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¿Qué hay detrás de las bromas y retos machistas en TikTok?
Empujar a su novia a la piscina por sorpresa, grabar la reacción de una chica mientras su novio le lanza comentarios machistas sobre su cuerpo o convertir una bofetada en un reto viral, son algunos de los vídeos que circulan en TikTok bajo la apariencia de bromas o challenges de pareja y que acumulan millones de visualizaciones y miles de comentarios amparados en la idea de que todo forma parte del "humor".
Pero detrás de estos retos virales, desde el #PoolPrank a los llamados loyalty tests o tendencias como #latóxica o #eltóxico, expertas en sociología y psicología advierten de que se está normalizando un ecosistema digital donde el control, la humillación o incluso las agresiones físicas se presentan como entretenimiento, en lugar de ser reconocidas como manifestaciones de violencia machista.
"No es humor, es una forma de ejercer control y de tener cierto abuso de poder sobre la víctima", resume a Efeminista la psicóloga de la Asociación de Psicología y Psicoterapia Feminista, María Martín Fuente.
Para la socióloga y profesora en la Universidad Complutense de Madrid, Elisa García Mingo, este tipo de contenidos no pueden entenderse solo como bromas aisladas.
"Me parece problemático que estos contenidos humillantes, aunque sean muy banales, estén en red porque funcionan como una forma de legitimar la violencia contra las mujeres", asegura la investigadora y señala que "el hecho de que no se retiren" evidencia "la impunidad con la que se perpetran las violencias y la poca capacidad de la sociedad de erradicar esos comportamientos".
Celos, control y violencia convertidos en espectáculo
Muchas de las tendencias virales más populares giran en torno a las relaciones de pareja. Los llamados loyalty tests, por ejemplo, consisten en poner a prueba la fidelidad de la pareja, a menudo sin que lo sepa, para grabar su reacción y publicarla en redes. En algunos vídeos, el creador pide a otra persona que intente ligar con su pareja para comprobar si "cae en la trampa", otros consisten en provocar situaciones de celos o conflicto delante de la cámara para ver cómo responde la otra persona.
"En el test de lealtad lo que se está haciendo es ejercer control sobre la pareja y normalizar que eso es lo que hay que hacer", explica Martín Fuente, que recuerda que "ejercer control sobre la pareja es violencia".
Otros vídeos populares incluyen bromas físicas como empujar a la pareja a la piscina bajo el hashtag #PoolPrank, asustarla deliberadamente o provocar situaciones humillantes frente a la cámara. En muchos casos, el objetivo es provocar una reacción emocional intensa que garantice la viralidad.
"Muchas de estas bromas no tienen un consentimiento real. Puede haber una especie de consentimiento forzado por presión social, pero lo que se busca es humillar o ridiculizar a la víctima para que el vídeo se viralice", asevera.
A estas tendencias se suman otras formas de contenido que cruzan directamente la línea hacia la violencia sexual digital. En los últimos meses, por ejemplo, TikTok ha visto proliferar vídeos vinculados a un trend basado en el cyberflashing, es decir, el envío o la exposición no solicitada de imágenes sexuales explícitas. En estos vídeos se comparten fotografías de genitales, en ocasiones camufladas dentro de memes, bromas visuales o montajes, para esquivar los filtros de moderación de la red social.
Casi la totalidad de las chicas y chicos jóvenes, el 97,9 %, ha sufrido durante su adolescencia algún tipo de violencia sexual en internet, desde contactos por parte de adultos con fines sexuales (práctica conocida como 'grooming'), la sextorsión, el sexting sin consentimiento, la exposición involuntaria a contenidos sexuales o el uso de inteligencia artificial para generar imágenes sexuales falsas, según un informe de Save the Children.
¿Romantización o normalización de la violencia de género?
Algunos retos van incluso más allá y normalizan directamente las agresiones físicas. En determinados vídeos, como en el trend #Hitme, se anima a las parejas a darse bofetadas o a reproducir dinámicas agresivas.
Para Martín Fuente, el problema no es tanto que estas prácticas se presenten como románticas, sino que se vuelven habituales y "se normaliza la violencia dentro de la pareja".
La repetición constante de este tipo de contenidos provoca, además, un proceso de desensibilización entre quienes los consumen, explica. "Cuando ves este tipo de vídeos continuamente terminas pensando que es algo normal porque lo hace todo el mundo", señala.
Esta dinámica se intensifica especialmente entre las personas más jóvenes, para quienes la pertenencia al grupo, el estatus y el reconocimiento social en redes adquieren un peso central.
A esta desensibilización se suma además el contexto en el que muchos jóvenes interpretan hoy las relaciones de pareja. Según el informe Así somos. El estado de la adolescencia en España, elaborado por la organización Plan International, aunque la mayoría de adolescentes reconoce la existencia de la violencia de género, muchos comportamientos de control todavía no se identifican como problemáticos. Alrededor de la mitad de los chicos considera aceptable querer saber en todo momento dónde está su novia o revisar su teléfono móvil.

La psicóloga de la Asociación de Psicología y Psicoterapia Feminista, María Martín Fuente. Foto cedida por María Martín
La cultura del "humor" que humilla
Para la profesora contratada doctora en Sociología en la Universidad Complutense de Madrid y coordinadora del proyecto DiViSAR sobre violencia sexual digital entre jóvenes, Elisa García Mingo, este tipo de contenido enmascarado como broma forma parte de una dinámica cultural más amplia propia del ecosistema digital.
"El entorno digital tiene una cultura muy troll, muy bizarra, muy permisiva con comportamientos que están en el límite de lo permitido", explica. Esa permisividad, prosigue, contribuye a que bromas potencialmente dañinas se presenten como entretenimiento y que actitudes que en otros contextos serían cuestionadas circulen y se normalicen con facilidad.
En ese contexto, sostiene, ha surgido lo que denomina una "cultura de la humillación", en la que la burla pública se convierte en espectáculo.
"Se ha normalizado la humillación a las mujeres o a la pareja, pero también a compañeros de clase o a personas en situación de vulnerabilidad", asevera.
Cuando esto se analiza desde una perspectiva de género, añade, se hace evidente que no afectan a todas las personas por igual, muchas de estas bromas reproducen jerarquías patriarcales tradicionales en las que la burla se dirige de forma recurrente hacia las mujeres. "La masculinidad más tradicional y más violenta tiende a colocar a las mujeres en una posición subordinada, a humillarlas", añade.
En ese sentido, García Mingo interpreta estos contenidos como una reacción cultural en un momento de mayor visibilidad del feminismo y del empoderamiento femenino. "Este tipo de bromas también funcionan como una manera de reordenar nuestra presencia en la pareja, en las redes o en la vida pública", apunta.

Elisa García Mingo, socióloga y profesora en la Universidad Complutense de Madrid, durante una entrevista con Efeminista. EFE/Laura de Grado
Una nueva socialización afectiva en redes
Ambas expertas coinciden en señalar que estos contenidos forman parte de cómo las nuevas generaciones están aprendiendo a relacionarse en la actualidad.
"Estamos ante nuevas formas de socialización mediadas por la tecnología y por el algoritmo", explica García Mingo, según quien las redes sociales se han convertido en espacios donde las generaciones jóvenes aprenden normas sociales, roles de género y modelos de relación.
En muchos de estos vídeos, por ejemplo, los hombres aparecen como quienes provocan la situación o ejercen el control, mientras que las mujeres ocupan el papel de quien reacciona, soporta la broma o es objeto de la humillación. Esos modelos, repetidos una y otra vez, terminan construyendo una idea de cómo deben ser las relaciones.
"Las plataformas están siendo fundamentales en la socialización contemporánea y especialmente en la socialización de género", insiste.
Algoritmos, viralidad y manosfera
Pero en el éxito de estos contenidos también influyen los mecanismos de recomendación de las propias plataformas. García Mingo señala que, aunque falta mucha investigación, ya existen evidencias de mediación algorítmica en la circulación de contenidos, de forma que los sistemas de recomendación tienden a priorizar aquello que genera reacción, como sorpresa, polémica o impacto.
"Los algoritmos de segmentación y recomendación favorecen la circulación de contenidos que generan más interacción", explica. En la práctica, eso significa que los vídeos basados en el shock, la controversia o la humillación tienen más posibilidades de hacerse virales.
A ello se suma el interés económico. Tanto creadores como plataformas se benefician de la viralidad dentro de lo que la investigadora denomina "capitalismo de plataforma", un modelo basado en captar la atención de los usuarios, prolongar el tiempo que pasan conectados y recopilar sus datos.
Este ecosistema digital también convive con otro fenómeno cada vez más estudiado: la manosfera, un conjunto de comunidades online que difunden discursos abiertamente antifeministas y misóginos.
"La manosfera es como hemos llamado a al internet más misógino", explica García Mingo.
En los últimos años, estas subculturas digitales han encontrado espacio en plataformas donde se concentran las generaciones más jóvenes, como TikTok, Twitch, Telegram o Discord, y desde allí promueven modelos de masculinidad muy estrechos, heteronormativos y en ocasiones abiertamente violentos, que se apoyan en la humillación o la deshumanización de las mujeres.
En ese contexto, incluso contenidos que parecen banales, como bromas virales o retos de pareja, pueden funcionar como la puerta de entrada a imaginarios más amplios que legitiman la desigualdad o la violencia machista.
Consecuencias para chicas y chicos jóvenes
Las expertas alertan de que el impacto de estos contenidos no es igual para chicos y chicas y puede reforzar estereotipos de género que influyen en la forma de relacionarse.
Para las chicas, el principal riesgo es que se interioricen dinámicas de control o abuso como algo normal dentro de una relación. "Se normalizan las dinámicas de abuso de poder en la pareja y se camuflan como si formaran parte natural de la relación", explica la psicóloga María Martín, y "se interiorizan estereotipos muy sexistas, como la idea de que hay que ser sumisa, calladita o adaptarse a lo que quieren los demás".
Además, las redes sociales añaden un elemento que amplifica el daño: la exposición pública. Una humillación grabada y difundida puede tener consecuencias emocionales mucho más profundas que una situación similar en privado. "Que te den una bofetada en un vídeo y lo suban a TikTok puede generarte un daño mucho más intenso por el refuerzo público que recibe", explica Martín.
Los efectos también alcanzan a los chicos, aunque de forma distinta. En su caso, este tipo de contenidos refuerza modelos de masculinidad basados en el dominio, el control o la idea del "macho alfa". Los retos virales o bromas de pareja pueden consolidar la idea de que demostrar poder o provocar a la otra persona forma parte de lo que se espera de ellos.
"Muchas veces el chico ni siquiera quiere hacerlo, pero tampoco registra que no quiere. Lo hace porque es lo que hacen los demás y porque quiere formar parte del grupo", explica la psicóloga.
Qué se puede hacer: educación, reflexión y responsabilidad de las plataformas
Desde la psicología, Martín Fuente propone un ejercicio sencillo para quienes participan en estos retos: imaginar cómo se sentirían si la misma situación ocurriera sin cámaras ni público.
"Preguntarse cómo te sentirías si eso pasara en privado puede ayudarte a reconocer lo que realmente está ocurriendo", explica. Sacar la situación del contexto de las redes permite identificar con más claridad emociones como la incomodidad, la vergüenza o el daño que, en el entorno público de internet, quedan diluidas por la presión del grupo o la búsqueda de viralidad.
Para la socióloga Elisa García Mingo, el debate debe ir más allá del comportamiento individual e insiste en que las plataformas digitales también juegan un papel central y por eso es necesario exigirles responsabilidad y mecanismos reales de rendición de cuentas.
En esa línea considera positivo que se abra un debate público sobre la responsabilidad de las plataformas y la regulación del entorno digital, especialmente cuando se trata de proteger a menores y adolescentes. Sin embargo, advierte de que las soluciones deben ser complejas y combinar diferentes herramientas: investigación, educación, prevención, regulación y mecanismos efectivos de protección para las víctimas.
"El problema es multicausal y, por tanto, la intervención también tiene que serlo", resume.