La escritora Edurne Portela recupera, en su nuevo libro, la vida de la prima de Maddi, Mari-Jeanne Echevarria, una mujer vascofrancesa que con apenas 20 años entró a formar parte de la Resistencia contra la ocupación nazi de Francia. Fue detenida por la Gestapo en 1944 y deportada al campo de concentración alemán de Ravensbrück, de donde fue liberada en 1945. El relato de su supervivencia lo ha plasmado en No puedes quedarte aquí eternamente (Galaxia Gutenberg), un estremecedor trabajo de investigación "antifascista y feminista", dice a Efe la propia autora.
Portela siempre ha reflexionado sobre la violencia y su origen, como ya dejó claro en El eco de los disparos (2016), donde hablaba de la cultura como herramienta para dirimir el pasado de violencia en el País Vasco; obra a la que siguieron Mejor la ausencia (2017), Formas de estar lejos (2019) o Los ojos cerrados (2021), y con Maddi y las fronteras, en 2023, comenzó a dar visibilidad a las mujeres que habían pasado por una situación de violencia y fueron invisibles para la historia, como hizo con la biografía de María Josefa Sansberro (Maddi), una mujer anónima nacida en 1895 en Oyarzun (Guipúzcoa), que salvó la vida de centenares de personas ayudándolas a pasar la frontera entre Francia y España y que murió en un campo de exterminio nazi.
"La Historiografía siempre se ha centrado en el hecho heroico masculino, y a mí me interesa estudiar la experiencia de las mujeres en contexto de represión, porque nadie ha contado su historia, sobre todo las que no han tenido herramientas para narrar, mujeres de clase trabajadora, y ese es el caso de Echevarria", explica a Efe la escritora vasca (Santurce, Vizcaya, 1974).
Mujeres heroicas no narradas por la historia
P.- ¿De dónde nace ese deseo de recuperar la memoria de estas mujeres anónimas y olvidadas pero protagonistas de la Historia?
R.- Es que la Historia y la Historiografía, digamos más la Historiografía que la Historia, ha sido creada desde una perspectiva absolutamente patriarcal, como si la mujer fuera un sujeto pasivo de la Historia, cuando en realidad la mujer siempre ha hecho cosas, desde la pequeña historia cotidiana, hasta casos como el de María Josefa Sansberro o Marie-Jeanne Echevarria, mujeres que participaron en la resistencia frente al fascismo y el nazismo. Y esas historias siempre se han centrado en el hecho heroico y el hecho heroico es masculino.
Ya con mis estudios de doctorado investigué cómo las mujeres han vivido la violencia política en su propio cuerpo, como en el caso de las mujeres en las cárceles de España durante el franquismo, o el caso de las mujeres argentinas detenidas, desaparecidas.; entonces para mí era muy importante estudiar esa experiencia de la mujer en esos contextos de represión. Y buscas historias de estas mujeres y no las encuentras. Yo las llamo las mujeres no narradas, porque nadie ha contado su historia, ni lo que constituye la especificidad de la experiencia de la mujer en contextos de violencia.
En el caso de estas mujeres todo empezó con Maddi, con María Josefa Sansberro, de la que escribí una novela anterior, Maddi y las fronteras, de la que no sabía nada absolutamente nada, pero los investigadores José María Michelena e Isa Reich Vila contactaron conmigo porque habían descubierto que en su pueblo, en Oyarzun, en Guipúzcoa, había habido una mujer deportada en los campos nazis. Entonces, empezaron a hacer toda una investigación que les llevó 6 años y tenían un archivo sobre sus actividades en la Resistencia y sobre la historia de su deportación.
Me metí en el tema a partir de lo que me ofrecen y descubro un tema que estaba narrado por mujeres que no habían tenido herramientas para narrar, no como, por ejemplo, Charlotte Delbo, mujeres que habían participado en la Resistencia, que habían sido deportadas, que habían sobrevivido y que, como tenían un bagaje intelectual y cultural, pudieron escribir la experiencia. Pero, claro, qué pasa con todas esas mujeres de clase trabajadora, mujeres que no tienen una formación cultural, ni siquiera una estabilidad económica, que les permita contar su vida o narrarla?
Para contar ese horror hay muchas mujeres que no tienen herramientas, ni culturales ni políticas, se quedan en silencio o, como mucho, en algún archivo porque trabajaron para la Resistencia o en el seno familiar. Este es el caso de Angélique, la nieta de Marie-Jeanne Echevarria, a la que conocí por el proyecto de Maddi, y después de dos años volví a contactar con ella porque quería profundizar más.
Ella reactiva la memoria y me cuenta cosas que luego yo he podido constatar. Entonces es cuando me pongo a investigar y a rellenar huecos en la historia familiar que ellos ni siquiera saben. Los relleno a través de más consultas de archivo, de visitar también los lugares de la deportación. Ahí empiezo a encontrar testimonios de otras mujeres que coinciden exactamente con la deportación de Marie-Jeanne y me ayudan a reconstruir una historia que ni siquiera la familia sabe, porque ni siquiera la propia Marie-Jeanne lo contó.
Marie-Jeanne Echevarria colaboró con la Resistencia y acabó en Ravensbrück
P.- Nos das a conocer un capítulo de la historia muy poco conocido, que son las mujeres del País Vasco francés que colaboraron con la Resistencia y que ayudaron a la gente a pasar la frontera salvando vidas.
R.- Son mujeres que tienen una actitud extraordinaria ante el tiempo histórico que vivieron. Maddi había sido contrabandista, sabía muy bien cómo moverse por la montaña. En la Guerra española, ella ayuda a la gente que viene de Guipúzcoa y de Navarra a cruzar. Entonces se da cuenta de que tiene una función, que es ayudar a aquellos que están huyendo del fascismo. Marie-Jeanne Echevarria es muy jovencita, entonces tiene 19 años. Y a partir del 41 trabaja con ella en las redes de Resistencia. Pasan papeles, espían; pasan personas, todos los huidos del nazismo que podían ser soldados aliados; pasaban una cantidad de gente tremenda, ayudaban a los más vulnerables y perseguidos.
Sin formar parte de ninguna estructura política de ningún partido, simplemente son mujeres que en el momento deciden poner su vida en peligro porque saben que ahí está el bien, hasta que las detienen. Las detienen dos veces. Una primera vez las detiene la Gestapo, y se salvan, porque alguien que forma parte del ejército alemán las ayuda; pero cuando las detienen una segunda vez no hay vuelta atrás y empieza el proceso de deportación, que es larguísimo; primero las llevan a Hendaya a interrogarlas, con lo que supone un interrogatorio de la Gestapo.
Después las mandan a Burdeos, a Pont du Gard, allí pasan unas seis o siete semanas y desde ahí las deportan en el llamado 'tren fantasma', que es uno de los últimos trenes que atraviesa Francia camino de Alemania. Es una experiencia terrible, y al final llegan, claro, llegan a Dachau, y ahí empieza la segunda parte del tormento. Pasan un par de días y de ahí a Ravensbrück, y de ahí a la fábrica Pertrix, donde son obligadas a construir baterías para el ejército alemán.
Una sobrevive, que es Marie-Jeanne Echevarria, la protagonista de este libro, y la otra muere, que es Maddi, que muere a raíz del trabajo esclavo.

Ravensbrück, el campo de concentración de mujeres y niños
P.- Nos enseñas lo que es Ravensbrück, el campo de concentración de mujeres y niños, que es espeluznante.
R.- Ravensbrück fue un campo creado para mujeres, y en un principio la mayoría de las mujeres eran lo que el aparato nazi llamaba sociales, que podían ser mujeres que habían cometido abortos, prostitutas o mujeres lesbianas, o sea cualquier mujer que ofendía el mandato nazi de cocina, casa y niños. También había disidentes políticas.
Al principio era un campo que debía tener unas condiciones que permitían la vida, pongámoslo así, pero a partir del 42 la cosa cambia tremendamente, hay muchísimas deportadas y a todas las llevan a Ravensbrück. También hay un flujo constante de mujeres que vienen de Auschwitz, también de mujeres judías, que no pasaban mucho tiempo en Ravensbrück porque enseguida se las mandaba a un campo de exterminio, y Ravensbrück también era un centro desde el cual se enviaba a subcampos de trabajo forzado a muchas mujeres.
Entonces era un campo que empezó como de concentración, de trabajo, y que al final acabó siendo también un campo de exterminio. En los últimos días se puso una cámara de gas y hornos crematorios.
P.- Hablas de las violaciones, del cuerpo, las rapadas del pelo con un instrumento atroz , de abusos, de maltratos constantes, de vejaciones. ¿Había muchos niveles de violencia, no?
R.- Todas esas violencias están en torno al cuerpo. La entrada en el campo ya era brutal. Hay que pensar que estas mujeres vienen de una deportación, son deportaciones muy largas. Algunas llegan a Ravensbrück, como decía, de otros campos, algunas de Francia y otros países ocupados, y todas ya llegan en un estado de conmoción y debilidad terrible. Muchas llegan enfermas, Maddi me consta que llega ya enferma al campo con 49 años, y ya las posibilidades de supervivencia son mínimas .
La entrada ya es brutal, porque el examen médico tiene como parte primordial un examen ginecológico que los testimonios describen como algo brutal, una especie de violación con instrumentos. No está destinado a saber si la mujer está sana o no, sino a humillarlas. El rapado del pelo, que es algo que podemos considerar simbólico, es de una violencia tremenda. Usaban un instrumento para esquilar a una oveja. Entonces, no es ya que pierdas el pelo , ese símbolo de la feminidad, es que ese instrumento terrible te puede causar heridas tremendas.
Es toda una violencia física pero también psicológica terrible, que está destinada a humillar a la mujer desde la entrada al campo. Y a partir de ahí ya esa violencia va a ir en ascenso. Cuarentena, en la que las mujeres eran abandonadas en un barracón, no podían tener contacto con el exterior, tenían recuentos interminables, los perros azuzando, las palizas públicas...
"Yo creo que hay gente que sabe que esto pasó y cómo pasó y les da igual"
P.- La personificación del terror. ¿Y cómo te explicas que hoy haya gente que minimice esto o que incluso reivindique dictaduras crueles?
R.- Pues fíjate que yo no sé si es desmemoria. Yo creo que hay gente que sabe que esto pasó y cómo pasó y les da igual.
Por una parte, sí creo que hay ignorancia y desconocimiento, y eso hace que podamos banalizar el horror del pasado y que podamos banalizar ciertos regímenes políticos, autoritarios, fascistas, nazis y pensar: "bueno, lo que pasó no estuvo tan mal porque no sabemos realmente lo que pasó".
Puede haber cierto grado de ignorancia, pero yo creo que también hay gente que piensa que eso no estaba tan mal porque las personas que sufrieron esa represión, las personas que acabaron aquí en cunetas, igual es que se lo merecían por pensar como pensaba y por defender un tipo de sociedad como la que defendían. Entonces, a mí lo que me aterra no es tanto la desmemoria, sino el conocimiento y que haya gente que piense que eso que pasó no está tan mal y que igual no estaría tan mal repetirlo de alguna manera. No de la misma forma, porque estamos en otro contexto histórico, pero igual de otras formas.
"Su visión de la sociedad que querían construir pasaba por eliminar a parte de esa población"
P.- La maldad y la violencia que tú has estudiado durante mucho tiempo.
R.- Sí, la maldad con mayúsculas y con minúsculas; la maldad del ejercicio cotidiano de la violencia, porque, claro, yo me imagino toda esta gente que vivía en los campos y que trabajaba en ellos, la gente que ejercía esa violencia, no eran monstruos. Habría algún psicópata o alguna psicópata, porque esa gente también se nutre de estas situaciones y se crecen, pero mucha gente lo veía como un trabajo ordinario y necesario porque creían que realmente su país, su mundo, su visión de la sociedad que querían construir pasaba por eliminar a parte de esa población, ya fuera por conceptos raciales, como los judíos, o por conceptos políticos, que, a veces se nos olvida la cantidad de disidentes políticos que murieron en los campos de concentración, como el caso de estas mujeres, de las que hablo yo.
Entonces la creación de una sociedad perfecta, según su creencia, pasaba por eliminar. Yo oigo decir ahora: "Rojo muerto, abono de mi huerto", y pienso que esa persona cree que esta sociedad está mejor sin aquellos a los que no consideran.
No sé, no sé lo que va a pasar a partir del 29 de noviembre, esperemos que no, pero podemos vivir en España un retroceso brutal de derechos, para empezar, de derechos para las mujeres, por supuesto, pero incluso un retroceso terrible en conocimiento y en acceso a conocimiento sobre el pasado, que es fundamental para entender nuestro presente y dónde estamos ahora.
Un libro "antifascista y feminista"
P.- Dices que has hecho un libro 'antifascista y feminista'.
R.- Sí, lo digo así muy claramente, porque, además, creo que no podemos andarnos con medias tintas cuando nos estamos jugando tanto. Creo que a las cosas hay que llamarlas por su nombre, me parece muy importante, porque, primero, venimos de una genealogía, tanto el feminismo como el antifascismo, y yo creo que hay que reconocerla, sobre todo con un libro como este, que es un libro histórico, lo que tiene una continuidad en el presente. Y, por otra parte, creo que el antifascismo es una defensa de la democracia. O sea, no se puede ser demócrata y no ser antifascista. Así de simple.
Creo que tenemos que perder el miedo a ciertas palabras, como con el feminismo. Hace años había mujeres a las que les daba miedo decir que eran feministas porque las iban a catalogar de feminazis. Pues esa palabra la hemos reivindicado y la usamos sin ningún tipo de complejo.
Los dos términos los tenemos que llevar con orgullo, decir que somos antifascistas y feministas. Y este es un libro, además, muy para enseñar, siempre veo que este es un libro para las escuelas también, para conocimiento, para hacer pedagogía, para explicar.