Aixa de la Cruz: “Volver a la familia es volver a un lugar remoto en el que se produjo una herida”

María G. de Montis | Madrid - 27 septiembre, 2022

La pandemia y el confinamiento, la llegada de su primera hija, sus obsesiones personales… todo lo que ha ocurrido en los últimos dos años y medio ha llevado a la escritora Aixa de la Cruz a reflexionar sobre el papel de la familia. Por eso, su último libro, «Las herederas» (Alfaguara), cuestiona directamente las relaciones de consanguinidad y la idea de legado: «La familia es un lugar profundamente ambivalente y complejo: es el primer lugar donde te hacen daño, el origen del primer trauma», explica en una entrevista con Efeminista.

«Volver a la familia es siempre volver a un lugar remoto en el que se produjo una herida».

Para de la Cruz (Bilbao, 1988), volver a la casa donde nació es «siempre difícil» y la idea de pertenecer a una familia encerrada en sí misma le resulta opresivo. De ahí que, ante ese confinamiento estricto ordenado para paliar la COVID-19 -coincidente con la escritura de esta novela y los primeros años de vida de su hija-, respondiese con claustrofobia y muchas dudas. «Tenía la sensación de que vivíamos como nuestras abuelas: de pronto, lo único que tienes es tu marido y tu hija y tienes que conformarte con eso», apunta.

Esa opresión la traslada a su novela, un retrato poliédrico de la precariedad, la adicción y la manera de enfrentar las herencias narrado por cuatro primas que vuelven a la casa familiar tras el suicidio de su abuela. Ellas son Lis, que “se está recuperando de una crisis que sufrió allí mismo” a base de fármacos; su hermana Erica, que sueña con organizar retiros espirituales en la antigua casa familiar; Olivia, su prima mayor, cardióloga empeñada en conocer la motivación que llevó a su abuela al suicidio; y su hermana Nora, una periodista autónoma que se medica para escribir y ser “más productiva”.

«Cada vez me interesa más esa idea de constelaciones familiares, la idea de que acarreamos un legado y, por tanto, muchas veces la sanación del individuo implica también la sanación del grupo», apunta de la Cruz, autora de títulos como «Cuando fuimos los mejores», «La línea del frente»“Cambiar de idea” (2019), el recorrido por su propia formación feminista con el que de la Cruz ganó los galardones Euskadi de literatura y Librotea Tapado, además de ser reconocida como finalista del Premio Dulce Chacón.

Aixa de la Cruz

La escritora Aixa de la Cruz, durante una entrevista con Efeminista. EFE / María G de Montis

«La maternidad ha cambiado mi escritura»

PREGUNTA.- La maternidad, la genealogía, el trabajo… son tan solo tres de las cuestiones que están en el centro de “Las herederas”. ¿Cómo abordó la escritura de este libro?

RESPUESTA.- Es el primer libro que escribo después de haber sido madre y ha sido un proceso totalmente distinto. Desde las cosas que tienen que ver con las condiciones materiales (he tardado mucho tiempo en escribir porque con la niña en casa y la pandemia los tiempos ya no eran los mismos) hasta el proceso fisiológico de la maternidad, que me ha cambiado la forma de escribir. Cuando el bebé nació, me asustaba su fragilidad. Y, de pronto, mis gestos fueron delicados, me absorbió una delicadeza nueva. Eso también está plasmado en el libro.

Además, en la novela aparece la experiencia de una mujer cuyo postparto es complicado, con unos niveles de sufrimiento psíquicos importantes. Mi experiencia no es la de este personaje, pero sí que es verdad que mi experiencia temprana de la maternidad estuvo muy marcada por la pandemia.

La niña tenía nueve meses cuando nos confinaron en un piso de 40 metros cuadrados donde aprendió a andar con mucha ansiedad, y fue un poco como entrar en contacto con esta realidad que se nos había vendido bajo la etiqueta de la depresión postparto. Yo, cuando pensaba en las depresiones posparto, siempre pensaba que era una cosa hormonal que nos pasa a las mujeres, porque como nosotras tenemos hormonas nos pasan cosas muy extrañas y psiquiátricas.

Pero claro, luego me vi en una situación contextual adversa para la crianza y experimenté unos niveles de ansiedad, de vulnerabilidad tan grandes, que igual también fueron el primer punto de fricción entre lo que me habían contado sobre la enfermedad mental y lo que yo empezaba a entender que era la enfermedad mental. Porque la depresión postparto no te sobreviene por las hormonas, sino por la complicación y la tensión emocional que implica tener un bebé: no dormir en dos años, verte sola o sin recursos, etc.

Así que empecé a cuestionarme que hubiera enfermedades mentales que se originasen únicamente en el cuerpo por temas hormonales o fisiológicos. Y creo que eso también fue un punto de partida importante para «Las herederas».

P.- Su propia percepción de la locura, entendida en el sentido más amplio, cambió con la maternidad.

R.- Muchísimo. A través de mi experiencia personal, pero también a partir de hablar con compañeras que han sido psiquiatrizadas y me han contado su experiencia. Descubrí, a partir de sus testimonios, todo lo que está mal con el sistema. Sus experiencias de violencia psiquiátrica me dieron el cuestionamiento más importante. Y luego, en mi experiencia, mis visitas al psiquiatra en momentos de urgencia han sido muy negativas. Nunca he vuelto. Hubo una ocasión en la que me diagnosticaron algo así como una depresión encubierta con drogas, con sustancias, y la solución para eso era que dejara las sustancias que yo había elegido y tomara las que ellos me recetaban. En fin, siempre había tenido una serie de suspicacias que cogieron forma durante la investigación y escritura de la novela.

«Psiquiatrizar» lo colectivo

P.- Su literatura también juega ese papel, ¿no? Pasar la experiencia individual por la óptica colectiva, la política.

R.- Sí, creo que es algo que me preocupa siempre, desde hace tiempo, cada vez que emprendo un proyecto narrativo. En esta ocasión me obsesioné con el tema psiquiátrico, o antipsiquiátrico, y la primera inercia fue hacer un “Cambiar de idea” 2, abordarlo a través de mi experiencia con unas memorias. Sin embargo, tuve la sensación de que era un tema tan poliédrico y tan complicado que no bastaba ni con mi experiencia ni con mi opinión, y ahí fue cuando vi que me hacía falta la ficción, muchos personajes y distintos puntos de vista. Porque yo solo tengo intuiciones y quería escenificar con estos personajes, a ver si a través de ellas aprendía algo.

P.- Hay cuatro voces en la novela, cada una con una experiencia muy diferente en torno a las drogas: medicación impuesta, automedicación… 

R.- Sí, la conclusión a la que llegué a través del texto es que hay dos tipos de drogas: las alucinógenas, que te impiden trabajar, que te sacan del sistema y no se pueden usar para producir, y luego el resto de sustancias, ya sean de abuso o psiquiátricas, que creo que se usan con el mismo fin, producir más.

La ternura y la genealogía

P.- Hablaba antes de la delicadeza, de la ternura. Entiendo que ha llegado a su escritura de manera orgánica, sin buscarla.

R.- Sí, es casi mágico. Hay muchas mujeres que tienen experiencias místicas con el acto fisiológico del parto. Y a mí no me ha pasado nada parecido, pero sí hay un acto de conversión que se corresponde con lo que me habían prometido de la maternidad. Es una especie de aniquilación del ego que luego tienes que reconstruir, porque te quedas momentáneamente sin identidad. Creo que mi escritura se ha transformado por eso.

P.- Hay otra cuestión en la novela: la familia.

R.- Para mí la familia es un lugar profundamente ambivalente y complejo, es el primer lugar donde te hacen daño, el origen del primer trauma. Volver a la familia es siempre volver a un lugar remoto en el que se produjo una herida. Para mí siempre ha sido difícil volver al entorno familiar, y al mismo tiempo soy alguien que tiene que estar muy agradecida, porque en épocas de precariedad absoluta he vivido gracias a familiares que me han prestado casas, he vuelto mucho a casa de mis padres… es decir, para mí es un refugio.

Otra cosa es que también tengamos que replantearnos que el sistema nos ha obligado a que la familia sea un refugio. Hay gente que en su casa ha recibido abusos sexuales, que en su casa ha recibido palizas. Es decir, que con la primera crisis económica de este siglo ya se empezara a hablar de que nos forzaban a volver a casa me parece que es una tragedia mayúscula.

Portada de «Las herederas». EFE / Alfaguara

La construcción de la familia

P.- Pero este libro se escribe en paralelo a su propia construcción familiar, con sus dobles jornadas.

R.- Bueno, es curioso, yo creo que el confinamiento ha supuesto una especie de encierro en la familia. De pronto, no había alternativas. Y esto creo que es algo que se da en la novela: el lugar al que apunta el libro es que lo que hay que hacer con la familia es abrirla tanto a lo que no es de sangre, que al final se diluya por multiplicidad. Construir familias abiertas.

A mí resultó muy opresivo que, por las condiciones de vida de los últimos dos o tres años, se nos haya forzado a replegarnos de nuevo en los vínculos familiares. Yo he perdido vínculos con amigas que intento reconquistar ahora, porque además fueron dos años en los que nos replegamos a una aldea muy pequeña, muy lejos de todo. Tenía la sensación de que vivíamos como nuestras abuelas: de pronto, lo único que tienes es tu marido y tu hija y tienes que conformarte con eso.

P.- ¿Y qué entiende entonces por genealogía?

R.- Cada vez me interesa más esa idea de constelaciones familiares, la idea de que acarreamos un legado y, por tanto, muchas veces la sanación del individuo implica también la sanación del grupo. Y esto es algo en lo que he pensado mucho últimamente, porque tengo una especie de patrón en mi familia. Mi abuela fue una mujer que no tuvo estudios, pero que leyó desde pequeñísima. Tenía toda la casa llena de clásicos griegos y me leía a Platón cuando era pequeña, era una apasionada de Lorca… Escribía muchísimos cuadernos, pero nunca nos dejaba leer nada. Era una especie de escritora con vergüenza. Y le tocó parir muchos hijos, estar encerrada en casa.

Cuando empecé a escribir, con cuatro o cinco años, sentía que lo hacía por hacer feliz a mi abuela. Ahora resulta que es mi oficio y que parece que empieza a ir bien, y mi abuela ya no está viva, pero me gustaría que lo viera no tanto para que se sintiera orgullosa, sino porque yo estoy llevando a cabo el proyecto que no pudo llevar. Aunque sea en términos simbólicos, me parece interesante y sanador.

Son formas de encarar el duelo transgeneracional, actos de reparación: tomar conciencia de dónde vienes.

Decimos mucho, y es verdad, que somos la primera generación que no vivimos mejor que nuestros padres, pero en muchas cosas, sobre todo cuando nos fijamos en una genealogía femenina a nivel de derechos básicos, civiles, les debemos muchísimo y estamos muy por delante.

El movimiento feminista

P.- La escritura de este libro acaba un ocho de marzo y su título anterior, “Cambiar de idea”, hablaba de su propio desarrollo feminista. ¿Cómo vive ahora el movimiento?

R.- Por un lado, tengo la sensación de que en 2017 teníamos abierto un proceso muy centrado en la violencia sexual. Y la violencia sexual tiene este componente transversal: es la única cosa que hace a la mujer un grupo cohesivo, porque al final ni siquiera importa la clase: incluso a la gente rica la viola su padre. Y creo que el hecho de que fuera tan transversal hizo que se nos agotara: tuvo mucha fuerza al principio para aglutinar, pero desde entonces nos hemos ido fragmentando. Ahora mismo estoy mucho más interesada por el feminismo que se ha movido de ahí a lugares donde yo, por ejemplo, ya no tengo la portavocía.

P.- ¿A qué lugares?

R.- Bueno, me refiero a que yo soy blanca y tengo una importante cantidad de privilegios ahora mismo, y me interesa mucho más estar yo calladita y escuchar lo que están haciendo las hermanas racializadas o las hermanas trans, por ejemplo.