Belén: "No puedo estar segura, él rompe las órdenes de alejamiento"

Belén (nombre ficticio), de 36 años, superviviente de violencia de género. EFE/Laura de Grado
Hace dos años, Belén (nombre ficticio para proteger su identidad), de 36 años, llegó a España procedente de Paraguay con la esperanza de un futuro para ella y su hijo, con problemas de salud. Poco tiempo después conoció a su agresor y su proyecto de vida se truncó. El constante acoso al que la somete su maltratador, que ya ha violado dos veces la orden de alejamiento, le ha hecho perder su empleo y cambiar su domicilio. Los cuerpos policiales han considerado su caso de "riesgo extremo".
"¿Con qué seguridad voy a estar por la calle sabiendo que él está violando la orden de alejamiento?", se pregunta Belén en una entrevista con Efeminista en en la que narra el farragoso y complejo proceso que está sufriendo para regularizar su situación -pese a estar acreditada como víctima de violencia de género- y poder acceder a los recursos que le corresponden.
Confiesa que uno de los motivos que la disuadía de ir a comisaria era su situación administrativa irregular, temía que si denunciaba, no la creyesen y la deportasen. Aunque ahora ese temor se ha disipado, Belén siente que el sistema está fallando en protegerla adecuadamente. Y es que, a pesar de las denuncias y de violar la orden de alejamiento, su maltratador está libre, exponiéndola a un riesgo extremo.
"No quería llegar a casa porque sabía lo que me esperaba"
Belén conoció a su maltratador, español, poco después de llegar a España, a través de una amiga, y enseguida empezaron a salir y se fueron a vivir juntos.
"Al inicio, era normal, la verdad que para mí era normal, todo fluía bien", recuerda. Pero la normalidad fue efímera. La distancia por su trabajo cuidando a una persona mayor con la que tuvo que viajar se convirtió en el primer pretexto para iniciar las amenazas. "Empezó a decirme que tiraría mis cosas en la calle" si no volvía, relata con un tono de voz entrecortado.
Los insultos por su origen latino la marcaban día a día y se iban grabando en ella. "Había días que yo no quería llegar a mi casa porque sabía lo que me esperaba", dice.
En esa época, a través de un curso de estética, Belén llegó a Médicos del Mundo donde, tras conocer su situación, le ofrecieron apoyo, seguridad y protección. Sin embargo, el miedo y la creencia de que las cosas cambiarían la paralizaban. "Siempre tenía ese shock psicológico, entonces yo le perdonaba y en mi mente decía que él iba a cambiar, pero en verdad me esperaba algo más fuerte", confiesa con tristeza.
La violencia física se intensificó. "Siempre me agredía, me agarraba por los cabellos para no no tener hematomas ni nada de eso. Siempre fue así, pero se le pasaba, lloraba, me decía que le perdonara, que estaba muy nervioso y que si yo le dejaba, que él se quitaría del medio", relata.
La escalada de la violencia
Una día la violencia escaló tanto que ella ya no pudo más. "Cogió el cuchillo, me lo puso y me dijo que íbamos a salir de ahí los dos muertos", narra Belén con el dolor de quien revive una reciente pesadilla.
En un acto desesperado, logró calmarlo momentáneamente. Esa noche apenas durmió, de madrugada salió de casa con algo de ropa, el pasaporte y la determinación de no volver. "Yo no vine a este país para estar sufriendo", declara con firmeza.
Belén temía ser deportada si denunciaba, pero gracias al apoyo, acompañamiento y asesoramiento de Médicos del Mundo, que le explicó que cuando denuncias violencia de género no se abre un proceso sancionador por la situación administrativa irregular, reunió las fuerzas para acudir a comisaría.
Todo el tiempo que Belén fue maltratada estuvo acompañada por profesionales de Médicos del Mundo que nunca soltaron su mano. La apoyaron, acompañaron e informaron y esperaron el momento en el que ella tuviese la fortaleza necesaria para denunciar a su agresor.
Recuerda que el trato inicial al presentar su denuncia en la comisaría fue excelente. Sin embargo, el proceso se vio afectado por diversas trabas, desde la perdida del parte médico de lesiones, tener que cruzarse con su maltratador antes del juicio rápido o las horas de espera para conseguir la orden de alejamiento.
Su maltratador está en la calle
"Estuve horas esperando un papel firmado por un juez, era solo un papel, pero de él dependía mi vida, tuve que esperar desde las 10 de la mañana hasta las 7 de la noche", describe. Cuando le entregaron la orden de protección abandonó el juzgado y volvió a cruzarse con su maltratador entonces, dice, "corrí sin parar hasta la primera boca de metro que encontré".
El sistema legal español propuso un acuerdo que dejó a Belén con un amargo sabor de injusticia. "La fiscalía planteó tres años de orden de alejamiento y ocho meses de servicio comunitario si él se declara culpable", relata con resignación.
Aceptar significaba evitar un juicio largo, agotador y el dolor de volver cruzarse con su maltratador, pero también sintió que la justicia fallaba en protegerla adecuadamente.
"Me sentí muy mal como mujer, muy mal, porque tuve que aceptar esa propuesta porque no fue de su abogada, fue de una fiscal", lamenta.
"Esta persona va a cumplir 8 meses y después va a hacer su vida tranquilamente con cualquier otra mujer, que le va a pasar lo que me ha pasado a mí. Yo fui la segunda y va a llegar una tercera", advierte.
A pesar de la orden de alejamiento, las amenazas persistieron. Él la siguió llamando y enviando mensajes, e, incluso, la esperaba en la puerta de su trabajo. Belén tuvo que volver a comisaría hasta en dos ocasiones para denunciar el quebrantamiento y, a día de hoy, se encuentra en situación de riesgo extremo.
El miedo persiste
Reconoce que el apoyo de la Policía Nacional es un alivio para ella. "Me llaman por la mañana, por la tarde, me preguntan cómo estoy, si me ha vuelto a molestar y se acercan donde estoy viviendo" y lo agradece pero tiene miedo. "La policía no puede estar conmigo las 24 horas del día y yo necesito salir y trabajar y ¿qué pasa si el aparece y viene a por mi?, se pregunta angustiada.
Ahora solamente quiere reconstruir su vida. La justicia, aunque imperfecta, le otorgó una herramienta para protegerse, pero la sombra del miedo persiste.
"¿Con qué seguridad yo voy a estar por la calle sabiendo que él está violando la orden de alejamiento y son dos denuncias y nadie hace nada?", clama.
Y deja un mensaje para las mujeres que, como ella, han vivido el maltrato. "Lo que yo quiero es que esas mujeres que están pasando por esto, se animen a denunciar. Que ninguna mujer merece esto, que se acerquen a denunciar, que la policía siempre te agarra la denuncia. Que no tengan miedo y que no se estén callando como yo me he callado mucho tiempo", insta con valentía.
Quiere que su historia no sea solo un relato, sino un recordatorio de la importancia de romper el silencio y buscar justicia.