Sael: "Tengo una lista de partes médicos en los que figuran 'mis caídas'"

Detalle de la silla desde donde Sael, ecuatoriana de 55 años, ha hablado con Efeminista sobre su lucha como víctima de violencia de género. EFE/Laura de Grado
Sael, de 55 años, llegó a Tenerife, España, en el 2000 dejando en Ecuador una cómoda vida de profesora, directora de una empresa de cosméticos en la que trabajaban 75 personas, madre y apasionada por su trabajo. La abrupta revelación de la infidelidad de su pareja y padre de su hija le hizo tomar la decisión de poner distancia y salir de allí.
"Yo tenía otra idea de España", cuenta a Efeminista Sael, que enseguida se dio cuenta de su nueva realidad como migrante.
Poco después de llegar al España conoció a su maltratador y, durante los años de maltrato, Sael encadenó numerosos partes médicos que describían los golpes, heridas y hematomas que se había producido en las supuestas caídas, que ella alegaba en los servicios de urgencias por miedo a su agresor y su incapacidad para salir de la espiral de violencia.
El difícil acceso al sistema sanitario de estas mujeres debido a su situación administrativa irregular es otro de los graves problemas que afrontan. Al no ser atendidas en Atención Primaria no existe la posibilidad de que profesionales sanitarios les hagan un seguimiento y puedan detectar su situación de maltrato. El miedo a ser deportadas hace que las víctimas recurran a "personas conocidas" para que les traten sus golpes o acuden a urgencias donde no les hacen un seguimiento.
Una nueva realidad como migrante
En quince años de maltrato Sael, ecuatoriana de 55 años, nunca fue dueña de si misma, "jamás", tampoco interiorizó como maltrato la violencia física, las violaciones o las humillaciones que soportaba cada día.
Cuando llegó a Tenerife le facilitaron el teléfono de una mujer con la que podría quedarse. "Allí había mucha gente, muchos colchones..." recuerda. Sael tuvo que olvidarse de su trabajo como profesora y directora de empresa y comenzar una vida mucho más precaria limpiando casas para tratar de traer a su hija, que entonces tenía 8 años.
Fue en ese momento cuando a través de unas amigas conoció a su maltratador, un hombre cuya fachada inicial de amor y protección se derrumbó para dar paso a un infierno de palizas, humillaciones y violaciones.
Violencia y aislamiento
"Esa persona para mí era lo más bonito", recuerda, aunque precisa que a su hija, que por aquel entonces tenía 11 años, "nunca le gustó". "Yo estaba falta de cariño, necesitaba sentirme protegida de todo el daño que me había hecho el padre de mi hija".
La vulnerabilidad de estas mujeres y su situación administrativa irregular son, según las expertas, un reclamo para los maltratadores que buscan garantizarse el control sobre sus vidas.
A los dos años de relación se casaron y se fueron a vivir juntos y comenzaron las discusiones diarias en las que él se ponía cada vez más agresivo, empezó a beber y a introducirla a ella en el alcohol. Acabó aislándola de su familia y amistades, e incluso hizo que se resintiera la relación de Sael con su hija.
"Yo comencé a beber más con él, a salir con él y ya mi vida era diferente porque todo lo que él hacía, yo lo hacía igual", rememora.
"Teníamos muchas discusiones, peleas y me pegaba a diestro y siniestro", recuerda. Así pasó "muchos años" en los que ella constantemente pensaba que era su culpa o que estaba haciendo algo para alterarlo.
De aquella época, cuenta, tiene una lista de partes médicos en los que todas las lesiones figuran como caídas. "En aquel momento yo no lo veía cruel, ni malo, ni nada, solamente tenía miedo de que se fuera y quedarme sola", señala.
"Nunca fui dueña de mí, jamás"
El control llegó a tal punto que Sael dejó de arreglarse y cambió su manera de vestir. "No quiero que nadie te vea, no te pongas ese vestido" o "no te queda bien, solo las putas van así", eran los comentarios que su maltratador le repetía.
"Me vestía como él quería y hacía todo lo que él quería, nunca fui dueña de mí, jamás", afirma con dolor.
Durante años su pareja la maltrató física y psicológicamente: "Me pegaba, me violaba, pero todo eso no lo sentía yo como que era maltrato".
Le ponía toallas encima del cuerpo para que los golpes no le dejasen marcas... en una ocasión la golpeó con un hierro. "Pensé que me iba a morir, era lo más horrible que me había pasado, no podía más", recuerda pero de nuevo acudió a un médico de confianza con su hermano para evitar ir al hospital y tener que dar parte de lesiones.
"Al día siguiente él me llamó y yo le dije 'pero cómo eres capaz de hacerme esto', pero otra vez estaba con su ramo de flores, su perdón de rodillas y yo nuevamente vuelvo a caer", explica Sael, evidenciando la conocida como fase de arrepentimiento que llega tras el hecho violento en la espiral de maltrato.
El punto crucial fue en 2019. Después de quince años de abusos físicos y psicológicos, Sael finalmente reunió el coraje para expulsar a su agresor de su vida. "Un día le puse en la puerta sus cosas, sus herramientas de trabajo", recuerda, narrando el acto simbólico de liberación que marcó el comienzo de su camino hacia la autonomía.
"Le dije 'quiero que te largues de aquí", forcejearon, consiguió cerrar la puerta, se sentó tras ella y no pudo contener las lágrimas de alivio.
Ahora ese día lo recuerda con orgullo: "Me sentí tan fuerte".