincas han pasado de producir apenas 30 kilos de cacao por cosecha a obtener entre 150 y 200 kilos cada 22 días gracias a mejoras técnicas e injertos.
"Estamos lejos, donde nadie nos ve ni nos escucha, pero aquí generamos empleo y transformamos comunidades", afirma Rodríguez, quien explica que apoyan "a jóvenes y mujeres cabeza de familia y buscamos que el cacao siga siendo una oportunidad para este territorio".
Mujeres rurales que transforman sus territorios
Pero para las mujeres de Corpoteva, la transformación más profunda no se mide únicamente en kilos ni en ingresos. El cacao también se ha convertido en una herramienta de liderazgo femenino y cohesión social, ya que muchas mujeres productoras participan ahora en espacios organizativos, redes locales y procesos comunitarios que antes estaban dominados por hombres.
"Muchas mujeres que antes solo estaban para lavar y cuidar a los niños hoy participan en reuniones y en la toma de decisiones", explica Rodríguez.
"Este proceso nos ha permitido empoderarnos mucho más", celebra.

Fanny junto a otras mujeres de la comunidad de San Luis Roble y Ayuda en Accion. Foto cedida por Ayuda en Acción para uso editorial
La lideresa colombiana insiste especialmente en el papel de las nuevas generaciones. "Queremos que los jóvenes se apropien más del cultivo del cacao y lo vean como una oportunidad de vida y transformación", asegura, y añade que no quieren que "la finca sea solo un lugar para sobrevivir, sino un espacio que genere oportunidades y cambios".
"Para nosotros es una alternativa de cambio generacional y también una manera de seguir construyendo paz en el territorio", concluye Rodríguez.