Lorena Salazar: En el Chocó colombiano la violencia es parte del día a día

Laura de Grado Alonso | Madrid - 10 abril, 2021

Con el río Atrato como estructura y recuerdos de la infancia que caen en forma de lluvia, la publicista y escritora colombiana Lorena Salazar Masso debuta en la novela  con «Esta herida llena de peces», un relato sobre la pertenencia y la maternidad en un territorio olvidado y lleno de violencia: el Chocó, en la región del Pacífico colombiano.

El Chocó es uno de los treinta departamentos que conforman Colombia, con capital en Quibdó, y el lugar al que se trasladó Salazar (Colombia, 1991) con apenas 9 años. Allí quedó impactada por la inmensidad del río Atrato, los colores de la naturaleza, las canciones populares y por la cogida tan cálida que sintió en un territorio en el que «la violencia es parte del día a día», y donde «hay un abandono total por parte del Estado«. Olvido que responde a «un racismo estructural completamente descarado», cuenta la autora durante una entrevista con Efeminista con motivo de la publicación de su libro en España por la Editorial Tránsito.

En «Esta herida llena de peces», Salazar, inspirada por autoras y autores de la región como Amalia Lu Posso Figueroa, Juan Cárdenas, Daniel Ferreira o poetas chocoanas, así como por la poesía de Gabriela Mistral o Alejandra Pizarnik, navega a través de los paisajes colombianos para abordar, con sutileza, temas como la violencia, la maternidad, el sentimiento de pertenencia a un territorio o lo que implica ser mujer en ese contexto.

Tras su debut literario, la joven, que dice haber encontrado un hogar en la escritura, trabaja ya en la reescritura de una novela suya de 2018 que pretende ver la luz a lo largo de este año.

«Esta herida llena de peces», un viaje a través del río Atrato

Pregunta.- Asistimos al viaje de una madre y un niño a través del río Atrato, en el Chocó. Pero el río no es simplemente un elemento a través del que viajar. ¿Qué papel tiene en la historia? ¿Por qué decidió dotarle de vida propia?

R.- Mi madre es del Chocó, de un pueblo, y mi familia por parte de mi madre es de allí también. Yo llegue allí con 9 años y fue muy impactante porque la acogida que sentí por parte de la gente de allí fue muy bonita. El recibimiento fue muy cálido, tuve una acogida que nunca había sentido, a mi eso me marcó mucho y desde entonces el territorio se convirtió en algo muy importante para mí.

Cuando llegué a vivir allí lo primero que me impactó fue el río, estudiarlo en clase y ver que era tan peligroso y bello a la vez. El río es quien alimenta, es ese medio de transporte, también lava la ropa, es donde se lavan muchas personas… De hecho creo que es el personaje que siempre está presente, que puede ser bueno y malo a la vez.

P.- Hay una manera de contar llena de paisajes, colores y ambientes. Pero, además, para crear ese ambiente, esa atmósfera, construye también un relato muy rico en cultura popular, con alabaos, chigualos, boleros y cantos populares. ¿Por qué?

R.- Principalmente porque crecí escuchando todos estos cantos, los alabaos y la música. A mi me gusta mucho nutrirme no solo de libros, sino también de canciones y de historias que me cuenta la gente. Yo creo que la tradición oral es literatura también. Y en este territorio, porque hay un olvido estatal tremendo y mucha desigualdad, pues no llegan tantos libros como deberían, entonces las historias se van contando alrededor de una mesa donde estás tejiendo, donde estas haciendo algo con las manos…la creatividad siempre se ha mezclado mucho con la tradición oral. Yo no crecí con grandes libros, sino con las historias que contaban especialmente mujeres. Están en el libro porque tienen una riqueza que no tienen otros textos y que merece ser conocida.

Un relato sobre la pertenencia y el territorio

P.- Hay un tema, el de la pertenencia, que sobresale a través del relato, ¿Qué quería narrar? 

R.- Yo creo que no había regresado tanto a Quibdó como cuando estaba en Madrid, porque tuve tiempo de pensar por qué me importaba o me había marcado tanto. Sentía que ese lugar que me importaba tanto tampoco era mío, que yo tampoco realmente pertenecía allí porque llegué pequeña pero no nací allí… Y hasta cierto punto me sentía sin derecho a nada, pero a la vez me importaba tanto que tenía que escribir sobre ello.

P.- ¿Qué papel juega la relación de la madre y el hijo en esta reflexión sobre la pertenencia? 

R.- Quería que esa mujer buscase mil formas de pertenecer: vivir allí, ser parte de la cultura o de las tradiciones aprendiendo con mucho respeto de lo que hacen las personas… pero una forma más brutal u obsesiva de pertenecer está en el niño. Ella cuida al niño porque él lo necesita y porque es inevitable, pero también hay una intención de pertenecer a través del niño.

Cuando llama la madre biológica ella piensa que no sólo va a perder al niño, sino que va a perder esa pertenencia que tanto le ha costado encontrar. Esa es la razón por la que está ahí esa relación entre la madre y el niño. Y también porque me interesa mucho la maternidad y la infancia relacionada con el territorio, porque al final son quienes sufren las consecuencias de lo que pasa.

«Una madre que no es perfecta, que está aprendiendo»

P.- Justamente en el libro habla de la maternidad desde otra óptica: sin tapujos, ni idealizaciones, con miedos, dudas y aprendiendo a cuidar. ¿Le parece importante construir también este relato sobre la maternidad?

R.- Yo no soy madre pero tengo amigas que son madres y observo mucho la carga tan grande que tienen de ser perfectas. Hace poco, coincidiendo con la escritura, me di cuenta de que mi madre no era perfecta y fue un descubrimiento precioso porque me ayudó a verla como una mujer. Y eso me desencadenó todo ese personaje de una madre que no es perfecta, que está aprendiendo, que además no se considera ni una madre ni una mujer perfecta, ni siquiera apropiada para esa región porque ve mujeres mucho más valientes, que saben de la vida y ella siente que no sabe nada. Son como dos inseguridades enormes: una la de la maternidad y otra la de ser mujer allí.

Y también quería que se viera que ser mujer implica que tienes que hacer un montón de cosas y a veces no puedes con todo.

«Quise explorar cómo el feminismo también nace de la raíz»

P.- En cuanto a ser mujer en este territorio, el libro desborda sororidad en las relaciones que se establecen entre mujeres…

R.-  Yo me cuestiono mucho el feminismo desde la teoría y hay muchas cosas que me encantan, me mueven y aprendo, pero a veces pienso que eso está muy alejado de donde yo crecí. Me pregunto por qué es tan diferente a esa sororidad de las mujeres negras con las que yo crecí, donde la complicidad era muy silenciosa pero siempre te sentías apoyada. A mi eso me marcó mucho y quise explorar cómo el feminismo también nace de la raíz, que puede no solamente estar en el papel, sino llevarse a la práctica sin necesidad de haberlo estudiado antes, como una solidaridad de algo que es muy genuino de las mujeres.

Sororidad y visibilizar

P: ¿Cómo ve el movimiento feminista en Latinoamérica? ¿Qué es más urgente a día de hoy? 

R: Me duele mucho lo que pasa en México, lo que pasa en Chile, y bueno, en realidad en todo el mundo. Pero es urgente que a través de la ley podamos luchar y cambiar esto para que las penas sean mayores, para que no siga habiendo diez homicidios diarios en México. Pero además hay otros focos importantes en cuanto al feminismo, como es visibilizar a las mujeres a través del arte, de la literatura, de la pintura y de absolutamente todo.

Lo que deberíamos seguir haciendo en Latinoamérica es, primero, la sororidad y, segundo, seguir encontrando formas de visibilizarnos y ayudarnos todas.

«La violencia es parte del día a día, te acostumbras a vivir con el miedo»

P.- En el relato habla de la violencia y la lucha armada en el territorio, ¿de qué manera afecta a las mujeres y los niños? 

R.- Siempre son las madres y los niños los que lo sufren. Hoy en día en muchos territorios si sales a la calle y te fijas quién está fuera pidiendo ayuda son madres o niños. Me duele profundamente eso y aún lo veo. De hecho cuando estuve escribiendo estaba centrada en un periodo de tiempo especial, que es el 2002, pero me entristece ver que han pasado muchos años y el panorama es el mismo.

Las madres y los niños son los más perjudicados por la violencia y de los que no se habla.

P.- ¿Actualmente sigue habiendo esa violencia en Colombia y en el Chocó?

R.- Es parte casi del día a día, tanto que en cierta forma te acostumbras a que ya está allí. Te acostumbras a vivir con el miedo. Yo no quería que estuviese de forma literal en el libro porque de eso ya hay otros muchos relatos. Además, para contar la violencia directamente están los telediarios y los libros de historia. Pero inevitablemente se va colando y se va metiendo en la historia de forma sutil. Y creo que al final esa forma sutil me daba más miedo.

«Hay un abandono total del Chocó por parte del Estado»

P.- ¿Qué postura tienen las instituciones y gobiernos respecto a esa violencia? 

R: Es muy triste precisamente porque la situación y la posición del estado contra la situación es la misma que hace unos años. Siempre ha sido la misma frente al territorio del Chocó. El territorito donde han habitado los negros en el Pacífico ha sido olvidado. Hay un abandono total por parte del Estado, cero importancia por parte del Gobierno central a este territorio. Las miradas solamente se dirige allí para extraer y para sacar beneficio propio, pero no para ver en qué condiciones están las personas que viven allí. Es un tema super amplio, super complejo pero que era inevitable que no estuviese presente y que sigue pasando.

P.- ¿De qué manera influye el racismo en este abandono estatal?

R: Es un racismo estructural completamente descarado. Es terrible. Si la situación es igual hace tantos años que ahora, no hay excusa. Es un racismo directo y es muy triste porque todo el país es testigo y no hacen nada. Un solo territorio no puede hacer frente al abandono de todo un país. Es muy difícil luchar así.