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Mayte Gómez Molina: "Uno se queda en la edad en la que te hieren por primera vez"

Carmen Sigüenza | Madrid - 14 junio, 2026

La boca llena de trigo, de Mayte Gómez Molina, es una de las novelas de las que se habla en la Feria del Libro de Madrid de este año, avalada por buenas críticas y por un boca oreja constante. Se trata de la ópera prima de esta artista digital y poeta, que ya ganó el Premio Nacional de Poesía Joven en 2022 con Los trabajos sin Hércules.

La necesidad de validación externa, que te reconozcan y te quieran, una infancia marcada por el rechazo, la competitividad, la anorexia, o la amistad entre mujeres, son temas que están en las páginas del libro de Gómez Molina y, para ello, toda la historia se sustenta en el mundo del arte, con sus luces y sombras, con sus juegos de poder y banalidades dentro del ambiente de las galerías, y con una pintora como protagonista, angustiada y en crisis, Anna.

Gómez Molina, nacida en Madrid en 1993 "por accidente, pero de Granada por sangre", pinta un cuadro a través de la escritura en esta novela con la que ha intentado, dice a Efeminista, saber por qué siempre se ha enfrentado a la mirada de los demás.

"Pienso que uno siempre se queda en la edad a la que le hirieron por primera vez", añade.

La primera novela de Mayte Gómez Molina

P.- Eres poeta y artista digital, ¿cómo nace tu primera novela La boca llena de trigo?

R.- La boca llena de trigo creo que nace de un sentimiento muy antiguo, y del hecho de no acabar de estar a gusto habitando mi cuerpo, de no saber muy bien quién soy, porque siempre me he enfrentado mucho a la mirada de los demás. Soy una persona que, desgraciadamente, muy joven empezó a sufrir un trastorno de alimentación, anorexia.

Con los años ahora estoy bien, estoy sana y he podido salir,  y con esto mando un mensaje de apoyo y de esperanza a quien lo necesite; pero hubo un momento, cuando yo gané el Premio Nacional de Poesía Joven (2023 por Los trabajos sin Hércules), que pensé: "Qué bien, qué suerte". Fue una sorpresa, pero luego pensé que la gente me iba a odiar, me iba a cuestionar, que si alguien había dicho que mi poesía era buena, todo el mundo iba a decir que no, que no era tan buena, y fue un sentimiento muy extraño que he reconocido en muchas mujeres, cuando les pasa algo bueno se sienten culpables.

Y después de ese sentimiento, que fue tan potente, me dije: "Hay que escribir sobre esto". Elegí una pintora porque a mí me hubiese gustado ser pintora, y entonces ha sido como pintar un libro. Pintar un cuadro a través de esa escritura.

P.- Hablas mucho de la necesidad de validación externa, de las crisis, de la infancia...

R.- Sí, yo creo que hay herida, o pienso muchas veces que uno siempre se queda en la edad a la que le hirieron por primera vez, luego tienes que trabajar para crecer, salir de esa herida. No es que no te comportes como un adulto o que no llegues a ser un adulto funcional, pero hay un niño en ti que está herido exactamente en el momento en el que te hicieron mucho daño por primera vez. Uno siempre está luchando cómo resolver ese daño.

Tú no puedes volver atrás y curarte a ti misma; pero creo que, a través de las cosas que hacemos, podemos reparar un poco, aliviar ese dolor y buscar una manera de que a otras no les pase lo mismo, eso es algo que hace el feminismo y que cualquier persona con cierta ética y moral ciudadana también intenta hacer, o me gustaría pensar que es así.

El mundo del artista

P.- Hablas del mundo interior de una artista, de la grandeza del arte, pero también de su lado más cruel y banal. Tratas de la duda que supone para una artista que tiene que trabajar en soledad tener que salir para que se la vea y valide, porque, si no, no existe.  

R.- Sí, creo que esto siempre ha sido así en el mundo del arte y en casi todos los pequeños mundos, pero hay algo que con las redes también se ha acelerado mucho, como esa presencia de que todo el rato tengo que ser visible, si no desaparezco, pero al mismo tiempo mi trabajo como artista es estar sola.

Claro, que es un trabajo como muy extraño, que eso lo decía Paul Auster en una entrevista muy bonita en Louisiana Channel, que decía: "Qué trabajo más raro he elegido: estar solo casi todo el tiempo de mi vida".  Hay algo ahí como de no poder relacionarte con los demás, de preguntarme de qué manera me relaciono, y es un mundo muy hostil. Aquí hay cosas de artista visual, pero creo que podía haber sido cualquier otro mundo o gremio.

También está lo mezquino que puede llegar a ser el mundo del arte, con unas luces bellísimas, con unos momentos de sororidad y de belleza increíbles, pero también con algo ahí de competición, esto en casi todos los gremios. Me interesaba más esa idea de competición, incluso cuando ya uno no necesita competir. Me preguntaba: ¿Por qué seguimos compitiendo? ¿Qué nos ha metido esta sociedad en el cuerpo?

Mayte Gómez Molina junto a su libro, 'La boca llena de trigo'. EFE/ Laura de Grado

La idealización de la amistad de las mujeres

P.- La amistad entre mujeres también está presente    

R.- La amistad femenina siempre ha estado como en un lugar un poco de idealización. Por ejemplo, a mí me salva mi amiga, me salvan mis amigos, pero hay problemas que también nacen de la amistad, no todo va a ser perfecto porque sea amistad entre mujeres, hay sororidad y hay compañerismo y, a veces, no lo hay.

Somos también seres humanos, no somos solo mujeres, somos una persona completa, eso es por lo que lucha el feminismo también. Hay veces que tenemos emociones que no queremos tener, sobre todo cuando hay una amiga a la que le va bien y a ti te hace sentir mal.

También hay gente que te abandona y que has querido mucho. Entonces, es muy difícil porque estamos en un sistema muy precarizado, aparte de que hay gente que es envidiosa o que tiene problemas sin resolver sobre cómo trata con los demás. Pero hay una parte que también es porque a la gente le falta el sustento. Y entonces reaccionamos, y hay competiciones innecesarias, incluso con gente que queremos mucho.

Bueno, el libro ha sido una manera de trabajar todo esto. Son emociones de las que no hablamos porque nos da vergüenza, de la envidia, de los celos...

P.-  En el libro también sobrevuela la idea de que se hace algo,  escribir o pintar... para que la gente nos quiera. Ya lo dijeron, entre otros, García Márquez, que escribía para que le quisieran.

R.- Sí, no solo en Gabriel García Márquez, también Luis Mateo Díez lo dijo hace poco y eso es bueno que lo diga un hombre, sobre todo porque a los hombres no se les permitía este tipo de vulnerabilidad. Hacemos las cosas para que nos quieran, aunque quizás no sea el motivo principal.

Pero creo que hay gente que se ha sentido en falta o que ha estado herida por diferentes causas o ha tenido violencia o trauma en su vida y de alguna forma es como decir: "Hago una ofrenda con mi trabajo para ver si así me vas a querer". Y no es solo en el arte, creo que puede pasarle a una panadera, una abogada, una neurocientífica.