lolas esclavas sexuales

Estelita Dy, de 88 años, posa delante de las fotografías de otras "mujeres consuelo" filipinas. EFE

«Lolas» filipinas, una vida sin consuelo ni perdón tras sufrir el yugo de Japón

Sara Gómez Armas - 26 diciembre, 2018

Llevan toda una vida esperando un perdón o un reconocimiento de su calvario. Las «lolas» filipinas, esclavas sexuales durante la ocupación japonesa en la II Guerra Mundial, luchan hasta el último aliento por la justicia y la memoria.

Eufemísticamente se las bautizó como «mujeres de consuelo» o «mujeres de confort», pero todas ellas fueron sometidas a la fuerza a crueles abusos sexuales y laborales por las tropas japonesas entre 1942 y 1945. Muchas de ellas todavía eran menores de edad.

Estelita Dy, con 88 años y casi sorda, no ha olvidado las tres semanas de infierno que pasó encerrada en un burdel militar de su pueblo natal Talisay, en la isla de Negros. Los soldados japoneses que pasaban por allí la violaron sucesivamente cuando sólo tenía 14 años.

«La primera vez me enfrenté a ellos, pero me golpearon la cabeza contra una mesa y quedé inconsciente. Cuando desperté los japoneses no estaban, pero una mujer me aconsejó que no me rebelara más o me matarían«, relata a Efe Estelita. Ella una de las seis «lolas» -abuela en tagalo, como se las apodó cariñosamente- que quedan vivas.

«Luego cada vez que me violaban lo único que hacía era cerrar los ojos, llorar y recordar las palabras de esa mujer», indicó la abuela en la sede en Manila de la Liga de Lolas de Filipinas «Lila Filipinas». La organización trabaja por salvaguardar la memoria de esas mujeres desde hace tres décadas.

Doble estigma

Estelita es una de las más de 200.000 esclavas sexuales que el Imperio del Sol Naciente mantuvo para el disfrute de sus huestes durante sus contiendas en el Pacífico, en Corea, China, Indonesia, Malasia o Filipinas, donde se calcula que cerca de un millar de mujeres acabaron en esas «estaciones de confort».

Sometida a trabajos forzosos antes de ser encerrada en un burdel militar, Estelita reconoce que tuvo suerte porque a posteriori pudo formar una familia. Se ganó la vida vendiendo pasteles de arroz y contó con el apoyo de su marido y sus cinco hijos, que aceptaron su pasado y la ayudaron en su lucha por la justicia y la verdad.

No todas las «lolas» tuvieron la misma suerte. Muchas ocultaron su pasado como «mujeres confort» de los japoneses por miedo a represalias e incluso a que sus propias familias las repudiasen.

«Durante la ocupación, a cualquier filipino visto con los japoneses se le consideraba automáticamente un traidor. Por tanto, no se trataba sólo del estigma de la violación, sino de la acusación de ser una traidora a tu patria«, explica la directora de Lila Filipinas, Sharon Cabusao-Silva.

Durante décadas, el caso de las «mujeres confort» en Filipinas quedó oculto, aunque ya se conocían casos similares en otros países como Corea o China. Hasta que en 1992, Rosa Henson, recordada hoy como Lola Rosa, sacó a la luz su testimonio en el libro «Mujer confort: un destino de esclavitud».

Lola Rosa rompió un silencio de décadas, lo que animó a otras «mujeres de consuelo» a dar un paso al frente.

«Yo entonces trabajaba para una organización feminista a la que acudieron muchas de esas mujeres a contar su historia y me impresionó que ese ominoso episodio de la historia de nuestro país hubiera permanecido oculto tanto tiempo», explica Cabusao-Silva.

Un perdón público

Desde su modesta sede en el distrito de Quezon, decorada con los retratos de todas las «lolas» y recortes de prensa sobre sus casos, Lila Filipinas trabaja para que la historia de esas mujeres no se olviden, logren justicia y reparación.

«Ha sido una lucha muy difícil para estas mujeres porque ninguno de los Gobiernos en Filipinas, ni actuales ni pasados, han mostrado ninguna clase de apoyo a su causa. De hecho, han tratado de ocultar el asunto», asevera la directora de la organización

La activista asegura que las sucesivas administraciones miran para otro lado en este asunto a cambio de generosa inversión, préstamos y ayuda de Japón, uno de los principales benefactores de Filipinas. Incluso retiraron en abril una estatua en homenaje a esas mujeres en Manila por la presión del Gobierno nipón.

En enero de 2016 estas mujeres salieron a las calles con motivo de la visita a Filipinas del emperador japonés Akihito, en conmemoración de los 70 años de relaciones diplomáticas entre los dos países, para exigir un perdón público y compensaciones por daños que nunca llegaron.

Las mujeres confort de Corea del Sur lograron en 2015 unas «sinceras disculpas» de Tokio e indemnizaciones por valor de 7,5 millones de euros para las supervivientes con vida. El acuerdo entre los dos Gobiernos fue muy criticado porque no contó con la opinión de las víctimas.

«En Filipinas ni siquiera tenemos eso, nuestros Gobiernos nos están dando la espalda por completo«, lamenta Judith Villanueva, hija de Lola Virginia, quien falleció en 2015 con 85 años sin lograr la justicia a la que empeñó su vida.