• Una de las mujeres del movimiento hebrero Mujeres del Muro, Dina Greenberg, con el rollo de la Torá y, al fondo, el Muro de las Lamentaciones de Jerusalén. Foto: Miriam Alster

  • Imagen de las feministas Mujeres del Muro, en un acto de lectura de los textos sagrados junto al Muro de las Lamentaciones de Jerusalén. Foto: Miriam Alster

  • Una niña increpa ante el Muro a las feministas israelíes en las proximidades del Muro. Foto: Hila Shiloni

  • Las Mujeres del Muro se disponen a rezar ante el Muro. Foto: Hila Perl.

  • Un niño ultraortodoxo hebreo con el silbato en la boca dispuesto a protestar contra las Mujeres del Muro. Foto: Hila Shiloni

  • (Izquierda) Una de las originarias Mujeres del Muro, en una foto de hace 27 añós, cuando comenzaron a acercarse al Muro para rezar y cantar.(Derecha) que muestra los primeros escarceos, hace casi treinta años, de las Mujeres del Muro ante el emblema sagrado judío.Fotos: Bárbara Gingold

  • Un grupo de personas rezan ante el muro en presencia de un agente de la autoridad de Jerusalén. Foto: Barry Leff.

Mujeres del Muro, entre la religión y la justicia

Redacción - 16 noviembre, 2018

Llevan 27 años reclamando un área para la oración mixta de hombres y mujeres, donde ellas puedan ejercer su fe «en concordancia con su propia identidad» y cada primero de mes, con limitaciones y protección policial, rezan ante el Muro de las Lamentaciones. Rechazadas por los hebreos más ortodoxos, son las Mujeres del Muro.

Son años de asalto físico, escupitajos, gritos, pitadas, amenazas y juicios: desde hace casi tres décadas las Mujeres del Muro (WOW por sus siglas en inglés), rechazadas por los más ortodoxos de su religión, luchan por ejercerla plenamente frente al Kotel, el Muro de las Lamentaciones, lugar de rezo más sagrado para los judíos y testigo de su batalla.

En blanco y negro y otras en color sepia, las fotografías dan testimonio de los enfrentamientos entre ellas y grupos de hombres y mujeres ortodoxos y ultraortodoxos ante el Muro, donde tuvo lugar, en 1988, la primera Conferencia Internacional de Feministas Judías y se dieron los primeros choques violentos.

Solo el día 1 de cada mes 

De aquellos años hasta ahora no han cambiado mucho las cosas, en otra imagen de junio de 2013, en color y que las WOW guardan en su archivo gráfico, se puede leer una pancarta que reza: «Provocación. Mujeres, habéis creado una nueva religión. Adelante, construir un nuevo Muro» y que sostienen un grupo de hombres judíos ultraortodoxos, vestidos de negro y tocados con sombrero.

Lo que reivindican desde hace exactamente 27 años es un área para la oración mixta de hombres y mujeres, donde ellas puedan ejercer su fe «en concordancia con su propia identidad» y como hacen en sus sinagogas.

Dina Greenberg, es uno de los rostros más populares de WOW. Cada primero de mes, único día en que pueden acudir a celebrar sus ceremonias al Muro, pero con limitaciones y protección policial, se sube en una silla y con las filacterias enrolladas, la Torá (Pentateuco) en la mano y envuelta en un chal de oración. Canta como sacudida por el trance, alegre, alentando al resto de voces femeninas que la secundan.

A su alrededor, decenas de mujeres y niñas ortodoxas intentan saltarse el perímetro de seguridad para luchar contra sus rezos y cánticos, que consideran pecaminosos, elevando la voz para tapar la suya.

Van vestidas de forma extremadamente discreta, con brazos y piernas tapados, faldas largas por encima de los tobillos, camisas abotonadas hasta el cuello y el pelo cubierto con pañuelo o peluca.

Una anciana, que rehuye el foco de las cámaras, camina concentrada rodeando el perímetro vallado, tapándose la boca con la Torá y articulando un sonido grave para que se le oiga más fuerte que a las desafiantes mujeres que elevan sus voces.

Greenberg se unió hace cuatro años a las Mujeres del Muro, donde reconoce haber encontrado su hogar. «Estudié la Torá y la Kábala durante muchos años, yo era parte de una congregación ortodoxa, aunque tristemente siempre me sentí de segunda clase por ser una mujer que pretendía acercarse a la Torá», argumenta a Efe.

Se puso en contacto con ellas, que la invitaron a unirse a una de sus citas ante el Muro, donde le dejaron leer la Torá y sintió que había encontrado su lugar. Fue un día después de que, en secreto, se pusiera por vez primera las filacterias (artilugio de oración reservado a los hombres por la ortodoxia) y un taledo (manto de oración).

«Me sentí conectada con algo bueno y espiritual. Sentí que había respuestas, que había justicia y verdad, que no estoy viviendo en una burbuja de preguntas sin respuestas», afirma sobre el que considera el día más feliz de su vida.

Su familia es ortodoxa y discrepa de su decisión, pero la respeta, entre otras cosas porque «no les queda otra opción», dice riendo a Efe.

«Mi padre me preguntó un día si podía prestarle mi taledo, lo que me conmovió realmente», agrega.

Las Mujeres del Muro ansían que se les permita leer la Torá, cantar los versos a los pies del Kotel, como hacen los hombres, vestir el manto blanco de oración que les cubre la cabeza y los hombros, y enrollarse las filacterias (tefelín) negras en el brazo y que fijan en su frente una de las dos pequeñas cajas de piel que guardan en su interior versos bíblicos.

La distracción de los ultraortodoxos 

También desean cantar, algo que supone un desafío para la estricta observancia de los hombres y mujeres más conservadores, que consideran «kol bisha erva», lasciva, la voz de la mujer.

Ellas argumentan rabínicamente el derecho a hacer lo que hacen. Aseguran, por ejemplo, que el Talmud, que recoge las discusiones rabínicas sobre leyes, tradiciones y costumbres judías, menciona el uso del taledo es válido tanto por hombres como por mujeres.

«Los rabinos enseñaron: todos están obligados en las leyes de tzitzit: sacerdotes, levitas e israelitas, convertidos, mujeres y esclavos», establece Menajot 43a, sobre las tzitzit, las cuerdas blancas que caen de unos nudos que cuelgan de las cuatro esquinas del taledo y representan de los 613 mandamientos de la Torá.

En el Muro, regido por la ultraortodoxia rabínica, está marcado lo que hombres y mujeres pueden hacer, y es muy distinto. Ellos pueden rezar en voz alta, con el libro sagrado y vestir con la indumentaria típica judía, ellas no. Además, está prohibido introducir al lugar rollos de la Torá y hay que utilizar los que ahí se encuentran, todos ellos en el área reservada a los hombres, inaccesible para las mujeres.

«La Policía y el rabino del Muro decidieron que, mujeres rezando con taledo y en voz alta es algo que molesta a los hombres ultraortodoxos, porque «los distrae» y, en lugar de hacerse tratar su distracción, silencian a las mujeres, lo que va en contra de las costumbres del lugar», se queja Lesley Sachs, directora ejecutiva de las Mujeres del Muro.

Y recuerda que «los ultraortodoxos no son el judaísmo. Son el ocho por ciento de la población israelí y, tal vez, el uno por ciento de los judíos del mundo. Tienen un poder político enorme, pero no representan el judaísmo».

Antes de la Guerra de los Seis Días, en 1967, cuando Israel tomó la Ciudad Vieja de Jerusalén, donde se encuentra el muro, este había sido un lugar de rezo mixto y la Ley Sobre los Lugares Sagrados, que se aprobó ese año, tampoco determinó esa segregación.

«Los sitios sagrados deben estar protegidos de la profanación y cualquier otra violación, y protegidos de lo que sea que puede violar la libertad de acceso de los miembros de diferentes religiones a los lugares sagrados, para ellos o sus sentimientos, hacia esos lugares», afirma la norma.

Pueden rezar en el muro desde 2013

Cuando WOW se estableció a finales de 1988, la ley con la que primero chocaron fue la aprobada por decreto en 1990, que decía que aquel que rezara de modo diferente a las costumbres y perturbando a los demás fieles sería castigado con una multa o con penas de cárcel de hasta seis meses.

En el 2000, partidos ultraortodoxos intentaron reformar la ley y fijar nuevos requerimientos para rezar en el muro: rechazaban específicamente crear un espacio mixto y establecían que no habría ceremonias religiosas en la sección femenina, incluyendo leer del rollo de la Torá, tocar el shofar (instrumento hecho con el cuerno de un animal) y usar taledo o filacterias, actos para los que preveía penas de hasta siete años de cárcel.

No consiguieron sacar adelante la reforma, lo que dejó al muro con la regulación existente, pero bajo el control de la autoridad rabínica ortodoxa que impone las normas a su criterio.

Las mujeres no cejaron en su exigencia de poder rezar en el lugar más sagrado junto a sus hombres, como hacen en sus sinagogas los movimientos judíos conservador y reformista, mayoritarios entre los judíos del mundo, pero excluidos de las autoridades rabínicas de Israel.

Su visita mensual al Kotel siguió generando protestas y enfrentamientos y, tras un oleada de arrestos, en 2013, el juez Moshe Sobel, argumentó que las WOW podían rezar «de acuerdo con sus vestimenta, leer la Torá y llevar puesto el taledo y las filacterias», explica Hila Perl, directora de comunicación de WOW.

Sus demandas han ido creciendo y, en los últimos años, han introducido en la plaza del Kotel rollos de la Torá, escondidos entre sus ropajes, que motivó el último mes «registros corporales» por parte de la Policía.

Anat Hoffman, presidenta de las WOW, asegura que su grupo «demanda justicia, igualdad y pluralismo, que son valores judíos. Esos son los valores democráticos de nuestro estado».

Para estas mujeres, aunque puedan rezar en sus comunidades como deseen, es esencial poder hacerlo también ante el Muro de las Lamentaciones, el punto más cercano a la Explanada de las Mezquitas, que los judíos denominan Monte del Templo y donde se levantaron los templos de Salomón y Herodes, destruidos respectivamente por los babilonios y los romanos.

Vestir el taledo, aseguró el juez Sobel, no incumple las normas de vestuario en el Kotel porque la «vestimenta local» se debe interpretar «con implicaciones nacionales y plurales», y no necesariamente religiosas.

Mujeres y la corte rabínica

El rabino Shamuel Rabinowitz, actual custodio del Muro de las Lamentaciones, considera, sin embargo, que las peticiones de estas mujeres «profanan el nombre de Dios», y causan un «daño terrible» que llevará años reparar.

A día de hoy existen dos propuestas de ley que «buscan establecer el rabinato como la suprema autoridad del Muro, convirtiendo el Kotel en una sinagoga ultraortodoxa y castigando a todo el que se salte la norma con multa o seis meses de cárcel», advierte Perl.

El campo de batalla por lograr igualdad entre sexos en el judaísmo no se limita a la lucha sobre este lugar. Hace unas semanas, el enfrentamiento se extendió sobre la posibilidad de que las mujeres ejerzan como juezas en los juzgados rabínicos, que llevan en Israel la legislación de familia.

En agosto, el Tribunal Supremo especificó que las mujeres pueden dirigir un tribunal rabínico, siempre y cuando cumplan los mismos requisitos que se exigen a los hombres.

El vicepresidente del tribunal, Elyakim Rubinstein, aseguró que era «inconcebible» que las mujeres no estuvieran representadas en la dirección de estas cortes.

Pero la decisión sentó como un jarro de agua fría entre la ultraortodoxia, que controla esos tribunales. El exdirector de la Oficina del Gran Rabinato, el rabino Dov Halbertal, cuestionó en público la habilidad de las mujeres para «entender la ley judía».

«Hay dos cuestiones aquí, defendió, primero, que cuando la administración de la Corte rabínica, que es autónoma, determina que no quiere a una mujer, la corte no puede intervenir. Y la segunda es una cuestión de modestia. Hay rabinos, estudiantes de la Torá, dayanim (jueces), que tienen que establecer contacto con el director de las Cortes Rabínicas, y no es apropiado que ese director sea una mujer», afirmó.

Y aseguró que «nunca habrá una mujer (al frente de los tribunales rabínicos). El Judaísmo ortodoxo dibujará la línea en ese punto y eso, simplemente, no ocurrirá».

Una actitud que se enfrenta a una realidad, la de miles de mujeres judías, creyentes, practicantes, que exigen tener la misma presencia y derechos que los hombres en el ámbito de su religión.