Camila: Mi maltratador me denunció, me faltaban dos días para parir

Camila (nombre ficticio), argentina de 27 años, superviviente de violencia de género. EFE/Laura de Grado
Camila (nombre ficticio), argentina de 27 años, lleva más de cuatro años viviendo en España. Su sueño de una nueva vida se tornó en pesadilla tras conocer a Raúl, su maltratador. Estando embarazada, la joven sufrió violencia física, psicológica y económica, y el miedo a denunciar se mezcló con la falta de red, una denuncia falsa en su contra y la complejidad de su situación administrativa.
"Es doloroso para una mujer ver que que creen la versión del maltratador", asegura a Efeminista Camila, quien reconoce que su estatus migratorio y que su agresor fuera un hombre español con poder económico, fue determinante a lo largo de todo su proceso.
Hace algo más de cuatro años, Camila aterrizó en Barcelona procedente de Argentina, donde había estudiado Trabajo Social, en busca de nuevas oportunidades y con la ilusión de viajar como mochilera, pero la realidad fue muy diferente. Solo encontró trabajos precarios, sin contrato y en los que los jefes la cosificaban y sexualizaban.
En este contexto, apareció Raúl, un hombre español de 30 años que le ofrecía amor, cuidado y protección, cualidades con las que consiguió atraer a Camila. Pero, como en tantos otros casos, el personaje que había construido Raúl para ganarse la confianza de Camila tardó poco tiempo en dar paso al maltratador que realmente era.
"No pasa ni un mes desde que empezamos a salir y nos fuimos a vivir juntos. Me alejé de todos mis amigos porque su piso estaba en un pueblo, me quedé muy aislada, dependiendo totalmente de él en todos los sentidos", relata Camila a Efeminista con voz temblorosa, recordando los días que marcaron el inicio de su pesadilla.
Al mes se quedó embarazada y fue entonces, cuenta, cuando él cambió "drásticamente" el trato hacia ella. Pasó de decirle que quería cuidarla, tener hijos con ella y construir una vida juntos, a maltratarla física y psicológicamente a diario.
"Me decía que era un parásito, que no trabajaba, que era una vaga, una latina que venía a aprovecharse de los españoles", recuerda. La culpaba incluso por coger comida de la nevera.
"Yo tenía miedo, estaba embarazada. Ya no me gustaba estar con él, yo ya no quería estar con él y se lo decía: "Yo no quiero estar con vos quiero, no sos el Raúl que yo conocí, no me haces feliz, me tratas mal". Y bueno, ahí me insultaba", continúa.
Esto era "todos los días". Se dio cuenta de que era infeliz, pero le costaba dar el paso de denunciar, estaba sola, no tenía una red de apoyo y estaba embarazada de una bebé a la que no sabía si podría mantener y cuidar sola.
Pese a su buena situación económica, su maltratador la obligó a ir a los servicios sociales del pueblo a pedir ayuda para comer y, sin ella saberlo, eso cambió su vida. Camila se dio cuenta de que a medida que pasaban los días, la trabajadora social la observaba mucho. "Ella lo notó. Para mí eso es muy importante, que haya una persona que lo note", comparte, señalando el momento crucial en que alguien reconoció su sufrimiento.
"Empecé a contarle todo lo que me decía, cómo me trataba, cómo me hacía llorar todos los días y me acuerdo que la trabajadora social lo primero que me dijo después de escucharme fue: si quieres lo vamos a denunciar ahora mismo, yo te acompaño". Pero no se atrevió, cuenta, porque todavía pensaba que él iba a cambiar.
"Un día le dije, mira Raúl, si seguís así yo te voy a ir a denunciar y se va a acabar esto, tengo derechos. Y el me decía "a qué tienes derechos" y se reía".
Y entonces, en un giro perverso y cuando Camila estaba a punto de dar a luz, Raúl invirtió los roles y fue a denunciarla.
"Me denunció él a mí. Me buscó la Guardia Civil para decirme que me habían denunciado. Me faltaban dos días para parir. Y me acuerdo que todos los guardias me miraron sorprendidos porque vieron que tenía una tripa enorme", rememora Camila. En ese momento, entre la incredulidad y la desesperación, sacó fuerzas y lo denunció.
Esa misma madrugada, apenas horas después de volver de comisaria y dormir un poco, comenzaron sus contracciones. "Agarré mi bolsito, mi ropa y fui sola a esperar el bus porque no tenía quien me llevase", recuerda.
A su salida del hospital, con su hija en brazos, entró en una casa de acogida para mujeres víctimas de violencia de género.
Una de las cosas que más le ha dolido del proceso es que el círculo social que compartía con Raúl le creyese a él. "Quede como una loca. Es doloroso para una mujer ver que las personas no te creen y que creen la versión del maltratador", asevera.

Camila (nombre ficticio), argentina de 27 años, superviviente de violencia de género. EFE/Laura de Grado
Ambas denuncias, la suya y la de su maltratador, quedaron archivadas. Ella, recién parida, no pudo ir a ratificar la suya. Hoy en día su maltratador tiene contacto con ella y con su hija. Se la lleva dos fines de semana al mes.
"Hice todo un trabajo interno para entender el tipo de personaje que es: es un maltratador. Destruyó mi autoestima completamente", reconoce. Y asegura que lo que más desea ahora es verse "estable e independiente".
A día de hoy Camila es consciente de que en su situación de violencia de género jugó un papel muy importante su circunstancia administrativa irregular y que su maltratador era un hombre español con poder económico.
"Yo sabía que podía denunciar, pero hay muchas que no saben que pueden y tienen miedo porque no tienen papeles o porque van a ser racistas con ellas. No me parece justo. Me frustra saber que hay mujeres que no denuncian, no por miedo al maltratador -que también puede pasar- sino por el miedo a la justicia que hay en España", relata.
Por ellas, dice, ha querido contar su historia.