mutilación genital femenina Etiopía

Shishig, de 34 años, se negó a permitir que su hija Eman, de 14, fuera sometida a

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El "no" que cambia vidas: madres y padres frente a la mutilación genital femenina en Etiopía

Laura de Grado Alonso | Madrid - 6 febrero, 2026

Decir "no" puede ser un gesto mínimo y casi invisible, pero en la región de Afar, en Etiopía, madres y padres están cambiando la vida de sus hijas al negarse a que les practiquen la mutilación genital femenina (MGF), una forma de violencia contra las mujeres sostenida durante generaciones por creencias culturales, presión social y miedo a la exclusión, y que aún afecta a más de 230 millones de niñas y mujeres en todo el mundo.

Con motivo del Día Mundial contra la Mutilación Genital Femenina, que se conmemora cada 6 de febrero, un fotorreportaje de la ONG Plan Internacional retrata a esas familias y documenta cómo sus decisiones, tomadas en el ámbito privado, están abriendo espacios de protección y libertad para las niñas y mujeres del país.

"Yo sabía que (la MGF) puede hacer que las niñas se desangren hasta morir y que tiene consecuencias para toda la vida. Las mujeres tienen problemas durante la menstruación, dificultad para orinar y un alto riesgo de infecciones. Es extremadamente peligroso. Por eso decidí proteger a mi hija", cuenta Shishig, de 34 años, que se negó que su hija Eman, de 14, fuera sometida a esta práctica.

Más de 230 millones de mujeres y niñas han sobrevivido a la MGF en todo el mundo y viven con sus consecuencias físicas y psicológicas, según los últimos datos de Unicef, de 2024. Esta cifra supone un incremento del 15 % respecto a hace ocho años, lo que equivale a 30 millones más. Se estima que 144 millones de ellas viven en África, 80 millones en Asia y 6 millones en Oriente Medio.

Cada año, alrededor de 4,3 millones de niñas corren el riesgo de ser sometidas a esta práctica, que en la mayoría de los países se realiza antes de los cinco años de edad.

¿Qué es la mutilación genital femenina?

La mutilación genital femenina es una forma de violencia que viola los derechos de mujeres y niñas que comprende todos los procedimientos que implican la extirpación parcial o total de los genitales externos femeninos por razones no médicas.

Esta práctica provoca graves consecuencias para la salud, como dolor intenso, hemorragias, infecciones, infertilidad y complicaciones durante el embarazo y el parto, que pueden poner en riesgo la vida. Además, muchas supervivientes sufren estrés postraumático, ansiedad y depresión, así como un mayor riesgo de mortalidad materna e infantil.

Retratos familiares contra la MGF

Las imágenes de Plan Internacional, tomadas por la fotógrafa Mona van den Berg, documentan una transformación silenciosa: la de familias que han decidido proteger a sus hijas en comunidades donde la mutilación genital femenina ha sido una norma social durante generaciones.

En Etiopía, país donde se ha realizado este fotorreportaje, la prevalencia nacional de la mutilación genital femenina es del 65 %, según Unicef.

Entre las adolescentes de 15 a 19 años, el porcentaje de quienes han sufrido la MGF ha descendido del 77 % de hace tres décadas al 47 % actual (2024), una evolución que refleja avances importantes, aunque todavía insuficientes para erradicar la práctica.

A través de escenas cotidianas, como el espacio doméstico, la vida comunitaria, la relación entre madres, padres e hijas, este fotorreportaje muestra cómo el rechazo a la MGF comienza, en muchos casos, con una decisión tomada en privado, pero con un impacto que trasciende el ámbito familiar y abre el camino al cambio social.

Hayat, de 14 años, fotografiada junto a su madre Birtukan, de 38

Hayat, de 14 años, fotografiada junto a su madre Birtukan, de 38, se siente aliviada por no haber sido mutilada. Foto cedida por Plan Internacional/ ©Mona van den Berg

"Me siento aliviada por haberme librado de la mutilación genital femenina, porque podría haber sangrado mucho. También existe el riesgo de VIH/sida y el riesgo de fístula al dar a luz debido al corte", explica Hayat, de 14 años.

Su madre, Birtukan, de 38 años, afirma que las niñas deberían poder crecer sanas: "Cuando estaba embarazada, antes de dar a luz, me sentí presionada para que mutilaran a mi hija. Escuché que la circuncisión es perjudicial para las mujeres por las enfermedades y por muchas consecuencias que vienen después. He aprendido mucho al respecto. Por eso no mutilé a mi hija".

"Cada vez más por todas partes, en la educación o en la radio, se dice que es una práctica dañina que expone a las niñas a un sangrado intenso. Oigo hablar de la fístula. En general, es completamente perjudicial. En Afar, especialmente en las zonas remotas, existe la creencia de que, si una niña no es mutilada, su deseo por los hombres aumenta. Pero eso no es cierto. No se puede relacionar eso con no haber sido circuncidada", añade Birtukan.

Zehara, 37 años, con su hija Fatuma, 14

Zehara (37 años), con su hija Fatuma (14). Foto cedida por Plan Internacional/ ©Mona van den Berg

Zehara es profesora y además coordina el Club de Niñas de su escuela, una iniciativa puesta en marcha por la ONG Plan International en varios centros educativos de la región de Afar para formar a las niñas y jóvenes sobre sus derechos.

"Sabemos que el corte nos hace daño. Nos destroza", afirma Zehara, que reconoce lo difícil que es romper con el statu quo. "Existe mucha presión por parte de la generación mayor para que las niñas sean mutiladas. Algunas personas dicen: «Esta es nuestra cultura». Pero algo que daña a las niñas no es cultura; eso es lo que yo les digo", cuenta.

Shishig, de 34 años, junto a su hija Eman, de 14

Shishig, de 34 años, se negó a permitir que su hija Eman, de 14, fuera sometida a la mutilación genital femenina. Foto cedida por Plan Internacional/ ©Mona van den Berg

Shishig, de 34 años, conoció los peligros de la mutilación genital femenina a través de programas de televisión: "Vi en la televisión el mensaje: «No circuncidéis a vuestros hijos e hijas, no los mutiléis». Ahora lo enseñan en la televisión. La mutilación genital femenina es perjudicial; lo vemos en anuncios y en series. Por eso no mutilé [a mis hijas]. Aprendí esto por mi cuenta. Simplemente lo vi en la televisión y no mutilé a mis hijas. Yo tampoco estoy mutilada".

"Yo sabía que puede hacer que las niñas se desangren hasta morir y que tiene consecuencias para toda la vida. Las mujeres tienen problemas durante la menstruación, dificultad para orinar y un alto riesgo de infecciones. Es extremadamente peligroso. Por eso decidí proteger a mi hija", añade la madre.

Ali, de 48 años, con su hija Seyida, de 14

Ali, de 48 años, con su hija Seyida, de 14. Foto cedida por Plan Internacional/ ©Mona van den Berg

"Ninguna de mis hijas está mutilada", afirma Ali. Reconoce que en Afar los padres suelen tener todavía la última palabra dentro de la familia y que, precisamente, por eso cree que los hombres deben posicionarse e intenta inspirar a otros hombres a tomar la misma decisión que él.

Según relata, en el pasado las niñas eran trasladadas a lugares alejados de sus comunidades para someterlas a la mutilación, una práctica que se realizaba en secreto y fuera del ámbito familiar inmediato, lo que dificultaba cualquier forma de control o intervención externa.

"La mutilación genital femenina suele verse como una parte fija de nuestra sociedad", lamenta Ali, quien subraya que no se trata de una práctica natural ni inmutable, sino de una construcción cultural y que, por ello, puede desaparecer si se dan las condiciones sociales y culturales necesarias para su erradicación.

Meyirema, de 40 años, junto a su hija Sumeya, de 14

Meyirema, de 40 años, decidió no someter a su hija Sumeya, de 14, a la mutilación genital femenina. Foto cedida por Plan Internacional/ ©Mona van den Berg

Meyirema, de 40 años, se enfrentó a una fuerte resistencia cuando decidió que su hija crecería sin ser mutilada. "Las personas mayores no apoyan mi decisión (...) Dicen que es algo sucio, que no está bien y que estoy difundiendo malas ideas. No me apoyan. Pero no las escuchamos", explica.

"La gente solía decir que si una niña en la región de Afar no era mutilada, rompería cosas y no podría convertirse en una buena esposa. Muchas personas creían que los hombres afar rechazarían a una esposa no circuncidada y que dudarían de cómo saldrían sus hijos", cuenta Sumeya, de 14 años, sobre las creencias tradicionales que escuchó mientras crecía.

"Ahora recibimos formación sobre las consecuencias de la mutilación genital femenina. Esta información se está compartiendo en todas partes, y hemos empezado a difundir lo que aprendemos en la escuela y fuera de ella", continúa la joven.

Sinidu, de 34 años, junto a su hija Mekidas, de 13

Sinidu, de 34 años, fotografiada a la derecha, se sienta junto a su hija Mekidas, de 13 años. Foto cedida por Plan Internacional/ ©Mona van den Berg

"Es mejor que una niña no sea mutilada. Sangran mucho cuando las cortan. Además, la menstruación es peor si las mutilan", explica Sinidu del por qué decidió proteger a su hija.

Es muy consciente de que la mutilación genital femenina está prohibida y perseguida por la ley. Ese conocimiento, unido a lo que ha visto en su comunidad, motivó su decisión de mantener a salvo a su hija Mekidas, de 13 años, frente a esta práctica dañina.

Shimelis, de 38, habla junto a su hija Betelihem, de 13

Shimelis (38) junto a su hija Betelihem (13). Foto cedida por Plan Internacional/ ©Mona van den Berg

"Es una obligación decir que no se debe mutilar a una niña. Es una obligación salvarla. Históricamente se aceptó así, pero el corte de las niñas no tiene nada que ver con la religión. Para decir la verdad, no lo tiene. [Pero] en el pasado se decía que era una tradición. Ahora hay que avanzar; no deberíamos permitir que nadie piense lo contrario", afirma Shimelis, padre de Betelihem, de 13 años.