• Varios miembros de la tripulación del "Mistral" durante una escala en Almería. Foto: Rafael Cañas/EFE

  • El "Mistral" antes de zarpar de su base en Cartagena. Foto: Rafael Cañas/EFE

  • De izq. a dcha.La sargento Sol Lirola, la sargento primero Paula Osorio y la cabo primero Cynthia Fernández en un momento de la travesía.Foto: Rafael Cañas/EFE

  • La sargento primero Paula Osorio durante su turno de guardia en la central de mando. Foto: Rafael Cañas/EFE

  • La sargento electromecánica María Pérez, durante una comida con un grupo de suboficiales. Foto: Rafael Cañas/EFE

  • Zona de literas de la proa del "Mistral", en la sala de torpedos. Foto: Rafael Cañas/EFE

  • Paula Osorio y Cynthia Fernández en la central de mando. Foto: Rafael Cañas/EFE

  • Cynthia Fernández en el timón del "Mistral". Foto: Rafael Cañas/EFE

  • Un delfín juguetea con el "Mistral" durante su travesía por el Estrecho de Gibraltar. Foto: Rafael Cañas/EFE

  • La sargento Magaly Vélez en la sala de control de máquinas. Foto: Rafael Cañas/EFE

  • La marinero Raquel Sosa en la central de mando.Foto: Rafael Cañas/EFE

  • Sol Lirola junto al sargento Alejandro Getino en el puesto de sónar e hidrófonos.Foto: Rafael Cañas/EFE

  • María Pérez con un grupo de compañeros en un momento de descanso. Foto: Rafael Cañas/EFE

  • Cynthia Fernández en la central de mando.Foto: Rafael Cañas/EFE

  • Paula Osorio, subiendo por la escotilla del "Mistral".Foto: Rafael Cañas/EFE

  • El "Mistral" durante su navegación.Foto: Rafael Cañas/EFE

  • La marinero Raquel Sosa junto con sus compañeros de la guardia.Foto: Rafael Cañas/EFE

Los submarinos, el último reto en la integración de las militares

Rafael Cañas | Golfo de Cádiz - 4 noviembre, 2019

El arma submarina ha sido una de las últimas fronteras que han traspasado las mujeres militares en España, cuya presencia aumenta poco a poco en un medio tan duro y complicado como son los sumergibles.

Se trata de un destino al que solo se llega de forma voluntaria, debido a que es muy exigente, sobre todo en el plano psicológico: largas travesías de hasta un mes con las tripulaciones conviviendo en un espacio muy reducido, la mayor parte del tiempo sumergidos y sin ver luz natural, sin apenas noticias del mundo exterior ni de la familia. 

A pesar de todo esto, cada vez más mujeres se ofrecen voluntarias para este destino militar, en el que se requiere pasar un estricto examen de aptitud psicológica, debido a que se trata de un espacio de élite entre las Fuerzas Armadas para el que no todo el mundo vale.

«Me gusta mi trabajo. Me siento bien», destaca pese a todo y sin dudarlo la sargento electricista Magaly Vélez, con trece años en la Armada pero solo siete meses en submarinos.

La cabo primero Cynthia Fernández es torpedista: «Para mi es un orgullo, y más siendo mujer. Es un puesto importante», afirma. También cubre otros puestos especializados como sónar o crónica de navegación.

Ambas son tribuplantes del submarino «Mistral», en el que Efe navegó durante casi una semana con motivo de la celebración de los ejercicios navales de la OTAN «Dynamic Mariner 19», y cuya dotación oficial es de ocho mujeres. 

Seis de ellas estaban en la tripulación del “Mistral” durante los recientes ejercicios navales de la OTAN “Dynamic Mariner 19”, que se desarrollaron recientemente en aguas del Golfo de Cádiz. EFE convivió con la tripulación durante una semana, en la que presenció de primera mano la integración y el trabajo de las submarinistas.  

La incorporación de la mujer a las Fuerzas Armadas españolas comenzó en 1988, primero de forma tímida en cuerpos complementarios (medicina, jurídico…) y posteriormente en unidades de combate. El proceso se realizó sin grandes complicaciones desde el punto de vista práctico en la mayoría de armas y cuerpos militares, en general con algunos cambios en cuarteles y barcos de superficie para crear dormitorios, vestuarios y aseos separados.

En cambio, en los sumergibles eso es totalmente imposible debido a la falta de espacio. La dotación de entre 60 y 70 tripulantes (la cifra varía en función de la misión) tiene que convivir en apenas 100 metros cuadrados habitables.

Finalmente, en marzo de 2000 las primeras cinco mujeres entraron en el curso de especialización de la Escuela de Submarinos en Cartagena, con lo que se rompió la última barrera en la incorporación de la mujer a todas las unidades militares españolas. Actualmente hay 35 mujeres entre un total de 333 tripulantes en la flotilla de tres sumergibles que tiene la Armada, según datos oficiales.

Se trata de un 10,5 % del total, ligeramente inferior al 12,7 % que suponen las mujeres en el conjunto de los efectivos militares españoles (cifra de 2018).

Eso sí, a bordo de un submarino no hay separaciones de ningún tipo. 

Condiciones difíciles compartidas por todos

Las mujeres submarinistas conviven en las mismas condiciones que el resto de la dotación, comandante incluido. Todos, hasta 60 personas dependiendo de las misiones, se ven obligados a compartir una ducha, cuyo uso está racionado cada tres días, un lavabo y dos retretes.

Excepto el minúsculo camarote del comandante, hay dormitorios colectivos para oficiales y suboficiales, además de las literas de la sala de torpedos, en proa, donde coinciden todas las clases.

No hay espacio para separaciones por sexos. Hombres y mujeres del mismo rango duermen mezclados en literas muy próximas. Todas y todos coinciden en que siempre con respeto profesional.

Al fin y al cabo, la persona que está al lado (sea cual sea su género) es un técnico cualificado que se gana el respeto de sus pares cumpliendo su cometido y, muy importante en submarinos, con su compañerismo.

Aislamiento y desconexión de la familia

«No me siento nada rara estando aquí, porque se hace un ambiente muy familiar», explica Fernández.

Los problemas que afectan a las tripulantes son los mismos que a sus compañeros masculinos durante las largas travesías de casi un mes bajo el agua: aislamiento y desconexión de la familia, sobre todo de parejas e hijos, posibles problemas domésticos, enfermedades, ausencias en fechas especiales…

El único espacio de auténtica intimidad es la litera, separada del exterior por una pequeña cortinilla. Con frecuencia apenas hay veinte centímetros entre la cara y la litera superior o el techo.

«No creo que se pueda cambiar nada. Aquí el trato es muy bueno… creo que no hay nada que se pueda mejorar. Estamos dentro de las posibilidades que permite el submarino y estamos muy bien», explica Cynthia Fernández.

Y recalca: «aquí el que viene tiene que ser porque quiera y porque quiere estar en un submarino. Si no, sería imposible llevar la vida a bordo».

¿Y por qué solicitan las mujeres entrar en este mundo? «Llevo muchos años ya en Marina (18), he pasado por todos los destinos que me permite mi especialidad, y submarinos era el único que me faltaba. Y tenía ya muchas ganas de probar, y una vez que he venido ya no me quiero ir», detalla Fernández.

La integración de una mujer en este medio ambiente tan particular «es más fácil de lo que parece», explica la suboficial Paula Osorio, que lleva 16 años en la Marina y casi cinco destinada en este submarino.

Especializada en armas submarinas (torpedos y minas), trabajar en sumergibles era para ella prácticamente la única opción de seguir desarrollando esta profesión tan especial, en la que también apoya en otras tareas como la mesa trazadora.

Opción para conciliar

Osorio, nacida en Sao Paulo (Brasil) de madre española y llegada a España a los 18 años, está casada con otro submarinista del «Mistral».

Para poder conciliar la vida familiar (tienen una hija de 14 años y un hijo de 6), tienen autorizado alternarse en las navegaciones: mientras uno está embarcado el otro trabaja en oficinas en la base naval de Cartagena y se ocupa de los niños. 

Paula Osorio vivirá esta semana uno de los grandes inconvenientes de esta profesión: el próximo viernes será el cumpleaños de su hijo. La familia ya lo celebró por adelantado el fin de semana previo. 

«La verdad es que yo me siento como un compañero más. No noto la diferencia de que seamos hombres o mujeres aquí dentro», explica.

Otra tripulante del «Mistral» es la sargento primera Sol Lirola, nacida en Argentina de abuelos españoles, y a la que también le atacó el virus de la vida naval, en la que lleva desde 2008, los últimos tres en submarinos. En cambio, sus dos hermanos acabaron en el Ejército.

Solicitó ir a submarinos para poder vivir con su marido, también submarinista. Algo parecido le ocurrió a Vélez, nacida en Ecuador, cuya pareja también es marino, aunque de un buque de superficie, en la misma base de Cartagena.

Para todas, los vínculos que se forman con los compañeros en las largas navegaciones bajo el agua, con poco espacio y luz, son mucho más importantes que las mejores condiciones de los buques de superficie.

Lirola destaca que además en las unidades de superficie «hay mucha más distancia» entre los oficiales y las demás clases de tropa que en los sumergibles, donde el trato con los superiores es muy cercano.

La primera oficial submarinista

La presencia femenina en el arma submarina dará un simbólico salto adelante en julio de 2020, cuando está previsto que se gradúe la primera oficial de la Escuela de Submarinos de Cartagena.

Sol Lirola considera que es una constatación de que el progresivo aumento de la presencia de las mujeres «se va extendiendo a los niveles más altos» de las escalas de mando.

Por ejemplo, en julio pasado recibió el distintivo del cargo la primera general de las Fuerzas Armadas españolas, Patricia Ortega, del Ejército de Tierra.

La admisión en la Escuela de Submarinos depende de la nota de graduación de la Academia de Marina, y ninguna mujer que deseara la especialidad hasta ahora había superado ese listón. «Si queremos a los mejores, no se pueden reservar puestos solo para mujeres», recalca Lirola.

«Si estás aquí es que vales para estar aquí»

Para Paula Osorio, la nueva oficial «será una compañera más». Todas coinciden en que la próxima oficial será en un submarino, ante todo, eso: una profesional que tendrá que ejercer el mando antes que una mujer.

«Como en todo, la mujer tiene que seguir creciendo y seguir ocupando los puestos que puedan ocupar hombres. Aquí esperamos a todas las mujeres con los brazos abiertos», sentencia Cynthia Fernández.

El cierre lo pone el teniente de navío Francisco Barrios, oficial técnico responsable del sistema eléctrico del “Mistral”, para quien ser submarinista en España no es una cuestión de género sino de valía profesional: “Si estás aquí, es que vales para estar aquí”.