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Luciana Peker, periodista argentina: "La motosierra de Milei es una apología del femicidio"

Laura de Grado Alonso | Madrid - 12 junio, 2026

"La motosierra es una apología del femicidio", resume con contundencia la periodista y escritora argentina Luciana Peker en referencia a la icónica imagen de Javier Milei, emblema de la "naturalización de la crueldad" que disecciona en Odiocracia. Al fondo a la derecha (Libros del KO), un ensayo sobre cómo el odio, la violencia y la reacción antifeminista se han convertido en herramientas de poder de las nuevas extremas derechas y en la base de una ofensiva global contra los derechos de las mujeres y de la democracia.

Especializada en género y derechos humanos, Peker es una de las voces más influyentes del feminismo latinoamericano. Autora de libros como La revolución de las hijas, Putita golosa o ¿El amor es o se hace?, se convirtió en una referencia internacional a partir de su cobertura del movimiento Ni Una Menos y de la lucha por el derecho al aborto en Argentina.

A finales de 2023 se instaló en España tras sufrir amenazas y campañas de hostigamiento y en 2024 fue reconocida por CNN como una de las 30 personas más influyentes del mundo en la defensa de los derechos de las mujeres y del colectivo LGBTQ+.

Durante una entrevista con Efeminista en la Feria del Libro, Peker reflexiona sobre el avance internacional de las nuevas extremas derechas, el papel de las grandes tecnológicas en la expansión del odio, la violencia contra las periodistas feministas y las lecciones que España puede extraer de la experiencia argentina.

Frente a lo que define como una "pandemia odiante", reivindica la necesidad de reconstruir redes feministas internacionales capaces de responder a una amenaza que, advierte, ya ejerce poder incluso antes de llegar a los gobiernos.

Una reflexión que resuena con especial fuerza en el mes en que se cumplen once años de la irrupción de Ni Una Menos, el movimiento que transformó la lucha feminista en América Latina. Este 3 de junio, miles de mujeres volvieron a ocupar las calles de Argentina para denunciar la violencia machista y exigir justicia por el feminicidio de Agostina Vega, una adolescente de 14 años cuyo asesinato ha conmocionado al país, en un contexto que, según Peker, evidencia cómo la normalización de la crueldad y los discursos antifeministas tienen consecuencias concretas sobre la vida de las mujeres.

"Vivimos una pandemia odiante"

Pregunta (P).- ¿En el libro planteas que hemos pasado de un ciclo de protestas feministas a un ciclo de odiocracia. ¿Qué es exactamente este concepto y qué elementos te permiten afirmar que no se trata de un fenómeno aislado sino global?

Respuesta (R).- Creo que después del auge feminista, que sitúo simbólicamente el 3 de junio de 2015 con Ni Una Menos, junto a la ola verde de 2018 y el "Yo te creo, hermana", llegó una revancha machista acompañada de un plan económico y tecnofeudalista. Ese plan utiliza las emociones, a las personas y al odio como motores sociales de revancha.

El feminismo proponía una forma de amor que cuestionaba el amor tradicional, pero con la idea de la sororidad y los vínculos construidos desde la solidaridad y el afecto. Esta revancha machista viene a proponer odio y venganza. Y ese odio no se limita a determinados gobiernos o resultados electorales. Conforma un mapa social, genera vínculos de odio, de crispación y enfrentamiento, incluso entre personas que ideológicamente están muy lejos de la extrema derecha. Es como que queda una pandemia odiante. Y eso es muy peligroso. Hay que analizarlo para poder parar la pelota, en términos futbolísticos, y cambiar el juego. Volver a un juego más amoroso, más solidario.

Además, no estamos ante modelos nacionales. El laboratorio de la extrema derecha argentina no es algo exclusivamente argentino. Está directamente conectado con España y forma parte de una ultraderecha global financiada e impulsada desde Estados Unidos. De hecho España hoy es el gran objetivo de la ultraderecha, como dijo la Fundación Heritage. Los vínculos son muy concretos. Desde empresarios argentinos instalados en Madrid que promueven una versión española del MAGA hasta operadores mediáticos que participan activamente en distintos procesos políticos. Son proyectos multinacionales. Y es muy difícil enfrentarlos desde un solo país si no recuperamos una de las mayores fortalezas del feminismo, que es la capacidad de construir redes internacionales.

El odio a las mujeres y a las diversidades sexuales, el nexo de la ultraderecha

P.- Aparecen actores muy distintos: políticos, empresarios, influencers, criptobros, incels, movimientos ultraconservadores... ¿Cuál es el hilo que los une?

R.- Tienen muchas diferencias y esa es una realidad que a veces cuesta ver. Existen diferentes internas entre ellos, pero como son profundamente verticalistas y tienen una doctrina mucho más bélica y militar que democrática, cuando llega una orden, vuelven a alinearse. Si lo ordena Trump, se reordenan. Si lo ordena Milei, se reordenan.

Lo que comparten es un plan económico de concentración de la riqueza. Y, sobre todo, algo que considero aún más peligroso, una idea antidemocrática. Pueden utilizar las elecciones y algunos mecanismos democráticos, pero no son democráticos, no vienen a disputar una alternancia electoral con diferencias ideológicas más o menos graduales; sino que vienen a romper con la democracia tal y como la conocemos, con los estándares de libertad de expresión, protesta social y participación ciudadana. Y, además, sobre todas las cosas, odian a las mujeres y a las diversidades sexuales.

P.- En el libro planteas que el machismo y el racismo son la columna vertebral de estas nuevas extremas derechas. ¿Por qué siguen siendo herramientas tan eficaces para movilizar apoyos políticos?

R.- Creo que las mujeres hemos sido quienes sostuvimos el deseo en el siglo XXI, el deseo de transformación, de avance. Si uno se pregunta qué ha avanzado realmente en este siglo, la respuesta son los derechos de las mujeres y de las diversidades.

Aplacar a las mujeres y a las diversidades no consiste solamente en quitar derechos o restringirlos o pedir sacrificios por esos derechos. No solamente es quitar esos derechos, sino quitar o frenar esa bicicleta tan deseante que hacía movilizar por otros muchos más derechos. Es mostrar que la bicicleta no funciona más, que luchar no sirve. Esa es la diferencia fundamental. Por eso los ataques al feminismo son tan intensos y por eso existe un odio tan ensañado.

"Los hombres de ultraderecha odian a las feministas, pero no nos subestiman"

P.-  También afirmas que "nadie se tomó tan en serio el feminismo como la extrema derecha". ¿A qué te refieres?

R.- Creo que los hombres de ultraderecha nos odian, pero no nos subestiman. Nos han respondido, nos han leído, han estudiado nuestros argumentos, nos han amenazado. No digo que eso sea algo positivo, pero demuestra que comprendieron la potencia del movimiento feminista y por eso pudieron confrontarlo.

En cambio, parte de los progresismos, de las izquierdas y de los sectores populares lo subestimaron. Y precisamente por eso no pudieron fortalecerlo lo suficiente para enfrentar, resistir o, como me gusta decir, reexistir frente a una adversidad tan grande.

P.- En el libro dedicas varias páginas a la simbología de la motosierra de Javier Milei. ¿Qué representa realmente esa imagen?

R.- La motosierra se inspira directamente en La masacre de Texas, una película basada en la historia real de un asesino. Por eso creo que hay que decirlo con claridad, la motosierra es una apología del femicidio, punto. No estamos hablando únicamente de una herramienta para simbolizar recortes presupuestarios. Estamos hablando de una imagen asociada a una violencia extrema que se convierte en emblema político. Y cuando eso sucede, lo que vemos después es una mayor naturalización de la crueldad.

En Argentina hemos visto crecer no solo los femicidios, sino también formas de violencia cada vez más brutales. Y lo mismo ocurre en otros lugares. Cuando vemos a un hombre asesinar a una mujer y mostrarse públicamente sin ningún pudor, cuando vemos la sangre expuesta sin vergüenza, estamos ante lo que llamo el horror descubierto. Lo que aparece ahí es una idea de monopolio masculino sobre la sexualidad y un castigo permanente hacia las mujeres por cualquier decisión que tomen sobre sus cuerpos.

No son simplemente contradicciones o excentricidades, lo que expresan es una concepción fálica del poder, una demostración permanente de dominación sobre las mujeres.

Y creo que, además, hay algo muy revelador en esa puesta en escena. Son hombres que necesitan exhibir constantemente símbolos de fuerza porque en realidad construyen una performance de poder. La motosierra funciona como una prolongación de esa masculinidad exagerada que necesita asustar para imponerse.

Pero la motosierra no es solo un símbolo sexual o de violencia. También representa un programa político. En Argentina significó recortes sobre las políticas públicas, la universidad, las pensiones, la ciencia y los programas de protección frente a la violencia machista. Eso es precisamente lo que se quiere aplicar en España para que haya más plata para fomentar las guerras de los otros y menos para curar la salud y la educación de la población que vive e integra a España.

Llegar a los hombres jóvenes

P.- En el libro también abordar la radicalización de hombres jóvenes a través de redes sociales y comunidades digitales vinculadas al resentimiento antifeminista. ¿Cómo explicas este fenómeno?

R.- Existe un sector de hombres jóvenes captado por la ultraderecha. Es un fenómeno innegable. En prácticamente todos los procesos electorales donde la extrema derecha ha avanzado encontramos una representación importante de este grupo. Pero eso no significa que haya que demonizar a los hombres jóvenes, todo lo contrario, hay que reforzar nuestra capacidad de llegar a ellos, de hablarles, de integrarlos.

Además, hay que diferenciar claramente entre hombres jóvenes y hombres adultos. Con los jóvenes todavía existe la oportunidad de la educación, del acompañamiento, de la construcción de alternativas. Hay que ofrecerles más oportunidades. Y los hombres adultos tienen una enorme responsabilidad porque deben proporcionar mejores ejemplos. Es importante mostrar que existen otros modelos de masculinidad.

Y que también hay que poder interconectar y salirse de los dogmas feministas, hay que poder también escuchar y hay que poder dialogar.

"Las tecnológicas son los grandes ganadores, son los que nos están gobernando"

P.- ¿Qué responsabilidad tienen las plataformas tecnológicas en esto?

R.- Creo que la responsabilidad de las tecnologías es muy grande, pero no solo es grande en relación a lo que hacen, sino que es su plan, son los grandes ganadores, son los que nos están gobernando y esto ya a esta altura queda muy claro. La lógica no es solamente qué contenidos comparten, está claro que invisibilizan contenidos feministas, antirracistas o anticoloniales. Pero el problema es más profundo. También tiene que ver con cómo nos informamos a través de las redes.

La información en redes sociales funciona a partir de la indignación y la anestesia; es decir, de la parálisis. En cambio, la reflexión que puede generar un libro, incluso cuando te angustia o te incomoda, tiene la capacidad de activarte. Te obliga a pensar.

Por eso el escroleo permanente produce indignación, anestesia, distracción y rencor. Porque lo que funciona en las redes ya no es simplemente la polémica. La polémica podría ser positiva. Lo que funciona es la agresión. Y esa forma de relacionarse no se limita a los sectores de ultraderecha, termina extendiéndose a todos los espacios. En cualquier sector, lo que premia el algoritmo es ese tipo de comportamiento. Por eso también hay que salir de esa lógica.

Además, cada vez resulta más evidente que existe un plan de gobierno detrás de estas estructuras de poder. Peter Thiel, fundador de Palantir, acaba de llegar a Argentina. Compró la mansión más cara de Buenos Aires y también está adquiriendo propiedades en Chile, Uruguay y otros países de Sudamérica. No son movimientos aislados. Están impulsando proyectos de "gemelos digitales", sistemas capaces de recopilar, estudiar y evaluar información sobre poblaciones enteras. Y mientras tanto, desde la propia Palantir se sostiene que la democracia ya no funciona como sistema político.

Por eso la responsabilidad de las empresas tecnológicas ya no puede analizarse únicamente en términos de contenidos o de la misoginia que ayudan a difundir. El problema es que estamos siendo gobernados por su propio proyecto político y tecnológico. Y dentro de ese proyecto existe un desprecio específico hacia las mujeres y una apología de la violencia que está aumentando tanto en cantidad como en intensidad.

El "machópolis" del espacio público y la violencia contra las periodistas feministas

P.- Al final el libro es un análisis de Argentina como un laboratorio. Una de tus tesis es que la violencia no empieza cuando la extrema derecha llega al poder, sino antes. Mirando la situación actual en España, ¿qué enseñanzas deja la experiencia argentina?

R.- Creo que lo fundamental es prevenir y entender que las lógicas de la ultraderecha no son únicamente electorales. Hoy tienen poder aunque no estén en el Gobierno. Ya están ejerciendo formas de violencia que hace apenas dos años no existían contra las periodistas feministas y sabemos que eso ya está ocurriendo en España. Esa violencia genera censura y autocensura. Hace que los costes para las mujeres que ocupan espacios públicos, políticos o mediáticos sean tan altos que muchas terminen abandonándolos. También se produce una fractura entre las audiencias y las mujeres que ocupan esos espacios públicos. Mientras tanto, otros actores terminan ocupando el monopolio de la conversación.

Y hay otro fenómeno que me preocupa, es que muchos hombres, incluso dentro de sectores progresistas o populares, vuelven a ocupar casi por completo el espacio público. Yo a eso lo llamo el "machópolis" del espacio público. Las mujeres son desplazadas a lugares cada vez más excepcionales, más precarios y más degradados, pagando además costes enormes para su salud física y mental.

Por eso hay muchas lecciones que aprender. La primera es construir juntas. Europa no debería respaldar a las periodistas feministas latinoamericanas únicamente por una cuestión ética, sino también por una cuestión de supervivencia. Solo juntas vamos a poder resistir esta ola reaccionaria. Y en ese sentido Europa tiene una responsabilidad mayor porque dispone de más recursos económicos, más estructuras institucionales y más capacidad de sostener respuestas colectivas. Si reproduce formas de colonialismo feminista, además de repetir algunos de los peores errores de la historia, estará actuando contra sus propios intereses.

También es necesario exigir a la cooperación europea, tanto pública como del sector social, que apoye al periodismo feminista y a las mujeres feministas. Sin apoyos es muy difícil sostenerse. Necesitamos programas de protección para defensoras, acompañamiento a quienes están siendo criminalizadas y estrategias jurídicas que permitan responder a estas ofensivas. Hoy hay periodistas en España que necesitan ese respaldo. Desde Ana Requena y el equipo de elDiario.es hasta Cristina Fallarás, hay que acompañarlas en los procesos judiciales y evitar que se erosione la libertad de expresión en Europa.

Pero la solidaridad también se construye en gestos cotidianos, comprando libros, apoyando medios feministas como Píkara, elDiario.es o El Salto, escuchando y leyendo a mujeres migrantes y a quienes trabajan desde perspectivas antirracistas.

P.- A pesar de ese diagnóstico tan duro, el libro también contiene una propuesta de esperanza. ¿La hay?

R.- Absolutamente, creo que hay alternativa y creo que hay esperanza. No creo en la anestesia, no creo que cerrar los ojos vaya a impedir que suceda aquello que ya estamos viendo suceder. Nuestra función es advertir, pero no advertir para caer derrotadas, sino para reaccionar a tiempo.

El problema de la odiocracia no es solamente que gane un partido político o una determinada fuerza electoral, lo que genera la lógica de la odiocracia es que las personas se terminan odiando entre ellas. Y cuando eso ocurre, el daño es mucho más profundo.

Por eso hay que aceptar el error, aceptar la diferencia y aceptar que cada persona ocupará lugares distintos dentro de una misma lucha. No todo el mundo tiene que hacer lo mismo ni estar en el mismo lugar para formar parte de una respuesta colectiva. Necesitamos encontrarnos, revitalizarnos y recuperar fuerzas.