virginidad

HERAT (AFGANISTAN), 06/07/09.- Un momento de la boda multitudinaria celebrada en Herat, al oeste de Afganistan, 6 de Juio de 2009, en la que han participado alrededor de 36 parejas afganas. EFE/Jalil Rezayee

La virginidad, un mandato cultural machista que aún se escribe con sangre

Violeta Molina - 15 noviembre, 2018

La virginidad femenina es un mandato cultural machista aún vigente en muchos lugares del mundo que se utiliza para someter a las mujeres, tiene consecuencias nocivas para su salud física y psíquica y en su nombre se cometen atrocidades cuyo exponente más grave son los crímenes de honor.

Todavía para muchos, la pureza, el honor, la honra e incluso el valor de las mujeres viene determinado por que esté intacto su himen, una pequeña membrana de colágeno de unos pocos milímetros cuya función se desconoce y que se retrae de forma gradual con el paso de los años sin necesidad de que se hayan mantenido relaciones sexuales.

«Esa pequeña membrana, que para muchos es una telilla sin importancia, para una mitad del mundo es algo que produce gran sufrimiento e incluso la muerte. (…) La virginidad muchas veces se escribe con sangre, simbólica pero también palpable», explica la ginecóloga experta en derechos sexuales Isabel Serrano, integrante de la Federación de Planificación Familiar.

Históricamente, el mandato de la virginidad ha sido un mecanismo de control androcéntrico del cuerpo de la mujer, pero aún hoy se utiliza para discriminarlas, someterlas y hacerlas sufrir, incluso en Occidente.

La doctora en Filosofía y experta en Estudios de las Mujeres de la Universidad de Burgos María Isabel Menéndez denuncia que la honra femenina sigue ligada a la sexualidad y que incluso el lenguaje lo evidencia.

Por ejemplo, la expresión «perder la virginidad» para describir la primera relación sexual incide en un rol pasivo de las mujeres en el sexo y la reconstrucción del himen se defiende como «la recuperación de la dignidad perdida».

Con mayor o menor intensidad, es un mandato general masculino que se aplica en todo el mundo y socava los derechos sexuales y reproductivos y la integridad de las mujeres, que son las únicas cuestionadas por su actividad sexual o ausencia de ella.

El test de virginidad

El crimen de honor es la mayor atrocidad que se comete al poner en tela de juicio la virginidad de la mujer, una práctica que también tiene como consecuencia suicidios, abandonos, violaciones, agresiones y contagio de enfermedades sexuales.

El test de virginidad para comprobar el estado del himen de la mujer es frecuente en Afganistán, Bangladesh, Egipto, India, Palestina, Sudáfrica, Uganda, Sri Lanka e incluso en España, entre la etnia gitana.

La doctora Serrano insiste en que no hay forma de demostrar mediante el himen si una mujer ha tenido o no relaciones sexuales previas y critica que esta práctica perpetúa mitos que perjudican y discriminan a las mujeres y tiene consecuencias para su salud en muchas partes del mundo.

En primer lugar, la inmensa mayoría de estos exámenes se hace en contra de la voluntad de las mujeres, lo que supone una agresión sexual.

«En los países con test de virginidad se favorece la declaración pública de la sexualidad de la mujer, lo que conlleva un mayor riesgo de contraer el sida (por incremento del coito anal) y de padecer violaciones y abusos», explica la experta, quien alerta de que siempre que se exagera un atributo físico de la mujer se la expone a sufrir mayor violencia.

No tan lejos, aquí mismo, se realizan exámenes de virginidad. Incluso los estudios forenses a las víctimas de violencia sexual detallan si ésta es virgen o no, algo que Serrano pide que acabe.

En Marruecos, detalla la profesora de la Universidad Hassan II de Casablanca Soumaya Naamane Guessous, aunque cada vez la mujer tiene mayor control sobre su cuerpo, la virginidad sigue siendo el principal valor en su educación y sufren mucha presión familiar por ello, mientras que en los varones es la virilidad: las no vírgenes «no tienen valor para el matrimonio».

Y en la noche de bodas se dan situaciones como que la familia espere en la puerta de la habitación de los recién casados a que el hombre dé muestras de que ha desvirgado a la esposa, lo que lleva a algunos hombres a realizar un acto sexual violento con el objetivo de que la mujer sangre.

Las expertas lamentan que las mujeres tengan que recurrir a una reconstrucción del himen o a un producto vaginal para simular el sangrado como forma de salvar su vida o su integridad física y psicológica.

Aquí la situación no es tan extrema, pero el mandato de la virginidad aún pesa en la interiorización desigual de la sexualidad.

La experta en educación sexual Charo Altable sostiene que las chicas se ven sometidas a presiones contradictorias: por un lado, a tener relaciones sexuales pronto y a la vez, son rechazadas después de tenerlas en una encrucijada que llama «virgen-puta».

Y Menéndez acusa a la industria de la pornografía de idealizar la virginidad y denuncia que haya quien la ponga a la venta y quien la compre; incluso hubo en Oceanía un programa de telerrealidad en el que una chica subastaba su virginidad.

«Una sociedad que compra la virginidad de las niñas necesita reflexionar», asevera Menéndez.