Lucrecia: un crimen de odio

Los directores de cine David Cabrera y Garbiñe Armentia presentan la docuserie 'Lucrecia: un crimen de odio', en Disney +. EFE/ Lluís Lozano

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'Lucrecia: un crimen de odio' pone frente al espejo el racismo en España

Lluís Lozano | Madrid - 2 julio, 2024

Lucrecia Pérez tenía 32 años, había llegado a Madrid desde Vicente Noble, un pequeño municipio de República Dominicana, donde vivía con su esposo y su hija. Había migrado, como tantas mujeres de su país, para construirse una casa y que Kenia, que entonces tenía seis años, pudiera estudiar. Lucrecia fue asesinada el 13 de noviembre de 1992 en Aravaca (Madrid).

Cuando David Cabrera y Garbiñe Armentia pensaron en rescatar la historia de Lucrecia, víctima del primer crimen racista de España, tenían una foto en blanco y negro y algunas preguntas. Dos años después estrenan una docuserie que pone al espectador frente a la realidad de la xenofobia, que ha ido incluso creciendo desde entonces.

Se titula Lucrecia: un crimen de odio y se puede ver en la plataforma Disney +. Consta de cuatro capítulos y se apoya en decenas de testimonios: su hija Kenia y otros familiares, periodistas, guardias civiles, jueces, abogados... También en imágenes de archivo que han servido para reconstruir uno de los pasajes más oscuros de la historia negra española.

Lucrecia, asesinada por "extranjera, pobre y negra"

Lucrecia empezó a trabajar como empleada del hogar, pero no tardaron en despedirla y no tuvo más remedio que establecerse en lo que quedaba de la discoteca Four Roses de Aravaca, donde vivían otros compatriotas suyos.

Ahí estaba la fatídica noche del 13 de noviembre de 1992, cuando un grupo de cuatro skinheads -el guardia civil Luis Merino y tres menores de 16 años- decidieron darle "un escarmiento a los negros". Una de las balas que salieron del arma reglamentaria del agente acabó con la vida de Lucrecia.

"Lo que mueve la trama hacia adelante es qué ha pasado, quién ha sido. Pero para nosotros la pregunta fundamental siempre ha sido el por qué", explica Armentia, una de las directoras, en una entrevista con EFE.

Tenían las preguntas y tenían la imagen que aquellos días copó los periódicos y los informativos: Lucrecia mirando al frente, seria, con el ceño fruncido y el pelo rizado. La misma foto en blanco y negro que Kenia usa cuando quiere recordar a su madre, la única que tiene.

"Era un reto, porque solo teníamos una fotografía y a través del material de archivo hemos conseguido algo que nos parece milagroso: proyectar la imagen de Lucrecia en la cara de muchas mujeres" que, como ella, buscaban un futuro en España, incide Cabrera.

Murió Lucrecia, pero podría haber sido cualquiera. Su única culpa, como esgrimió el fiscal del juicio, fue ser "extranjera, pobre y negra".

El despertar del odio al migrante

Para Cabrera, la "sacudida social" derivada del crimen -al que sucedieron multitudinarias manifestaciones en todo el país- "nos despertó de la creencia de que éramos inmunes al racismo" y deben servir al espectador como "espejo" en el que mirarse para evitar que algo así vuelva a suceder.

Aunque el estreno de Lucrecia: un crimen de odio coincide con el trigésimo aniversario de la sentencia que condenó a sus cuatro asesinos a un total de 126 años de prisión -aunque todos están ya en libertad-, la historia sintoniza con una "realidad política y social" marcada por el auge de la extrema derecha y los discursos contra la migración, que la hace más actual si cabe.

"Desde que empezamos a trabajar hace dos años hasta el día de hoy la cuestión ha seguido flotando en la actualidad, con casos como el de Vinicius y la pregunta de si es España un país racista. En el material de archivo es inquietante comprobar lo actuales que suenan muchas cosas", lamenta el director.

Entre los entrevistados surgieron dos posturas: aquellos que creen que la muerte de Lucrecia fue una "vacuna" para despertar ante el racismo, frente a los que consideran que se siguió viviendo "como si no hubiese sucedido".

Pero si de entre todos los testimonios uno es especialmente premonitorio -aunque sea de archivo- es el del entonces vicepresidente del Gobierno, Narcís Serra: "Es la primera semilla de un problema tremendo: el odio al inmigrante".

Desde entonces la organización Movimiento contra la Intolerancia -en la que trabaja Kenia- ha registrado en torno a un centenar de crímenes de odio en España y el Código Penal, que a raíz de la muerte de Lucrecia incluyó la circunstancia agravante de racismo, ha ido amparando a más población vulnerable.

La elección de no odiar

Veinte años después del crimen, Kenia hizo el mismo viaje que Lucrecia: dejó Vicente Noble y se estableció en Madrid en busca de una vida mejor, para ella y para su hijo. Más allá de su lucha por los derechos humanos, no ceja en el esfuerzo de mantener vivo el escaso recuerdo que tiene de su madre.

"El hecho de ser ella madre le está haciendo revivir todo lo que perdió, todo lo que le quitó el asesinato", apunta Cabrera.

Lo hace, eso sí, desde la fortaleza de quien decide alejarse del rencor y de la sed de venganza. "Para ella no odiar es una elección y un esfuerzo que le implica esforzarse día a día", valora Armentia.

Lucrecia: un crimen de odio cierra con sus palabras, que son las de una niña de seis años que tiene que convivir con el hecho de que cuatro ultraderechistas redujesen a su madre a una foto en blanco y negro: "De las personas que mataron a mi mamá lo único que sé es que están libres. Rabia, dolor, así es como yo definiría lo que siento. Y odio también, pero no quiero eso en mi vida".