Ataques ácido México

Elisa Xolalpa, mujer sobreviviente de ataque con ácido por su entonces pareja, es vista durante una entrevista con Efe en Ciudad de México (México). EFE/Sáshenka Gutiérrez

Sobrevivientes de ataques con ácido no encuentran justicia en México

Cristina Sánchez | Ciudad de México - 3 agosto, 2022

Sobrevivir a un ataque de ácido, un tipo de violencia de género que se acrecienta en México, no es fácil, pues víctimas como Elisa Xolalpa, una mujer agredida hace más de 20 años por su entonces pareja, suelen ser minimizadas por el sistema de justicia, sus agresores raras veces van a la cárcel y el Estado, dice, las olvida.

«El Estado no nos da la justicia que merecemos», expresa Elisa en una entrevista con Efe.

Las lágrimas recorren la lastimada piel de sus mejillas mientras rememora el ataque del que hace más de dos décadas, cuando ella tenía apenas 18 años, fue víctima.

«Hace 20 años estuve en una relación sentimental con mi pareja de nombre Javier Edilberto, con quien procreo un hijo», dice.

Al querer dejar la relación violenta, Javier Edilberto la secuestró, la llevó a un terreno desolado en el pueblo de San Luis Tlaxialtemalco, zona chinampera de Xochimilco, en Ciudad de México, e intentó matarla: la golpeó, la amarró a un poste para torturarla y le roció un garrafón con ácido que quemó el 40 % de su cuerpo.

«Cuando pude desatarme, debido a que las cuerdas se habían quemado, comencé a correr. Él iba atrás de mí diciendo que iba a arrojar mi cuerpo al canal y que nunca nadie más iba a encontrarme», narra con la voz entrecortada.

Tras encontrar ayuda en una casa cercana, Elisa fue llevada al hospital 20 de Noviembre, el único que contaba con un protocolo para atender este tipo de emergencias, mientras su agresor escapaba.

Ataques con ácido y la carga simbólica

En México no hay cifras oficiales, pero la Fundación Carmen Sánchez ha registrado 28 víctimas de ataques con ácido en las últimas dos décadas.

Acid Survivors Trust International (ASTI), organización especializada que trabaja con Naciones Unidas, calcula que al año se producen al menos 1.500 agresiones de este tipo en el mundo, más del 80 % a mujeres y cada vez hay más casos en América Latina.

Apenas el pasado martes, Luz Raquel Padilla murió luego de que su vecino la quemara viva en un parque del municipio de Zapopan, en la zona metropolitana de Guadalajara, la tercera ciudad más poblada de México, pues de acuerdo con las versiones, al sujeto le molestaban los ruidos que hacía su hijo cuando sufría crisis por su autismo.

«Han aumentado estos casos respecto a la violencia de género, como un intento feminicida, incluso tratando de provocar una desfiguración», explica Jade Linda Castellanos Castro, especialista de la clínica dermatológica PielClinic.

Estos ataques, afirma, tienen una «altísima carga simbólica» pues pretenden marcar a la mujer de por vida, dejar el rostro desfigurado, una huella imborrable y dramática.

«Las afectadas son mujeres jóvenes que son hermosas a las que les cambia la vida y la manera en la que ellas mismas se ven», asegura.

Sin embargo, lamenta que hasta ahora no se considere como un delito. «Es necesario hacer un llamado a nuestras autoridades para tipificar esto como un delito, porque esto todavía no se logra», enfatiza.

Sin justicia en México

Cuando el ataque de Elisa ocurrió, en 2001, ella denunció la agresión, pero su carpeta de investigación se extravió y aunque durante varios años estuvo indagando ninguna institución le dio respuesta sobre la investigación.

«Fue cuando decidí ya no buscar, ya no saber más, porque aparte este sujeto ya se había ido, o yo creí que jamás iba a regresar y pues así fue durante 19 años. Y él al final, en el mes de agosto del 2019 regresa. Y me busca y me empieza a agredir nuevamente, me empieza a violentar», lamenta.

Elisa volvió a interponer una denuncia. En febrero de 2021, Javier Edilberto fue detenido y en diciembre fue declarado culpable, pero no por intento de feminicidio, sino por violencia familiar, por lo que fue sentenciado a cinco años de prisión con la posibilidad de llevar el proceso en libertad si pagaba 30.000 pesos (casi 1.500 dólares).

Tras apelar la sentencia, Elisa, junto con colectivas feministas de las que se apoyó, logró que la pena ascendiera a siete años, pero todavía espera que se reponga el proceso de 2001, que se juzgue a su expareja por intento de feminicidio y que haya justicia.

«Hay que estarla buscando (la justicia), hay que estar insistiendo, parece que estos procesos jurídicos más que acercarnos a la justicia nos acercan a que desistamos”» insiste.

Considera que es necesario sentar precedentes, garantías de no repetición «y que estos agresores tengan una condena justa”.

Actualmente Elisa sigue recuperándose de la revictimización que padeció dentro de su comunidad y de sus heridas. Acaba de iniciar un tratamiento dermatológico que, aunque es doloroso, busca desvanecer paulatinamente las marcas en su piel.

«No voy a ser la misma, (…) nuestros cuerpos no van a ser los mismos, pero (los tratamientos) buscan (darnos) una calidad de vida diferente», expresa.

Y aunque muchos consideran que es una mujer valiente, ella dice que preferiría no serlo. «A veces no quisiera ser valiente quisiera ser nada más Elisa», concluye.