Aurelia Navarro

Una mujer observa uno de los cuadros de la pintora de la intimidad Aurelia Navarro Moreno, en la primera exposición monográfica que se le dedica en Córdoba. EFE/Rafa Alcaide

El desnudo de la pintora Aurelia Navarro que le costó su ingreso en un convento

Álvaro Vega | Córdoba - 15 febrero, 2022

El Museo de Bellas Artes de Córdoba rescata del olvido la obra de la pintora de la intimidad Aurelia Navarro Moreno (Pulianas, Granada, 1882-Córdoba, 1968), una joven que ingresó en un convento cuando sus padres no aceptaron que se retratase desnuda.

El museo acoge, hasta el 17 de abril, la primera exposición monográfica que se le dedica en Córdoba, donde estarán expuestas un total de cuarenta obras de las colecciones de la familia de la autora.

Su trabajo «superó el sesgo sexista y el desprecio que la crítica cuando la pintura estaba firmada por una mujer», comentó a EFE su director, José María Domenech.

Poética de la intimidad

Las explicaciones esbozan su historia y se entremezclan con sus obras y alguna fotografía.

En la exposición se muestran «sus diferentes registros plásticos y expresivos que definen la sensibilidad creadora de Aurelia Navarro», apunta Domenech.

«Aurelia Navarro. La poética de la intimidad» presenta uno de los dos desnudos femeninos que la marcaron, ‘Éxtasis’ (1916), que «tras su entrada en el convento les pareció a las hermanas de su congregación poco decoroso, al visitar su casa, y lo mutilaron, solo dejaron el busto de la protagonista, cercenando el resto del cuerpo», narra el responsable del museo.

Se cree, por las características de lo que queda de la pintura, que la obra acentuaba «el erotismo de la representación» y que podría plasmar una situación orgásmica, explica.

Este cuadro fue expuesto en el Centro Artístico de Granada en 1916, siete años antes de ingresar en Madrid en la congregación de las Adoratrices Esclavas del Santísimo Sacramento y la Caridad, en 1923. Pasó al menos también por conventos de Roma (1933) y Córdoba, durante la Guerra Civil (1936-1939) y desde 1964 hasta su fallecimiento.

Un desnudo, su perdición

No está en Córdoba el otro desnudo, el que se expone en la Casa de los Tiros, en Granada, «Desnudo de mujer», propiedad de la Diputación granadina, que lo adquirió en su día por 2.000 pesetas cuando le habría correspondido hacerse con él al Estado al haber obtenido una tercera medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1908.

Se trata de una pintura «más en la línea de Velázquez«, apunta Domenech, y su «Venus del Espejo» y que, en opinión de la profesora titular de Historia del Arte en la Universidad Complutense de Madrid María Dolores Jiménez-Blanco, fue vista como un «peligro de su inminente perdición» por sus padres.

Estos le obligaron a regresar de Madrid a Granada, según escribió en el catálogo de la exposición «Invitadas. Fragmentos sobre mujeres, ideología y artes plásticas en España (1833-1931)» -celebrada hace un año en el Museo del Prado, en el que sí pudo verse «Desnudo de mujer»- un procesó que acabó con la toma de los hábitos.

Feminista antes de tiempo

Durante la inauguración, Fernando Navarro, un otorrinolaringólogo jubilado, dijo en tono informal que su única cualidad para representar a la familia en el acto es ser «el sobrino bisnieto mayor» de Aurelia y recordó cómo jugaba con sus primos debajo de los cuadros en casa de sus abuelos, en la que se conservaban los que se exponen ahora y que ya se exhibieron en el Museo de la Casa de los Tiros.

Su último recuerdo es el de la visita del día de su boda en abril de 1967, según concretó a Efe, de «una monja menudita, con muy mala vista, pero con un sentido de humor y simpatía extraordinarios, hasta el extremo que cogió una flor del ramo de mi mujer y se la puso en la toca».

«Cuando queríamos presumir de ella, alegábamos que el Espasa (una popular enciclopedia del siglo pasado) le dedicaba tres líneas«, indicó.

Quiso destacar también que el libro de la comisaria de la exposición Magdalena Illán sobre la pintora define un aspecto que para él era desconocido: «Mi tía Aurelia había sido una ‘feminista antes de tiempo‘”.

En Granada, se formó con su paisano José Larrocha y con el cordobés Tomás Muñoz Lucena, con quien compartió «interés por la representaciones costumbristas, protagonizados por mujeres populares que miran el mundo con desparpajo, sonrientes y desinhibidas», enfatiza Domenech.

Concluye que “la trayectoria de Aurelia Navarro fue languideciendo en la segunda década del XX, para ser prácticamente abandonada en 1923 cuando ingresó en las Adoratrices, donde su producción creativa se vio radicalmente transformada y, después, la historiografía ensombreció su figura hasta hacerla desaparecer».