Peio H. Riaño cuestiona en «Las invisibles» el «canon patriarcal» del Museo del Prado

Carmen Sigüenza | Madrid - 1 mayo, 2020

Para el periodista e historiador de arte Peio H. Riaño, el Museo del Prado es como su casa, un templo del arte que ama y conoce muy bien. Por eso se permite juzgarlo también con ojos críticos. De ahí su libro «Las invisibles. Por qué el Museo del Prado ignora a las mujeres» (Capitán Swing), que se publicó cuando estalló la pandemia del coronavirus y cuya presentación ha sido pospuesta. A partir del 4 de mayo, con la reapertura de las librerías, estará a disposición de todos los amantes del arte.

En el libro, Riaño (Madrid, 1975), que se caracteriza por ver la vida con gafas moradas, realiza una investigación del Museo y sus cuadros con perspectiva de género, cuestiona su canon patriarcal y propone otra lectura con mirada del siglo XXI y no del XIX. Hay que tener en cuenta también que en el Museo del Prado solo cuelgan 11 pinturas de mujeres artistas entre más de 1.700 obras expuestas. Existen 6.556 cuadros pintados por hombres y 55 por mujeres.  En sus 200 años de historia, la primera exposición dedicada a una mujer fue a la artista Clara Peeters (Amberes, 1594-La Haya, 1657) en 2017.  Después, en 2019, la seguirían dos pioneras, Sofonisba Anguissola (1535-1625)  y Lavinia Fontana (1552-1625).

El Prado debe construir un relato con mirada del siglo XXI

También por la COVID-19, que ha llevado al cierre de los Museos, se ha pospuesto la gran exposición de la temporada que llevaba preparando la pinacoteca durante mucho tiempo y que iba a  medir el peso de las mujeres con el título de «Invitadas. Fragmentos sobre mujeres, ideología y artes plásticas en España (1833-1931).

Una exposición que, según el escritor explica a Efeminista, es una mirada autocrítica a la figura del museo en el tratamiento de la mujer en el siglo XIX,  «pero cuando esta exposición se inaugure y acabe, el relato permanente va a seguir estando ahí», añade.

Dicho esto, para Riaño, el Prado y el resto de los museos deberían construir nuevas gramáticas para la nueva sociedad, «ya que un museo es una elaboración cultural que legitima un  pensamiento de género (y de raza y de clase)  y otorga un origen natural a algo que no lo tiene: la dominación de un sexo sobre otro».  El autor de «Las invisibles» aboga por que el Prado construya un relato propio con mirada del siglo XXI, y de ahí que se contextualicen y se cambien las cartelas que acompañan a los cuadros «para que incluyan descripciones sin eufemismos o tergiversaciones. Si hay una violación es una violación, no mujeres raptadas o mancilladas. Se debe contextualizar», pide el autor.

El problema, explica Riaño, es que ahora mismo el museo está contando o dando a probar el plato que crearon los historiadores del arte del siglo XIX. Y se sigue justificando en una ideología que fue destructora y de exclusión para la mujer y no se ha rectificado.

Comisión de investigación que revise los textos

«¿Cuánto más tenemos que esperar para que el Museo del Prado establezca una comisión de revisión de todos los textos, de todo el relato, de toda la narración con la que se quiere relacionar con su comunidad? ¿Va a esperar a que sea la sociedad la que le diga: ‘estás haciéndolo mal. Estás excluyendo a las mujeres continuamente, te mantienes en esta política, no estás reaccionando’? ¿Eso es lo que realmente quiere el Museo del Prado? Yo no es lo que espero de él. Yo del museo que me representa, que nos representa a todas las españolas, es precisamente que dé un paso adelante por ellas, que las incluya, empezando por la revisión de cómo comunica su patrimonio».

No se trata de alterar el patrimonio, de apartar cuadros…

«No se trata de alterar el patrimonio, de apartar cuadros -precisa-, se trata contextualizar y confrontar lo que se dice. Se trata de que la gente joven también sepa, hoy por hoy, qué es lo que pasó, qué es lo que hay.  Por ejemplo, la palabra violación, el Prado la ignora en castellano».

El Prado la ignora en castellano, no en inglés. Los extranjeros que vienen a España pueden entender los cuadros desde una perspectiva de género contemporánea, porque sí se les dice «rape» (violación). Sin embargo, a los visitantes, a las ciudadanas y ciudadanos españoles que protegen, que admiran, que veneran, que pagan y que mantienen el Museo, el aparato museístico del Prado y del resto de museos nacionales públicos no ven esos términos.

 «En el Prado está prohibida la palabra violación»

«En el Prado está prohibida la palabra violación. No aparece en ningún sitio, aparecen eufemismos como en ‘Diana y las ninfas’ ‘sorprendidas’ por los sátiros, cuando están siendo violadas. Se dice de las hijas del Cid que fueron ‘maltratadas’, pero yo creo que tenemos que entender que fueron violadas por sus maridos. En el siglo XXI es un maltrato, un maltrato de género, y yo propongo que se hable de violación. En el caso de «El Rapto de las hijas de Leucipo» es exactamente lo mismo.

Hay tres ejemplos terribles que además son relatados desde la indiferencia hacia las víctimas de violación, lo cual es insostenible a día de hoy. El Prado no se puede estar dirigiendo a la mitad de la población, a la mayoría de sus visitantes, que son las mujeres, en estos términos.

Esto no se puede consentir, porque un museo vive con sus tiempos, porque un museo evoluciona. Un museo no es de hierro, no es un robot que se relató en el XIX y cuyo relato se mantiene en nuestros días. Hoy no se puede consentir esa interpretación, interpretación de unos hechos mitológicos, artísticos, ficción.  El problema no es que sea una ficción, el problema es cómo cuentas la ficción.

Cambiar los modos de mirar

En esta misma linea el periodista e historiador escribe en su libro: «Revisar no es destruir ni degradar las obras nacidas al calor de aquella imaginación atroz que temía la liberación de las mujeres. No se trata de desterrar cuadros, sino de aprovechar esas visiones para señalar lo que de ninguna manera podemos volver a permitirnos».

«El Museo del presente y  del futuro debería ser el lugar desde el que construir las gramáticas para la nueva sociedad. Porque imaginar la transformación de las pautas neoliberales -con márgenes para la imaginación bajo mínimos- necesita de espacios como los del museo, donde pensar imaginarios colectivos a partir del encuentro de artistas, activistas, críticos y público».

Esa es la tarea más revolucionaria del Museo contemporáneo, cambiar los modos de mirar y los marcos de representación que nos enseñan a distinguir lo normal y lo patológico. Cambiar también lo que ha legitimado el estigma de la diferencia, que hace que unos cuerpos sean sujetos de representación y otros de ocultación», concluye el autor.