Portada de 'Vida Insecta' de Cristian Sánchez-Andradre, y editado por La Bella Varsovia.
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Abejas reinas y zánganos, la 'Vida Insecta' de Cristina Sánchez-Andrade como espejo humano
Víboras, polillas, moscas, abejas obreras, princesas o reinas, en contraposición al zángano macho, que muere tras fertilizar a la reina, "como si esa fuese su única función en esta compleja sociedad", señala la escritora, crítica y traductora Cristina Sánchez Andrade que ha reunido todo un insecticiario en el poemario Vida insecta.
Un título como metáfora, como espejo de la vida humana, "para comprender qué significa la vida, desde lo diminuto a lo más grande y, de alguna manera, tratar de comprenderme a mí misma", explica a Efeminista esta autora gallega, creadora de un universo creativo muy personal, a caballo entre lo fantástico y lo lirico, con la naturaleza, los animales y las relaciones atávicas como fondo, y siempre con mujeres protagonistas.
"Muchos de estos poemas plantean cómo vivimos esperando un acontecimiento extraordinario que dé sentido a nuestra existencia, sin darnos cuenta de que ese 'algo' ya está ocurriendo: es la propia vida o el tiempo que se nos escurre como arena finas de las manos", sostiene la autora de títulos como Las Inviernas, El niños que comía lana, o Fámulas, entre otros.
Pregunta (P).- ¿Cómo nace Vida Insecta? ¿Cómo han ido armándose? ¿la naturaleza siempre ha estado presente en tu obra de alguna u otra forma?.
Respuesta (R).- Sí, la naturaleza y los animales siempre han estado presentes en mi escritura. Como me ocurre con la narrativa, empecé escribiendo con una idea que fue cambiando. Creo que al final escribí Insectos para comprender qué significa la Vida —desde lo diminuto a lo más grande— y, de alguna manera, tratar de comprenderme a mí misma. Muchos de estos poemas plantean cómo vivimos esperando un acontecimiento extraordinario que dé sentido a nuestra existencia, sin darnos cuenta de que ese “algo” ya está ocurriendo: es la propia vida, o “el tiempo que se nos escurre como arena fina de las manos”.
Me inspiraron el relato La bestia en la selva, de Henry James, o la novela Los restos del día, de Kazuo Ishiguro. En ambos, los protagonistas viven obsesionados con un destino singular que nunca llega. Acompañados por mujeres especiales, dejan pasar su vida sin amar ni comprometerse, y solo al
final comprenden que su “bestia” era su incapacidad de vivir plenamente.
Del mismo modo, en la magnífica novela El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati, Giovanni Drogo espera durante años un acontecimiento heroico en una fortaleza remota. Atrapado por la rutina y la esperanza, ve cómo su vida se consume en la espera, hasta entender demasiado tarde que ha desperdiciado
su existencia.
P.- Comienzas con dos citas que dicen ya mucho de la entrada en este universo, la de Blake y Pizarnik, relativizando la supremacía humana o dando importancia a
lo más pequeño a lo cotidiano y a lo efímero de la belleza.
R.- Si, los de Blake reflejan la fragilidad de la vida humana. Compara al ser humano con una simple mosca: ambos pueden morir de manera accidental y repentina. Creo que los versos de Pizarnik, 'Hay, en la espera, un rumor a lila rompiéndose' transmiten la idea de que la espera no es nunca neutra: mientras se aguarda ese acontecimiento extraordinario, algo esencial y frágil se va rompiendo dentro de uno —los vínculos, la posibilidad de vivir plenamente, el presente mismo—.
La vida no se detiene, sino que se consume en ese “rumor”, en esa fractura silenciosa que solo se reconoce cuando ya es tarde. En este quehacer a la espera de algo grande, nuestra vida no es tan distinta de la de los insectos. Está hecha de repeticiones, ciclos, rutinas y aburridas tareas.
En el mundo de las abejas, que está bastante presente en el poemario, también hay una clasificación por tareas muy divertida: maestras, defensoras, barrenderas, albañiles, panaderas, reposteras, químicas, tapadoras, necróforas, amazonas, etc.
P.- He recordado la metamorfosis de Kafka porque hay algo de metamorfosis, de un movimiento interno y profundo. También de conciencia de pérdidas, de paso del tiempo, rutinas aburridas. De fragilidad y belleza efímera. ¿Qué opinas?
R.- Con las repeticiones y las rutinas, es decir, con el discurrir del tiempo, llega la vejez que es la más cruel de las metamorfosis. En los insectos, la metamorfosis es mucho más elegante. Se trata de un reconstruir desde la ruina: alas nuevas, ojos, extremidades. Cuando una larva rompe su prisión, lo hace con un cuerpo que no ha usado. La criatura que salió no recuerda la que entró.
En cuanto a las rutinas aburridas, también hay otro concepto que me interesa, que es el de la repetición. En filosofía, ha sido abordado de formas muy distintas según el autor, pero en general se entiende como algo más que la simple reiteración mecánica de lo mismo. Por ejemplo, Soren Kierkegaard, plantea que no podemos repetir el pasado tal cual, pero sí podemos encontrar una forma de “repetición” más profunda: darle un nuevo significado a la vida en el presente, incluso después de la pérdida o el fracaso.
Más adelante, Gilles Deleuze reinterpretó la repetición no como copia, sino como producción de diferencia, es decir, cada repetición introduce algo nuevo.
En Beckett aparece una idea muy cercana a Deleuze: repetir nunca es copiar exactamente lo mismo. Cada repetición introduce una diferencia mínima: cansancio, olvido, deformación, deterioro corporal…
P.- Hablas del dolor que se posa como polvo fino de mariposa; y sobre todo del miedo que: incuba huevos en el cerebro... muestras una fragilidad y una verdad que yo creo que solo se puede hacer a través de la poesía. Háblame de ello.
R.- Hablar de nuestra fragilidad (miedos, dolor) es importante. Nos preocupa cómo nos ven los demás. Anhelamos ser queridos, pero muchas veces nos mostramos duros e insensibles con quienes tenemos más cerca. Esto es porque hemos aprendido desde la infancia que la vulnerabilidad hay que
esconderla o disfrazarla. Nos esforzamos en mostrarnos tranquilos para borrar la ansiedad y tratamos de proyectar justo la imagen contraria a la que en realidad habita en nosotros. Tal vez la poesía ayuda a abrirnos.
Creo que hay momentos en que la confesión de la debilidad, lejos de ser catastrófica, es la única vía posible para la empatía y el respeto de los demás.
A veces puede que no nos atrevamos a explicar que tenemos miedo, que no somos tan buenos como parecemos y que además hacemos el ridículo muy a menudo. Y más que asustar, estas revelaciones pueden servir para ganarnos el cariño y la confianza de la gente, para humanizarnos frente a ellos. A menudo,
al abrir nuestro corazón, el otro también lo hace.
El verso sobre la tijereta, que “incuba huevos en el cerebro”, como el miedo, está inspirado en una creencia antigua que en realidad no tiene base científica, pero me hizo gracia y perturbó a partes iguales.
Según la misma, las tijeretas entraban por el oído de las personas mientras dormían, avanzaban hasta el cerebro y allí ponían huevos o causaban daños mentales. De ahí viene el nombre inglés “earwig”, que procede del inglés antiguo ēare (“oreja”) + wicga (“insecto” o “escarabajo”). En distintas zonas de Europa medieval también se pensaba que podía perforar el tímpano y hasta provocar la locura.
P.- Aquí aparece la mujer polilla. ¿Cómo ves a la mujer en el mundo de los insectos?
R.- Un libro que me ha inspirado mucho a la hora de escribir Vida insecta es La vida de las abejas de, Maurice Maeterlinck. Aquí, la hembra (obreras, princesas, la Reina), por contraposición al macho (los zánganos) es la que de verdad importa. De hecho, el zángano muere tras fertilizar a la reina, como si esa fuera su única función en esta compleja sociedad. También nacerán princesas que mantendrán discordias y luchas mortales por el trono y el futuro de la colmena.
P.- Dices 'Las rosas tal vez gritan de dolor en las tumbas, pero nadie las escucha...' ¿Qué significa para ti la poesía, y más hoy con tanto ruido y violencia y donde la búsqueda de la belleza ha quedado parece relegada?.
R.- Lo dices tú misma en la pregunta. Un antídoto contra el ruido y la violencia. Me encanta lo que dice Martín Garzo sobre la poesía: el guisante que, en el cuento de Andersen, La princesa y el guisante, no deja dormir a la princesa guarda el secreto de todo aquello que nos desvela y no hay forma de decir qué es. El secreto, en suma, de la poesía.