La periodista y escritora ecuatoriana María Fernanda Ampuero. Créditos: Editorial Páginas de Espuma.
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María Fernanda Ampuero: "No gusta que la mujer libre pueda gozar de su sexualidad"
La periodista y escritora ecuatoriana María Fernanda Ampuero regresa a la literatura con Visceral, un compendio de relatos que han causado furor en la Feria Internacional del Libro de Quito (FILQ). Sus escritos cabalgan entre la autobiografía y la ficción para ahondar en la violencia estética y el terror sexual que impiden a las mujeres tener vidas libres y placenteras.
"Si quieres ser una mujer libre, vas a tener que pasar miedo, humillaciones, vergüenza y revictimización. Y si no, te tienes que quedar inmóvil, encerrarte en un convento, quedarte en casa de tus padres o casarte con alguien que quizás no te hace feliz. El mundo que hay afuera es aterrador. No gusta que seamos libres, que la mujer libre pueda gozar de su sexualidad", asevera Ampuero (Guayaquil, 1976) en una entrevista con Efeminista.
La autora, que desde hace más de veinte años reside en España y visita Ecuador con motivo de la FILQ, explica que ha vuelto la vista atrás y bajado a sus "sótanos personales" para revisitar a la niña que fue y conocer a la mujer en la que se ha convertido tras todo lo vivido, incluida la violencia sexual en la adultez.
Poco después del episodio de violación, a la escritora ecuatoriana, según relata en este libro editado por Páginas de Espuma, le llegaron los primeros síntomas de la menopausia y, en especial, la bajada de la líbido, que describe como "una bendición" que le está permitiendo "no correr más riesgos" y vivir "como persona que quiere ser libre, vivir, gozar, abrazar y tragarse el mundo entero sin reparos, y sin pensar que es mujer, que es una cosa que todo el tiempo te hacen recordar", denuncia.
Ampuero también reflexiona en primera persona sobre la violencia estética que sufrió de niña y que enfrentan miles de mujeres. En este sentido, señala que este tipo de violencia también es violación porque "es perpetrar al máximo extremo esa sensación de inseguridad en el mundo y en una misma".
En definitiva, los relatos que conforman Visceral están conectados entre sí por la "gran intertextualidad" que es el patriarcado, explica Ampuero, que define a este sistema como "la institución más demoníacamente brillante que se ha creado para hacer sentir a las mujeres inferiores".
"No va a quedar impune todo lo que me ha pasado"
Pregunta (P): ¿Cómo nace la construcción de los relatos recogidos en Visceral?
R (Respuesta): Son textos que había ido escribiendo durante diferentes momentos de mi vida. Algunos tienen muchos años y otros son bastante recientes. No uso diarios, pero había momentos en los que me sentía la necesidad de plasmar lo que sentía y fueron saliendo textos diferentes entre sí, con tonos e incluso miradas distintas. A veces muy derrotista, muy feroz o incluso conciliadora. Son diferentes momentos míos, pero también diferentes mujeres que soy y he sido.
Tal vez escribí este libro para entender por qué escribí los otros, que todo el mundo definió como viscerales. Tenía muchas ganas de preguntarme qué significaba eso. Era importante hacer esa revisión, bajar a mis sótanos personales, aunque me diera miedo y también mucha pena por esa niña que fui. Hay un acto de piedad con todas las mujeres que he sido porque siguen dentro de mi. Todas somos como una matriosca. Y quería demostrarles piedad a esa niña, adolescente, joven, migrante, divorciada y sin hijos... que son las distintas facetas que conforman la persona que soy. Quizás era una forma de transmitirle a mi yo pequeña y adolescente que no las he olvidado, que no va a quedar impune todo lo que me ha pasado, por lo menos lo vamos a contar.
El precio que pagan las mujeres por su libertad sexual
P: Habla de que hay muchas mujeres en una, mujeres distintas por momentos. ¿Se habita en las contradicciones?
R: Sí, y también se habita en el error, en una confianza y en un temor al mundo a la vez, en las incoherencias que tenemos. En mi caso, podrías pensar que ser feminista no casa con tomar decisiones estúpidas como las que se cuentan en el libro y que me llevan a sitios que si eres feminista deberías haberlo sabido y evitado, y, sin embargo, sigo ahí intentándolo.
Es una extraña resiliencia la de querer permitirte gozar y ser un sujeto de placer, no solo un objeto. Eso lo pagamos muy caro las mujeres.
Es importante también reflexionar sobre eso, decirle a otras que a mí también me pasó, aunque estoy por ahí dando charlas sobre el patriarcado y el machismo. La gente me llama valiente con este libro y pienso que lo hacen porque estoy diciendo algo que ellas no han dicho, pero que sí han vivido.
"Si quieres ser una mujer libre vas a pasar miedo"
P: Frente a las violencias sexuales también hay una reivindicación al derecho al goce, a que las mujeres disfruten de su sexualidad...
R: Sí, por supuesto, hay una reminiscencia de Teoría King Kong, de Virginie Despentes, donde por primera vez leí sobre el castigo a las mujeres. Ella cuenta que haciendo autostop para ir a un concierto a París se subieron ella y su amiga en un coche y las violaron. Habla de eso y de cuál es la alternativa para nosotras. ¿Quedarnos bajo la mesa de nuestras madres?
En España, Cristina Fallarás tiene abierta una línea en las redes sociales, #Cuéntalo, donde cada historia anónima recogida es más pavorosa que la otra. Pero en todas estas historias hay detrás una especie de lección que es que si quieres ser una mujer libre, vas a tener que pasar miedo, humillaciones, vergüenza y revictimización. Y si no, te tienes que quedar inmóvil, encerrarte en un convento, quedarte en la casa de tus padres o casarte con alguien que quizás no te hace feliz porque el mundo que hay afuera es aterrador. Ese es el mensaje. No gusta que seamos libres, que la mujer libre pueda gozar de su sexualidad.
"Hubo consentimiento para follar, pero no para hacer daño"
P: En uno de los relatos cuenta el episodio de violación. ¿Por qué a veces es tan complejo identificar las violencias machistas?
R: Quizás este mundo no está preparado para nosotras porque no tiene un lugar seguro, salvo nosotras mismas. De ahí lo de 'a mí no me cuida la policía, me cuidan mis amigas'. Pero luego está el deseo por el sexo opuesto, que está latente debajo de todo lo jodida que es mi relación con la sexualidad desde muy niña, y no por mi culpa. Lo extraño que ha sido siempre el tema de gustarle al otro y de que eso es lo que hay que intentar a toda costa y lo que nos va a hacer sentir realizadas.
No denuncié porque era evidente que la que iba a salir sintiéndose peor era yo. Como cuento, sin edulcorar nada, fui yo, me subí al coche, acepté, no grité, no me lancé por la ventana, no le hice daño, no intenté agredirlo. Hubo consentimiento para follar, pero no para que me hiciera daño.
"La menopausia me ha permitido no correr más riesgos"
Este episodio además se me juntó con la menopausia, que va apagando la libido, y eso ha sido una bendición porque me ha permitido —fíjate qué pánico tener que decir estas cosas— no correr más riesgos como persona que quiere ser libre, vivir, gozar, abrazar y tragarse el mundo entero sin reparos, y sin pensar que soy mujer, que es lo que todo el tiempo te hacen recordar.
Y padezco mucho de pensar en las más jóvenes, porque les hemos abierto el camino de libertad tan ancho que igual se olvidan que en ese camino hay bocas de lobos por todos lados. Eso me da miedo, por eso también existen mis libros. No digo que las generaciones jóvenes no tengan que ser feministas, sino hay que tener siempre los ojos abiertos.
"Ser mujer ecuatoriana es bien difícil"
P: ¿Qué influencia a tenido en su escritura nacer en Ecuador?
R: Soy muy patriota en algunos aspectos, me enternecen muchas cosas de Ecuador, no puedo decir que soy de otro lugar. Pero ser una mujer ecuatoriana es bien difícil. No te diría que una maldición, pero casi, porque de una maldición no te puedes librar y de esto sí, pero con mucha esfuerzo.
En Guayaquil tenemos una cosa muy fuerte con el catolicismo y con la apariencia, que es feroz y devastadora casi exclusivamente con las mujeres. Hay como unos mandamientos para ser considerada una buena mujer, que te condicionan a una vida de tristeza y de hambre. Mientras más alta es la clase social más hambre pasas. Eso me parece insólito. Es esta cosa de la privación del placer para las mujeres por un supuesto bien mayor que es ser aceptada en sociedad.
También es una ciudad muy aspiracional y mis padres respondían a eso. Eran de clase media pero quisieron que fuera a un colegio privado de señoritas y que me codeara con gente que no era de mi clase social. Ese condicionamiento, además de estético, era también económico. Tal vez no debemos de renegar de nuestro pasado. Crecer entre gente tan de derechas, tan ciega a la realidad de la ciudad, me hizo abrir más los ojos.
Violencia estética desde la infancia
P: Al abordar la violencia estética que sufren las niñas y mujeres, se centra y reflexiona sobre la relación madre-hija. ¿Por qué es importante ahondar en esta dimensión?
R: Siempre leí sobre la relación con el padre. Y la relación con mi padre era muy tensa, se nota en todos mis cuentos, pero con mi madre era una relación armónica, en teoría, hasta que empecé a pensar que no sé quién de los dos me hizo más daño: el que me demostraba distancia, me exigía y me resultaba tan ilegible en sus sentimientos o la que estaba perennemente buscando mi bienestar, felicidad y plenitud. Ya le he dicho un par de veces a mi mamá que me hizo mucho daño.
Ella no quiere ni oír de las inyecciones para adelgazar que me ponía de pequeña y que dicen que causaban infertilidad, pero yo tengo una prima que se ponía las mismas inyecciones que yo y no tiene hijos y yo tampoco. Esto es una lotería y hay muchos factores, pero ahí está. No le inyectas cualquier cosa a tu hija menor de edad.
Lo mismo pasa ahora con el Ozempic. Lo que me impacta es que han pasado 30 años y ahora mismo hay gente, en este mismo instante, poniéndose una inyección para diabéticos y que están empezando a hablar de que es híper peligrosa. Están dejando desabastecido el mercado para las personas que realmente se pueden morir si no se ponen esto. O sea que, aparte de frívola, eres una hija de puta, pero ni siquiera ese pensamiento cabe porque el único posible es quién está más delgada.
De esto tendríamos que hablar sin parar. Sin embargo, no podemos porque la mayoría de revistas, programas de radio y televisión están auspiciados por laboratorios farmacéuticos que viven de que las mujeres odien su cuerpo. Y todo está conectado porque violarte también es perpetrar al máximo extremo esa sensación de inseguridad en el mundo y en ti misma. Todo lo del libro está conectado: el medio ambiente, la colonización, la destrucción del planeta, el miedo a quedarse sola, a no tener hijos, a engordar, a envejecer...
Todo es una gran intertextualidad del patriarcado, que es la institución más demoníacamente brillante que se ha creado para hacer sentir a las mujeres inferiores.