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El auge de los libros escritos por mujeres, más allá de tópicos y guetos

Natalia Otero - 16 noviembre, 2018

Una chica que aún no ha dejado atrás la veintena irrumpe en una céntrica librería madrileña. Viene con su madre y es ésta la que pregunta al librero por el libro que quieren: «Una habitación propia»,  de Virgina Woolf, que está en la planta superior. La joven se precipita a las escaleras que crujen por sus pisadas y las de su acompañante. Tras encontrar el libro en una de las mesas, va hacia la caja ojeando las primeras páginas de la obra.

Esta es una escena cada vez más común en pequeñas y grandes librerías de todo el país. Las obras firmadas por mujeres están ganando más peso y visibilidad en las estanterías, tanto comerciales como domésticas.

Editores, escritoras y libreros coinciden: es un buen momento para la literatura mal llamada femenina. Sin embargo, aún mantiene esa consideración de excepcionalidad, de gueto, lejos de la normalización de las autoras y sus libros.

«Siempre ha habido mujeres que escriben, pero lo que pasaba es que no nos querían mirar», dice Cristina López Barrio (Madrid, 1970), autora de la novela «Niebla en Tánger», finalista del Premio Planeta en 2017.

Las mujeres leemos más libros que los hombres

Reyes Calderón (Valladolid, 1961), autora de la saga de novela negra protagonizada por la jueza MacHor, coincide con López Barrio en que esta producción literaria «no es un fenómeno reciente. Siempre ha habido escritoras, pero ahora nos hemos decidido a publicar porque antes era muy difícil para nosotras dar esos últimos pasos», afirma a Efe.

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Reyes Calderón

«Las mujeres, estadísticamente, leen más que los hombres». Así lo afirma con rotundidad  Ignacio Tolnado, director del Departamento de Libros de FNAC España desde su central en Madrid, y esta demanda tenía que tener su reflejo en la oferta. Calderón coincide: «Proporcionalmente hay más mujeres que leen y, por lo tanto, tenía que haber más mujeres que escriben».

Al aumento de la visibilidad y consumo de estas obras han contribuido diferentes fenómenos. El primero, según Andrea Toribio, librera de La Central ubicada en la madrileña plaza de Callao, es el alto nivel de producción de las autoras actuales y el riesgo que asumen. «Ellas, en la lengua que sea, están haciendo literatura más experimental que los hombres. Están construyendo discursos periféricos muy interesantes», dice mirando de reojo los volúmenes que ha terminado de colocar en una balda.

El otro factor que enumera Toribio es la revisión y rescate de obras escritas en los años treinta, cuarenta y cincuenta del pasado siglo: «Hablamos de Elisabeth Mulder, Elena Fortún, Carmen Martín Gaite, etc… A las que se acercan, sobre todo mujeres, pero también muchos hombres», afirma.

Los movimientos feministas y su proyección en las redes sociales han jugado un papel importante en este auge, en opinión de Tolnado, de la FNAC. Por un lado, estas plataformas han servido de trampolín a nuevas firmas femeninas y, por otro, han propiciado el descubrimiento, recomendación y difusión de títulos y autoras.

Algunas librerías han impulsado la visibilidad y normalización de obras escritas por mujeres y sobre mujeres, como en el caso de los establecimientos de La Central. Los libreros recomiendan de manera periódica diferentes títulos y destacan otros coincidiendo con diferentes jornadas y festividades. Entre ellos, hay un número alto de autoría femenina.

También en la sección infantil, el lector puede encontrar una mesa dedicada exclusivamente a mujeres silenciadas en la historia o a personalidades de carácter feminista con un formato apto para los más y las más jóvenes.

En otras librerías, el aumento del peso de las autoras viene dado por la demanda. Es el caso de la FNAC, donde no hay espacios dedicados exclusivamente a mujeres escritoras, o campañas de recomendación de obras. Aunque sí cuentan con una sección de ensayo feminista.

La evolución de la sociedad

Elif Shafak (Estrasburgo, 1971), escritora de origen turco que recibió en 2010 la Orden de las Artes y las Letras de Francia, escribió que los escritores son tratados primero como escritores y luego como hombres. En el caso de la mujer, aseguró, es al contrario. Primero se es mujer y luego escritora.

Aún no se ha superado la tendencia a circunscribir las obras con autoría femenina a una categoría aparte.

«Yo me pregunto ¿hay literatura masculina? No, no la hay. Todavía existe esa idea de que cuando una mujer escribe un libro inmediatamente se convierte en algo para mujeres», lamenta Cristina López Barrio.

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Cristina López Barrio

«Los hombres pueden tocar cualquier tema sin que se les asigne una etiqueta. García Márquez escribe sobre el amor y nadie cree que es un libro ‘femenino’. Pero si lo hace una mujer, se convierte en algo ‘rosa’», explica.

«Si eres mujer y tu protagonista también, lo llaman ‘literatura femenina’, pero si lo escribe un hombre, no. Como, por ejemplo, “Cinco horas con Mario”, de Miguel Delibes. Nadie lo catalogaría como un libro para mujeres», añade esta autora  que escribió “La casa de los amores imposibles”, traducida a quince lenguas.

Reyes Calderón cree que aún se deben superar ciertos roles de género enquistados en el mundo literario. «Yo entiendo que las mujeres tenemos una forma diferente de mirar que los hombres, pero eso no tiene que ver con la temática de la novela. No entiendo por qué yo solo puedo escribir sobre temas mal llamados femeninos. Escribo novela negra y no me veo escribiendo novela romántica», sentencia la autora.

Ambas coinciden en la necesidad de universalizar los temas al margen de sexos, huir de etiquetas y normalizar la presencia de escritoras. «Al final -puntualiza Calderón- la motivación, la necesidad de contar, de comunicar, es común a hombres y mujeres».

La idea de que las editoriales se aprovechen del tirón del movimiento feminista para agrandar sus beneficios es una de las sombras que planean sobre la literatura escrita por mujeres en los últimos tiempos. La otra es la existencia – y la necesidad o no necesidad- de lo que Almudena Grandes llamó «sesiones-gueto»: eventos dedicados a autoras en los que se corre el peligro de considerar más interesante el sexo de quien escribe que la aportación del trabajo.

«Siempre existe algo de marketing porque esto es un mercado, pero creo que sobre todo viene dado por la evolución de la sociedad», asevera Calderón sobre el respaldo de las editoriales a las autoras.

«Cierto que hay marketing detrás porque la mujer va tomando fuerza y tal vez hay alguna empresa que quiera sacar partido de esto. Pero, aunque tenga algo de verdad, bienvenido sea si sirve para dar voz y visibilizar», opina López Barrio.

Virgina Woolf, en el ensayo que la joven ojea de camino a la caja registradora, escribió que «las mujeres han estado sentadas dentro de casa durante todos estos millones de años, por lo que a estas alturas cada pared está impregnada de su fuerza creativa, tanto que, de hecho, ha sobrecargado los ladrillos y el mortero».

El peso de esa creatividad y la lucha social parecen haber derrumbado esas paredes. El reto es que la literatura con firma de mujer termine de asentarse en el exterior.


 

Galardonadas

 

Premio Cervantes
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El Premio Cervantes es uno de los galardones nacionales de literatura más importantes destinado «a distinguir la obra global de un autor en lengua castellana cuya contribución al patrimonio cultural hispánico haya sido decisiva» y que tiene un menor índice de mujeres ganadoras.
Cinco autoras han ganado este galardón desde su primera edición, en 1976. La última ha sido la poeta uruguaya de 95 años, Ida Vitale. La escritora, representante de la poesía esencialista y miembro de la Generación del 45, se ha hecho con el Cervantes 2018, cinco años después de la última ganadora.
Más de una década tardó en caer en manos de la primera. Fue en 1988 y lo ganó María Zambrano (Málaga, 1904- Madrid, 1991). Filósofa y ensayista, exiliada tras la Guerra Civil Española, no vio reconocida su extensa obra hasta pasada la Transición.
Desde entonces solo cuatro mujeres más han recibido este honor: además de Vitale, Dulce María Loynaz (La Habana, 1902-1997), en el año 1992; Ana María Matute (Barcelona, 1925-2014), en el año 2010, que ocupó además el asiento «K» de la Real Academia Española y es considerada una de las maestras de la novela de posguerra; y Elena Poniatowska (París, 1932), en la edición de 2013. Esta mexicana ha destacado en diversos géneros, especialmente en narrativa y en periodismo.
Premio Planeta
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Fue Ana María Matute la encargada de inaugurar la lista de mujeres ganadoras del Premio Planeta. Este reconocimiento le fue concedido en 1954 por su novela “Pequeño teatro”. El relevo de Matute lo cogió Carmen Kurtz (Barcelona, 1911-199) con «El desconocido», en 1956.
En 1964 Concha Alós (Valencia, 1926-2011) ganó con «Las hogueras», obra que ahonda en el instinto más primitivo y común al ser humano: la búsqueda de la felicidad. Dos años después, la asturiana Marta Portal recibió el Planeta por «A tientas y a ciegas».
En la década de los años setenta, tras acabar dos veces como finalista en años anteriores, Mercedes Salisachs (Barcelona, 1916-2014) obtuvo el reconocimiento del jurado por «La gangrena», en 1975.
Y hasta 1989 no vuelve a haber nombres femeninos en la lista del Premio Planeta. Ni como ganadoras ni como finalistas.
A las puertas de la década de los noventa, Soledad Puértolas (Zaragoza, 1947), licenciada en periodismo, se hizo con el premio por su obra «Queda la noche», la novela más reflexiva de la autora en la que una mujer se lanza a un viaje por Oriente.
El premio vuelve a manos femeninas en 1998. Concretamente a las de Carmen Posadas (Montevideo, 1953). Un relato sobre las casualidades de la vida, los momentos inesperados que marcan la existencia, titulado «Pequeñas Infamias»  fue su obra ganadora.
En los tres años siguientes, 1999, 2000 y 2001, los Planeta llevaron nombre de mujer. Espido Freire (Bilbao, 1974), Maruja Torres (Barcelona, 1943) y Rosa Regás (Barcelona, 1933) fueron las ganadoras respectivamente de esas ediciones.
Freire es, hasta al momento, la vencedora más joven: tenía 25 años cuando lo recibió por «Melocotones helados». Maruja Torres, aparte de autora de ficción, es una periodista reconocida por sus coberturas internacionales y de guerra. Rosa Regás fue, además, directora de la Biblioteca Nacional de España entre 2004 y 2007.
Lucía Etxebarria (Valencia, 1966) ganó en 2004 con «Un milagro en equilibrio». Se trata de una novela sobre una escritora adicta al alcohol y a la tristeza autoimpuesta que cose dos generaciones, a través de una carta que escribe a su hija recién nacida mientras su madre agoniza en un hospital, para explicar de qué familia viene y qué familia formará.
Ángeles Caso (Gijón, 1959) es periodista, escritora y política. Caso fue finalista del Planeta en 1994, pero no fue hasta 2009 cuando recibió el premio por «Contra el viento», que toca la inmigración, la amistad, los miedos y la sororidad.
En 2013, Clara Sánchez (Guadalajara, 1955) se aupó a lo más alto del premio que otorga la editorial a la mejor obra inédita. Profesora y escritora, Sánchez redactó «El cielo ha vuelto», una historia sobre cómo un encuentro aparentemente fortuito en un vuelo puede salvarle la vida a una modelo de éxito.
Dos años después, en 2015, Alicia Giménez Bartlett (Albacete, 1951), filóloga y escritora, recibió el premio por «Hombres desnudos». Es conocida, sobre todo, por sus novelas policíacas protagonizadas por Petra Delicado.
Dolores Redondo (San Sebastián, 1966) es, por ahora, la última de las ganadoras de este galardón. Fue en 2016, con “Todo esto te daré”. Redondo es autora de la «Trilogía del Baztán», el fenómeno literario más importante de los últimos años, cuya primera entrega, «El guardián invisible», fue llevada al cine en 2017.
Premio Nadal 
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La primera persona en alzarse con un Premio Nadal, fue Carmen Laforet (Barcelona, 1921- Madrid, 2004) con «Nada», su obra más celebrada, en 1944.
En 1950, «El viento del Norte», de Elena Quiroga (Santander, 1921– A Coruña, 1995) se hizo con este prestigioso galardón. Quiroga, junto con Carmen Martín Gaite y Ana María Matute, jugó un papel clave en el auge de la narrativa española de posguerra.
En 1952 y 1953, el jurado también reconoció el trabajo de dos mujeres. Dolores Medio (Oviedo 1911-1996) y Lluïsa Forrellad (Barcelona, 1927 – 2018), que ganaron sus premios con «Nosotros los Rivero» y «Siempre en capilla», respectivamente.
«Entre visillos», de Carmen Martín Gaite (Salamanca, 1925 – Madrid, 2000) se llevó el premio en 1957. En 1959, la obra de Ana María Matute, «Primera memoria», fue reconocida con el galardón.
Y tuvieron que pasar más de 20 años para que la obra homenajeada volviese a estar firmada por una mujer. El honor recayó en «La cantiga del agüero», de Carmen Gómez Ojea (Asturias, 1945).
Rosa Regás, también ganadora del Premio Planeta, recibió en 1994 un Nadal por «Azul». Asimismo, Lucía Etxebarría también tiene en su haber ambos galardones. «Beatriz y los cuerpos celestes» le valió el Nadal, en 1998.
En la lista de dobletes también figuran Maruja Torres, que ganó este premio en 2009 por «Esperadme en el cielo»; Clara Sánchez, en 2010, con «Lo que esconde tu nombre» y Alicia Giménez Bartlett, por «Donde nadie te encuentre», en 2011.
Antes, en 2002, «Los estados carenciales», de Ángela Vallvey (Ciudad Real, 1964) fue la novela elegida para los laureles.
«La vida era eso», de Carmen Amoraga (Valencia, 1969), en 2014; y «Media vida», de Care Santos (Barcelona, 1970), en 2017, son las últimas obras firmadas por mujeres en recibir esta gran distinción.