Mónica Alario: con el porno, los niños aprenden que el placer reside «en dominar a la mujer”

María G. de Montis | Madrid - 29 diciembre, 2021

Los niños y jóvenes acceden cada vez antes a la pornografía: a los 8 años, según los datos de la Agencia Española de Protección de Datos. Pero, ¿qué hay detrás de esos vídeos? ¿Qué es lo que aprenden con cada visionado? La doctora en Estudios Interdisciplinares de Género Mónica Alario lo tiene claro: que el placer masculino se obtiene “al dominar a las mujeres”.

“Si nos vamos a los vídeos más vistos, todos siguen el mismo esquema: te muestran situaciones en que los hombres quieren realizar alguna práctica sexual, las mujeres dicen que ellas no, ellos terminan ejerciendo algún tipo de coacción o de presión y ellas acaban accediendo”, apunta en una entrevista con Efeminista Alario, que ha investigado la desigualdad y la violencia sexual en la pornografía durante cinco años.

Ahora lo cuenta en un ensayo editado por Cátedra, Política sexual de la pornografía. «Este libro», añade Alario, «es el resultado de la tesis doctoral que he hecho entre el año 2015 y el año 2020, en la que analizo cómo el tipo de deseo sexual masculino que construye la pornografía está colaborando con la reproducción de la violencia sexual».

Por su trabajo, que da forma a este ensayo prologado por la teórica australiana Sheila Jeffreys y Ana de Miguel, directora también de su tesis, recibió el Primer Premio de la Delegación del Gobierno contra la Violencia de Género a tesis doctorales sobre violencia contra la mujer 2020.

La violencia sexual es el eje

Los últimos cinco años de la vida de Alario se han centrado en el análisis de la violencia sexual. Un descubrimiento que llegó mucho antes, en la infancia, y que según cuenta tuvo un gran impacto en su vida. Con el feminismo, explica, obtuvo un marco para comprenderla.

Por eso, cuando decidió doctorarse, tuvo claro que se centraría en «la violencia sexual que sufren hoy en día mujeres y niñas y, dado que son los varones quienes la ejercen, me centré especialmente en el estudio de la sexualidad masculina«.

«En un principio yo no iba a meterme en la pornografía, sino que iba a analizar la reproducción de la violencia sexual», explica. «El asunto es que, cuando llevaba un año investigando, me preguntaron si hacía un artículo sobre pornografía para un monográfico. Y, cuando empecé a investigar en la pornografía, cambié la estructura de la tesis, porque las respuestas de la violencia sexual en la actualidad estaban tan claras en la pornografía que me pareció imprescindible ponerla en el centro del asunto».

Cinco años de investigación

Este ensayo de poco más de cuatrocientas páginas consta de cuatro partes: en la primera se estudia el contexto en el que se da esta violencia sexual, en la segunda se contextualiza la pornografía, en la tercera se analiza «como elemento socializador y como discurso político sexual» y se clasifican los mensajes que dan los vídeos más consumidos, y en la última parte la autora busca diferenciar sexo de violencia sexual, ahondando en una pregunta: ¿cómo es posible que los varones puedan excitarse sexualmente en situaciones que son violencia contra niñas y mujeres?

«Si pensamos en el estado español hace cincuenta años, las propias leyes daban a los hombres derechos que las mujeres no tenían», responde Alario. «Pero en el patriarcado actual la masculinidad se encuentra un poco acorralada. En lo que coinciden muchas investigadoras es en que ese deseo de los hombres de posicionarse por encima de las mujeres se ha llevado al terreno de la sexualidad. Y ahí es donde entra el porno».

Alario describe las estructuras narrativas de la pornografía como una forma de “invisibilizar la violencia sexual” con mucho calado. Para empezar, apunta, delimitan cómo se construye el deseo masculino: por un lado, sobre la satisfacción del acto en sí, y por otro sobre “el placer de ponerse por encima de las mujeres”.

«Al unirlos los dos, lo que ocurre es que se construye una especie de sexualidad masculina en que la excitación está vinculada a esa sensación de poder sobre las mujeres», añade la experta. «Y esa excitación, en la pornografía, se puede ver de muchísimas formas».

El trabajo de campo

Para su tesis doctoral, la experta se empapó de toda esa violencia, consumiendo ella misma los vídeos. Una experiencia que, reconoce, la ha dejado «muy tocada» y de la que le «costará recuperarse», porque empatiza con las víctimas de esas agresiones.

«No nos consideran seres humanos. Cuando los hombres se masturban con vídeos de violaciones, es imposible que nos consideren iguales», asegura. «¿Por qué no les daña? Porque están viendo un cuerpo, un objeto, pero no un ser humano».

«Yo lo que hice fue seleccionar las dos páginas de pornografía más visitadas en las que se pueden ordenar los videos en función del número de visitas», explica. «Y, desde ahí, analicé la pornografía más consumida, para poder hablar de algo generalizable».

«Lo que hago es sacar los mensajes que tienen detrás. Visualizo los vídeos, los transcribo… el objetivo es ir sacando las estructuras que tienen en común, clasificándolos en función de los distintos mensajes que transmiten en términos de sexualidad», aclara.

Sin «porno feminista»

Preguntada por tendencias en la pornografía como el llamado porno ético o feminista, abanderado en España por la directora sueca Erika Lust, Alario se muestra escéptica.

«Yo tengo una posición radical y abolicionista de la pornografía», aclara. «Cuando estudias su origen, te das cuenta de cómo la pornografía tal y como la conocemos ahora nace en los sesenta y setenta, una etapa en la que las mujeres habían conseguido muchísimos avances de derechos y libertades«.

«Yo no critico la pornografía por su falta de variedad, sino por sus lazos por la violencia», apunta Alario.

«Sabemos que el patriarcado no desaparece, sino que se adapta a los cambios sociales», añade. «Las feminista de las décadas de los setenta y de los ochenta analizaron el origen de la pornografía como una intento del patriarcado de volver a situar a las mujeres en una postura de subordinación«.

«La pregunta para mí es: ¿puede algo intrínsecamente patriarcal convertirse en feminista?». Y la respuesta, para Alario, está clara: no. «Es algo patriarcal por definición, pero hay más: forma parte de la industria de la explotación sexual, a la que le interesa duplicar su nicho de mercado. Esto es solo un producto mucho más moderno».