Gloria Fortún: «Debemos usar nuestros privilegios para luchar contra las opresiones de otras»

María G. de Montis | Madrid - 11 julio, 2022

«Roja catedral», el segundo libro publicado de la poeta, profesora de escritura y traductora Gloria Fortún, es una narración repleta de deseo que serpentea entre la lírica y la prosa para tratar de dar contornos al amor: la gran «obsesión», junto a la literatura, de la autora, según cuenta en una entrevista con Efeminista. «El amor nunca es estático, siempre es cambiante. Y, si es del bueno, representa la libertad, el gozo, el placer, la inspiración, la ternura, el cariño…».

Una novela o un poema largo, según quien lo lea, que acaba de publicar la editorial Dos Bigotes y que cuenta la historia de Cielo, una mujer disidente y fantasiosa que habita y rememora en un Madrid polvoriento, posapocalíptico y onírico. Cualquier parecido con las calles durante el confinamiento de marzo de 2020, asegura, es pura casualidad: todo forma parte del universo Fortún, poblado de vaqueras, amazonas y poetas forajidas.

Escritora y responsable, como traductora, de que voces como la de Joanna Russ o Zitkala-Ša hayan llegado a España, Fortún (Madrid, 1977), también activista, habla con Efeminista de amor, de la falta de personajes lésbicos en la literatura durante su adolescencia y de su interés por el Salvaje Oeste. También de la división en el movimiento feminista, que a la autora le parece «desoladora».

«Me da muchísima pena, porque todas las mujeres, cis y trans, deberíamos estar unidas contra el patriarcado. Se acaba de demostrar en Estados Unidos (donde se acaba de derogar un histórico fallo, «Roe vs Wade», que permitía el aborto): ¿Quién ha quitado los derechos a las mujeres? No han sido las mujeres trans, precisamente, sino los hombres blancos conservadores, como siempre», apunta.

Y añade: «Para mí, una de nuestras obligaciones es que los privilegios que tengamos los utilicemos para luchar contra las opresiones de otras. Todas tenemos privilegios y todas tenemos opresiones y deberíamos estar luchando para que todas vivamos con justicia y con libertad, y no al revés».

El universo Gloria Fortún

PREGUNTA.- Este libro se mueve entre la prosa y la poesía. ¿Es «Roja catedral» su primera novela? ¿O es un poema largo?

RESPUESTA.- Yo siempre me he considerado escritora de narrativa, de ficción, y aunque esta sea mi primera novela, llevo escribiendo toda la vida. Ahora bien, es verdad que nunca imaginé que lo primero que publicase, el año pasado, fuese un poemario («Todas mis palabras son azores salvajes», en la misma editorial). Nunca me consideré poeta, pero después de hacerlo empecé a llamarme a mí misma así.

Con esta novela pasó un poco lo mismo: surgió como un relato que se hizo cada vez más largo y luego le metí poemas. Para mí, no es tanto una novela como un poema largo con partes narrativas y partes en verso, que es cuando quiero que la gente se pare un poco, que se recree en el sentimiento.

De todas formas, todo esto tiene que ver con cómo ha cambiado mi concepción de la escritura en los últimos años, con cómo me he ido liberando de todas esas normas que vivía como una creyente. Y tiene mucho que ver con un taller que estoy dando, la comunidad de ‘escritoras peligrosas’, en el que desmontamos todo eso. Fue ahí cuando empecé a asociar la escritura con la libertad absoluta, que en realidad es cómo empecé a escribir de pequeña. Y al encontrar esa libertad sentí que podía mezclar géneros, hacer lo que me diera la gana.

P.- Mantiene esa reflexión sobre el amor y el deseo que inició en su primer libro, pero también un imaginario repleto de amazonas y vaqueras. ¿De dónde viene ese interés?

R.- A mí siempre me ha gustado el rollo vaquero, el «Salvaje Oeste», supongo que porque soy filóloga y traduzco mucho el siglo XIX estadounidense. Todo eso se reflejó en mi primer poemario, en el que además me apetecía mucho crear mujeres míticas como la vaquera o la amazona, que de alguna forma representan la libertad, el deseo y la genealogía espiritual.

Efectivamente, estos libros dialogan mucho, desde frases y versos hasta personajes, porque me parecía que no había terminado de decir todo lo que quería decir sobre esa concepción de la poesía, el amor y el deseo. Forman parte del mismo universo.

Para mí es muy importante, cuando escribo, escuchar a mi cuerpo, preguntarme quién está conmigo en la habitación. Y ya no están esos señores que hacían el canon y que te decían “esto es lo que hay que hacer y esto lo que no”, afortunadamente. Estoy con mi cuerpo, que me da esas sensaciones de emoción que me hacen saber que he escrito justo lo que quería expresar, lo que deseaba expresar. Para mí es muy importante unir poesía con deseo y amor.

Obras tras el confinamiento

P.- Sus dos libros publicados han llegado después de la pandemia. Y su paisaje en esta novela es un Madrid posapocalíptico, sin coches… Estos libros, ¿son hijos de ese momento?

R.- Cuando escribes, siempre te imaginas publicando. Y yo he escrito toda la vida y siempre me he imaginado sacando novelas más tradicionales, tipo Almudena Grandes, más que experimentales. Yo siempre tenía sueños, pero anteponía otras cosas: el activismo feminista, la traducción de otros… siempre lo priorizaba todo.

Y dando este taller que llevo dando cuatro años, el de «Escritoras peligrosas», me di cuenta de que lo que les estaba enseñando a ellas me lo tenía que aplicar a mí también, que tenía que ponerme en el centro. Porque claro, muchas veces te dicen que la novela está muerta, que ya está todo contado… y eso es mentira.

Solo se ha contado la historia de los hombres cis, blancos y heteros: falta todo por contar.

Ahora tengo muchísimas cosas que contar. Ya estoy pensando en la siguiente novela para el año que viene, de repente no puedo parar.

P.- Uno de los libros del año está siendo “Lo que hay”, de Sara Torres. Es la historia de duelo de una mujer lesbiana, de su deseo y su concepción del amor.

R.- Sí, lo acabo de leer y me ha encantado, me ha emocionado muchísimo. Y claro, es inevitable echar la vista atrás, a cuando yo era adolescente e iba a la librería Berkana a buscar cualquier cosa lésbica. Y salvo los clásicos, como «El pozo de la soledad», que hablaba literalmente de «la mujer invertida», o «Carol», que debió de ser el primer libro con una pareja lésbica y un final feliz que se escribió en la Historia, todos eran malísimos. Pero te los comprabas porque necesitabas cualquier historia lésbica.

Ahora es verdad que, gracias a editoriales como Dos Bigotes, podemos leer mucho más, y aunque el tema central, el eje, no sea el lesbianismo, no deja de serlo, porque no nos relacionamos igual, al no estar pendientes de la mirada masculina. Eso define toda tu vida.

Hoy hay muchas más opciones de literatura lésbica que ayer, pero creo que aún así hay muy poco, que hay mucha más literatura gay o «queer», en general. Todavía falta mucho por escribir.

División en el feminismo

P.- Lleva más de veinte años militando en el feminismo. ¿Cómo ha cambiado el movimiento desde entonces y cómo ve la división interna?

R.- La división me da muchísima pena porque todas las mujeres, cis y trans, deberíamos estar unidas contra el patriarcado. Me parece desoladora. Además, se acaba de demostrar en Estados Unidos: ¿Quién ha quitado los derechos a las mujeres? No han sido las mujeres trans, precisamente, sino los hombres blancos conservadores, como siempre.

En mi opinión, cuando dicen que las mujeres trans están robando derechos o visibilidad, lo que les molesta es que hayan salido de los polígonos, de la marginalidad, y lo que quieren es devolverlas ahí. Me da muchísima pena porque para mí una de nuestras obligaciones es que los privilegios que tengamos los utilicemos para luchar contra las opresiones de otras.

Todas tenemos privilegios y todas tenemos opresiones y deberíamos estar luchando para que todas vivamos con justicia y con libertad, y no al revés.

Porque mujeres trans ha habido siempre y esta división solo beneficia al patriarcado, no al movimiento feminista.

P.- Háblenos de la Comunidad de escritoras peligrosas.

R.- Es prácticamente la cosa más importante que hago en mi vida. Todo empezó como un taller de escritura normal y corriente, pero solo de mujeres (porque lo dábamos en una fundación feminista), que se me ocurrió hacer hace cuatro años. Y me di cuenta de que las escritoras tenían muchísimas características que los escritores no tenían, muchísimas cosas con las que lidiar.

La primera, el síndrome de la impostora, ¿no? Pensar que estás ocupando un lugar que no te corresponde. También la forma de hablar de su escritura como si no fuera nada importante: muchas llevaban tiempo escribiendo, pero nadie las había tomado nunca en serio ni las había escuchado o leído.

Así que empezamos a trabajar sobre eso, sobre la inspiración y sobre el hecho de ser, de llamarnos escritoras. Y cada año hemos ido explorando distintas cosas, cosas muy específicas de las mujeres. Empezamos siendo siete y ahora somos casi cincuenta: hay escritoras peligrosas en Chile, en México, en Londres, en Berlín… y en mogollón de sitios de España.

Y estamos trabajando en una antología: cada una ha escrito un texto y estamos haciendo un libro que pretendemos publicar. Estamos muy contentas y hemos creado una comunidad de apoyo muy potente, que trabaja más allá de la escritura.