Las lesbianas solicitan políticas públicas para vivir una vejez digna

De izquierda a derecha, parte de las ponentes de la jornada "Una habitación para nosotras. Lesbianas mayores, feminismo y memoria", organizada por la EuroCentralAsian Lesbian Community (EL*C) y Fundación 26D: Raquel Pedraja, Federico Armenteros, Marina Sáenz, Ilaria Tode, Eva Pérez, Paloma del Río, Paula Alcaide, Evien Tjabbes, Rebeca Pérez-Bolivar y Marta Herraiz. Fotografía cedida por la Fundación 26 de Diciembre/José Alberto Puertas

Lesbianas mayores exigen políticas públicas para no volver al armario en la vejez

Ane Amondarain | Madrid - 15 diciembre, 2022

Tejer una sociabilidad lesbiana intergeneracional y fomentar estudios e investigaciones sobre lesbianismo en la tercera edad para el diseño efectivo de políticas públicas han sido dos de las principales reivindicaciones de la jornada «Una habitación para nosotras. Lesbianas mayores, feminismo y memoria», un espacio de reflexión y diálogo en el que se ha puesto sobre la mesa la invisibilidad que sufren las lesbianas mayores para que en la senectud nadie tenga volver al armario.

El V Encuentro de Investigación, memoria y experiencias LGTBI, organizado por la EuroCentralAsian Lesbian Community (EL*C) y la Fundación 26 de Diciembre, que ha tenido lugar en la sede de la fundación, en el madrileño barrio de Lavapiés, se ha centrado en esta edición en la «L» del colectivo.

«Las mujeres somos más longevas, no se entiende que dentro de una organización LGTBIQ+ nos cueste tanto a las lesbianas ponernos a trabajar», ha lamentado Eva Pérez, co-presidenta de la EL*C.

En este sentido, han aludido a las condiciones estructurales que llevan a las mujeres a priorizar el cuidado de otras personas y han expresado la necesidad de crear redes y compartir experiencias para que sean ellas quienes hablen por sí mismas y construyan esa «habitación propia», libre de violencias machistas y LGTBIfóbicas, también en la vejez.

Un 58 % del colectivo LGTBI preocupado por la vejez

Paula Alcaide, psicóloga clínica LGTBIQ+ y escritora, ha recordado algunos de los datos del informe «Mayores LGTBI», que la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Trans y Bisexuales llevó a cabo junto con el sindicato Comisiones Obreras en 2019.

Según los datos que se desprenden del informe, a un 58 % de las personas del colectivo que participan en esta encuesta les preocupa envejecer, a un 33 % no poder valerse por sí mismo y a un 29 % tener que hacer frente a la soledad.

Las trayectorias vitales del colectivo «implican altos índices de soledad y aislamiento», que se acentúan en la vejez, asevera Paula Alcaide.

Asimismo, el informe recoge que si bien un 12 % necesita algún tipo de apoyo en su vida diaria, un 28 % no cuenta con esa ayuda. Y es que tan solo un 4 % de las personas del colectivo hace uso de recursos públicos sociales, muy lejos del 46 % del conjunto de la población española.

Invisibilización y violencia en la tercera edad

Todo ello tiene que ver, como ha señalado Ilaria Tode, responsable de estudios de EL*C, con la aceptación social de las personas LGTBIQ+, que influye en las experiencias de envejecimiento, y también con la discriminación de género y contra las personas LGTBIQ+más evidente en edad avanzada. Lo que puede conducir al aislamiento y la invisibilidad.

«O regresas al armario y acudes a servicios, o sigues fuera y no accedes», ha expresado Ilaria Tode en referencia a acudir a los servicios sanitarios o sociales siendo parte del colectivo.

Precisamente, Alcaide ha recordado que la adaptación en las residencias de mayores o centros de día depende, en gran medida, de los «protocolos de acogida desde el minuto en que haces el preingreso».

En este sentido, la psicóloga clínica aboga por que en los ingresos, las preguntas sobre el historial vital sean «lo suficientemente amplias» y no heteronormativas, para que los mayores puedan identificarse como personas LGTBIQ+.

Asimismo, Paula Alcaide ha reivindicado la presencia de una bandera del colectivo en estos espacios, un gesto simbólico pero que ayuda a sentirse segura. Y también ha llamado a que las propias profesionales de las residencia, en su mayoría, mujeres, visibilicen su orientación sexual, si son lesbianas o bisexuales.

«Una mujer que es visible en el trabajo será facilitadora de códigos y se crearan entornos menos heterocentrados»

Desglosar datos

Las lesbianas también están invisibilizadas en las investigaciones. «Nos falta información, datos y análisis. Es muy difícil aplicar políticas cuando no se sabe a qué responder», ha amentado Eva Pérez.

Es por ello por lo que, incluso en las investigaciones relativas al colectivo LGTBIQ+, solicitan que se desglosen los datos.

Ilaria Tode ha explicado que de 400 estudios de salud LGTBIQ+ en el mundo, en 2020, el 50 % hacía referencia al colectivo en su conjunto, el 40 % a hombres gays y bisexuales, y el 8 % a lesbianas o mujeres bisexuales.

«No podemos pensar que esta carga tiene que ser hecha por organizaciones no gobernativas. Tenemos que empezar a tener universidades y centros que tengan la investigación como misión principal», ha reivindicado Tode.

Así como no hay investigaciones, tampoco hay políticas públicas enfocadas a lesbianas y bisexuales a nivel estatal. Marina Sáenz, presidenta del Consejo de Participación de las Personas LGTBI, ha compartido que del mapa de políticas públicas LGTBI que están diseñando, «salvo algún protocolo sanitario en alguna comunidad», no hay leyes ligadas a las lesbianas.

Interseccionalidad

Pero más allá de la invisibilidad, Marina Saénz también ha reflexionado sobre la validación que siempre se espera de las lesbianas.

«No es que a las lesbianas no nos acepten y tengamos un problema de invisibilidad, que lo tenemos, sino que también un problema de validación. Siempre se nos ha querido pasar por un filtro de validación y no, tenemos itinerarios muy variados», ha señalado.

Porque para Marina Sáenz, el lesbianismo puede ser para unas «un puerto de tránsito; para otras, un puerto de destino, y para muchas es también una identidad política».

Así, junto con Tatiana Romero, historiadora y activista transfeminista, Marina Saénz ha reivindicado una mirada interseccional del lesbianismo que incluya a racializadas, no binaries, butch, mujeres trans y también a aquellas que como Lorenza Machín, activista LGTBIQ+ de 76 años, después de décadas de matrimonio con un hombre, a los 60, sintió que se enamoraba por primera vez, y era de una mujer.

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El tabú de la sexualidad lésbica en la vejez

A estos temas, se le ha sumado el del tabú de la sexualidad en la tercera edad.

«La sexualidad lésbica a ciertas edades está condicionada por la idea de los cuerpos validos. Si yo no me siento bien con mi cuerpo, la sexualidad con otras va a quedarse afectada», ha explicado Paula Alcaide, psicóloga clínica.

Para Alcaide, apoderarse de la propia sexualidad es un derecho más y ha recordado la importancia de acabar con el mito de que «con la edad se pierde la capacidad de sentir placer», sobre todo, entre «generaciones que han recibido menos educación sexual».

Rebeca Pérez-Bolivar, matrona de atención primaria en Valdemoro (Madrid), ha denunciado que para el sistema sanitario, los cuerpos solo son válidos «cuando están disponibles para la reproducción».

De hecho, si bien la Comunidad de Madrid cuenta con un protocolo de matronas para atender al colectivo LGTBIQ+, este acaba cuando las pacientes cumplen 43 años.

Apoyo presupuestario

Así es que los retos del colectivo acrecientan a medida que la vida avanza. Y preocupados por ello, la Fundación 26 de Diciembre, ubicada en el madrileño barrio de Lavapiés y una de las organizadoras de la jornada, ha abierto a finales de este verano la Residencia Josete Massa, el primer y único centro español que nace para acoger a mayores LGTBIQ+.

«Un lugar pionero para acoger a las abuelas como acogen las abuelas», ha descrito Eva Pérez, co-presidenta de la EL*C, la otra organizadora del evento.

Y es que a pesar de que las lesbianas «han sido capaces de crear sus propias redes de soporte y apoyo en espacios donde no los había», como ha expresado Ilaria Tode, «si al final la igualdad son una serie de enunciados de políticas formales y sin un apoyo presupuestario para poder ejecutarlas, la justicia social no llega y la brecha no se salta», ha sentenciado Marina Sáenz.