Azahara Palomeque feminismo

'Pueblo blanco azul', un libro sobre la memoria, el duelo y el lenguaje, es la nueva novela de la escritora y periodista Azahara Palomeque. EFE/ Pilar Mayorgas

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Azahara Palomeque: Algunos hombres no se dan cuenta de que el feminismo puede darles un mundo mejor

Carmen Sigüenza | Madrid - 4 mayo, 2026

Lenguaje, memoria y duelo se dan la mano en Pueblo blanco azul, la nueva novela de la escritora y periodista Azahara Palomeque (El Sur, 1986), un libro que ha cautivado a lectores y críticos y que nada más publicarse va ya por la segunda edición. "Un proyecto político y estético", como explica su autora a Efeminista, que tiene la palabra como fuente de placer y gozo.

Y es que la nueva novela de Palomeque, editada por Cabaret Voltaire, que tiene muchas capas, narra la historia de Elaia, una joven que, tras irse a Estados Unidos con una beca y pasar más de diez años, regresa al pueblo de sus orígenes para escribir una novela que cuente la historia de su familia, un friso de vidas marcadas por la guerra, la dictadura, la situación de las mujeres,  las fosas comunes o las dificultades del campo andaluz, entre ellas, la falta de agua.

Con tintes de Pedro Páramo, de Rulfo, cuyo aroma también rezuma en las páginas del libro, la historia se desarrolla en 'Villasueño de las Flores Secas', nombre ficticio del pueblo natal de la autora, Castro del Río, en Córdoba.

Ritualizar la pérdida

Esta protagonista, que emigró y asume mucha de la vida de la propia autora, no pudo despedirse de sus abuelos cuando murieron, y realiza aquí esta composición literaria "por la necesidad de ritualizar la pérdida".

"No poder ir a sus entierros me pesó como una losa, porque al no haber ritualizado la pérdida era como si siguieran vivos", reconoce la autora.

Así es que Palomeque imagina sus vidas y su final cuando ella retorna como emigrante y recompone las piezas de este puzle de la memoria para cerrar la herida en un juego metaliterario, con una protagonista intentando escribir su propia novela.

"Es un libro que nace de la necesidad de ritualizar la pérdida a través del poder sanador de las palabras, y hay una creencia en que las palabras y la literatura pueden ayudarnos a curar heridas y construirnos como personas. Aquí existe un trabajo con el lenguaje, que cada vez está más desgastado y desdeñado y reducido a su mínima expresión", precisa la autora.

El otro día hablaba con unos jóvenes —relata la autora— y me decía una chica que no leía y yo pensaba que a muchas personas les han robado la posibilidad de ese placer, al margen de todo lo que se puede aprender,  que es mucho, que te da pues un andamiaje mental para enfrentarte al mundo".

"Creo que el mundo de las pantallas —continúa—, de toda esta locura digital, nos roba las posibilidades de una belleza que antes estaba bastante más democratizada, porque ahora apenas hay referentes en la literatura contemporánea de esta manera de crear; quizá más en la literatura latinoamericana, pero creo que la española no tanto", sostiene.

La vida de las mujeres durante el franquismo

En el libro, la autora del ensayo Vivir peor que nuestros padres o de la novela Huracán de negras palomas, también habla de las fosas, como memoria oculta de la infamia, de los muertos, de la "nostalgia restauradora" y de las mujeres víctimas del franquismo.

"Quería hablar de las mujeres y creo que he hecho un ejercicio de empatía y de trabajo de archivo, y quería hablar no solo de la pérdida de derechos, sino de cómo cambia la vida cotidiana cuando tu no tienes esos derechos  disponibles y tienes que estar siempre a la defensiva por  las masculinidades que tienes alrededor, el marido, el hermano o el padre autoritario que se creía el caudillo de su casa", dice.

"Creo que quizás se nos ha olvidado un  poco la realidad cotidiana de esas vidas femeninas que podían ser muy luchadoras y en unas circunstancias muy adversas. Pero bueno, eso es lo que nos ha rodeado a toda la  sociedad y todavía lo que colea, porque esas costumbres, esas formas y ese caudillaje de cada hombre en su casa impregnó", añade.

"No se dan cuenta de que el feminismo puede darles un mundo mejor"

"Incluso, por ejemplo, Antonio, mi abuelo,  que no tenía esa masculinidad, digamos, desbordada ni agresiva ni nada, —porque todo el mundo coincide conmigo en las entrevistas que he hecho en señalar  su generosidad y su bondad—,  pues al final  el también tuvo que adaptarse a esa masculinidad tóxica y autoritaria, patriarcal, porque si no como que te quedas fuera de juego y pareces un 'calzonazos'".

"También había una presión por los hombres que no querían ser esos hombres y que al final tenían que  adoptar el único rol que estaba disponible para ellos.  Y no se dan cuenta de que el feminismo puede darles un mundo  mejor, no tan sometido a sus propios roles.  Es que puedes liberar también a los hombres de esa agresividad constante, de esa hegemonía, de esa dominación. Les puedes permitir ser sensibles, ser amables,  ser generosos. Yo creo que para algunos hombres el feminismo ha sido liberador, pero debería ser para todos, claro ", recalca.

La locura es otro de los muchos temas que trata Palomeque, y lo hace a través del personaje basado en  su bisabuela Rosario, "en una época en que la falta de salud mental no significaba nada más que marginación y discriminación, porque desde luego nunca hubo un tratamiento como enfermedad curable".

Lenguaje poético y lenguaje popular y oral de los pueblos

En el libro el lenguaje oral de los pueblos de Córdoba se mezcla con el lenguaje poético, con el lenguaje culto y con la copla, una música muy importante para las mujeres de esa generación, el cancionero popular.

"Yo empecé una exploración del lenguaje oral de los pueblos de Córdoba, en concreto del mío, de Castro del Río, que tiene que ver mucho con la memoria infantil, con palabras y expresiones que ya conocía, pero tiene que ver también con una búsqueda a lo largo del tiempo, porque las palabras han cambiado mucho.

Aquí hay un trabajo de archivo a través de la música, sobre todo a través de la copla, que era muy importante para las mujeres de mi generación. Para mi madre también lo ha sido y para mí".

"He querido que tuviese poesía y una riqueza, pero sin perder de vista el hecho de que los personajes son analfabetos,  no tienen una educación universitaria. Entonces, la manera de hacer eso es fijarse en lo oral, en la poesía que hay en las calles y en el mundo diario, en los mercados, en las casas, permitiéndome la licencia de que haya una trayectoria más culta, más letrada, entonces ahí sí que puede haber un registro un poco más elevado".

"Me gusta mucho, la frase no es mía, me la dijo una amiga mía que me presentó en Cáceres, Carmen Hernández Urbano, que me dijo: 'Has puesto un acervo cultural amplísimo al servicio de los más humildes'", concluye la autora.