Antonio J. Rodriguez masculinidades

Antonio J. Rodríguez, autor y periodista. Foto: Luna Miguel

Antonio J. Rodríguez: «Estamos ante el avivamiento de unas masculinidades reaccionarias»

Laura de Grado Alonso | Madrid - 6 octubre, 2020

En «La nueva masculinidad de siempre. Capitalismo, deseo y falofobias» el escritor y periodista Antonio J. Rodríguez cuestiona los viejos y nuevos modelos de masculinidades e indaga, a través del ensayo, en lo que ha significado históricamente ser hombre.

El ex editor jefe de Playground (Oviedo, 1987) se sirve de conceptos como el amor, la posesión, el deseo y la violencia, que tradicionalmente han atravesado las relaciones entre mujeres y hombres, para ofrecer un planteamiento radical de lo que significa la identidad masculina.

La principal tesis del libro, que edita Anagrama, es que la masculinidad descansa sobre dos características: «la voluntad de poseer el cuerpo de la mujer y el estado de guerra permanente con otros hombres», según ha señalado a Efeminista el autor de las novelas «Fresy Cool», «Vidas perfectas» o «Candidato».

La propuesta de Rodríguez es romper con estas dos circunstancias para que los hombres puedan despojarse de los privilegios que han adquirido a lo largo de la historia por el mero hecho de serlo. Sin embargo, es consciente, y alerta, de que la idea de renunciar a privilegios está provocando que muchos hombres vuelvan a abrazar «unas masculinidades absolutamente reaccionarias» alumbrando una especie de «neomachismo o postmachismo».

Acabar con los privilegios y la desigualdad

Pregunta.- Acaba de publicar «La nueva masculinidad de siempre». ¿En qué consiste la masculinidad?  ¿Cómo afecta a los hombres?

Respuesta.- Cuando en este ensayo hablamos de lo masculino o de las presuntas nuevas masculinidades o de la masculinidad de siempre a lo que me refiero es a esos comportamientos heredados y hábitos sociales adquiridos que vienen de muy lejos y a esa expectativa de lo masculino, que va legándose de generación en generación.

P.- En este ensayo habla de dos características inherentes a la masculinidad, el estado de guerra constante entre hombres y la posesión del cuerpo de la mujer. ¿Es necesario deshacerse de estas cargas para alcanzar esas llamadas nuevas masculinidades?

R.- En los últimos años todas las conversaciones a propósito del feminismo han escalado a la primera plana de la conversación pública. Y eso lleva a hacerse una serie de preguntas en lo tocante a ser hombre, en lo tocante a «devenir» hombre, parafraseando a Simone de Beauvoir. Este ensayo surge como manera de cuestionar estas masculinidades y con una voluntad de encontrar el ADN histórico que llega hasta nuestros días acerca de lo que significa ser hombre, que efectivamente, descansa sobre esas características.

Para acabar con esos privilegios históricamente adquiridos por el hombre por el mero hecho de serlo y para acabar con esas relaciones de desigualdad, una de las hipótesis que planteo en el ensayo es que tenemos que renunciar a estas dos circunstancias: a la voluntad de colonizar el cuerpo de la mujer y al estado de guerra permanente con otros hombres.

«Estamos ante el avivamiento de unas masculinidades absolutamente reaccionarias»

P.- Sin embargo, también señala en el ensayo que a pesar de la transformación de la masculinidad durante los últimos años, el hombre sigue reivindicando su virilidad heterosexual, ¿Qué supone esto?

R.- Precisamente la escalada del feminismo a la primera línea de la conversación pública, ha traído consecuencias inevitables dentro de los comportamientos masculinos. Uno de ellos, quizá el más peligroso de todos, es que estamos ante el avivamiento de unas masculinidades absolutamente reaccionarias.

Es decir, a pesar de que pueda parecer que hay una sensibilidad mayor a estas problemáticas, esa base de la masculinidad no desaparece y ahí es donde surge este concepto de la «suma cero», que viene a decir que buena parte de las nuevas masculinidades consisten en renunciar a unos atributos de la masculinidad para vigorizar otros.

«Alerta» para no volver a viejos modelos de masculinidad

P.- ¿Estamos ante un momento crítico en lo que se refiere a volver a las viejas masculinidades?

R.- Se han abierto temas que eran tabú y han surgido toda una serie de movimientos sociales emancipatorios de gran interés y que están prometiendo transformaciones sociales reales. Pero también está teniendo lugar una respuesta con un contragolpe reaccionario. Entonces creo que estamos en un posible movimiento de transición donde o bien podemos seguir avanzando o bien todo lo conseguido puede volver atrás.

Es un momento de alerta y alertante ante el futuro. Y además, se reaviva si consideramos el contexto actual de coronavirus y crisis económica, ya que normalmente en los momentos históricos de crisis entra el miedo, y el miedo suele empujar a comportamientos conservadores.

Hemos avanzado mucho en los últimos años, lo cual es una buena noticia, pero creo que es un momento también de estar alerta para no perder buena parte de las conversaciones que han aparecido en esos tiempos.

P.- ¿Y cuál sería el camino para dejar atrás estas viejas masculinidades?

R.- En el momento en que estamos, hay tres opciones: una es el enquistamiento tradicional, enfocarse en las masculinidades reaccionarias. Otra es el ponerse de lado, hacer como que la conversación no va con uno, lo cual de alguna forma es una especie de complicidad con los viejos modelos. Y en tercer lugar, un planteamiento radical o total de lo que significa la identidad masculina, que desde luego es un camino largo y costoso, pero que probablemente sea el único éticamente posible que permita una libertad y una igualdad para hombres y mujeres.

Neomachismo o postmachismo para mantener privilegios

P.- Sobre estas diferentes posturas que pueden adoptar los hombres, ¿es posible que surja un nuevo machismo o una misoginia más oculta o enmascarada?

R.- En los últimos tiempos hemos encontrado movimientos de resistencia de muchos tipos, desde ese #NotAllMen, que viene a decir que «no todos los hombres son malos», pero que, desde mi punto de vista, supone no entender que estamos hablando de problemas históricos y estructurales.

La situación actual ha podido desencadenar lo que en el texto refiero como neomachismo o postmachismo, que es una manera de mantener los privilegios en un contexto en el que buena parte la por la población ya es consciente de estos temas. Históricamente los privilegios de la masculinidad se mantenían y pasaban de generación en generación de manera invisible, porque no había una conversación a propósito. Pero ahora que si que la hay y, de repente, asistimos a conversaciones que vienen a legitimar ese privilegio masculino en un momento de cuestionamiento.

Es una especie de dominación masculina más perversa.

Nuevas maneras de relacionarse

P.- Todo el texto gira entorno al amor, al deseo y a la violencia. ¿Por qué?

R.- Las relaciones entre hombres y mujeres están muy condicionadas por conceptos como el amor romántico o el matrimonio como en un sentido bíblico. A este propósito leía el otro día a Ana Requena sobre «Feminismo vibrante» y decía que después del momento traumático que pueda suponer el #MeToo es necesario pensar no solo en las cosas de las que hay que deshacernos, sino en una nueva manera de relacionarnos y en el caso de su libro en una nueva manera de concebir el deseo. Es un tema muy interesante pero plantea serias dificultades porque, efectivamente, implica plantar cara a una organización social que lleva manteniéndose a lo largo de milenios, esas ideas del amor romántico, del matrimonio, de la pareja ideal, de la posesión del cuerpo de la mujeres… y nosotros venimos de ahí de alguna forma.

Tenemos que plantear nuevas maneras de relacionarnos y esto implica un enfrentamiento total a nuestro orden social tal y como lo conocemos.

Romper con los vínculos de posesión

P.- ¿Estas nuevas formas de relacionarnos pasan por el poliamor y por el rechazo a la posesión?

R.- Algunas nuevas expresiones del deseo que han aparecido en los últimos años, como el poliamor y el amor plural, tienen que ver con esa rotura de los vínculos de posesión.

Esos vínculos de posesión, planteados seriamente creo que son fácilmente explicables, es decir, ¿por qué no experimentamos sentimientos negativos ante las relaciones físicas de nuestros amigos o amigas con otras personas, pero sí, en cambio, lo consideramos una ofensa cuando se trata de las personas con las que convivimos? Lo que pasa es que hay un cambio de las expectativas que tiene que ver efectivamente con la posesión. Esas relaciones celosas están enquistadas en nuestra sociedad desde hace siglos.

Romper con las relaciones de poder te lleva a esos nuevos modelos afectivos que no son infalibles, pero que sí rompen con esas taras o vicios que nos han llevado a una sociedad desigual.

«Una relación de igualdad pasa por un reparto equitativo de los cuidados»

P.- ¿Una nueva masculinidad pasa también por cambiar el rol en la paternidad y en los cuidados?

R.- Históricamente el modelo clásico de organización social ha estado basado en una división de los roles brutal y absolutamente artificial que respondía a cuestiones políticas y que algunas teóricas, como Monique Wittig, refieren como «la heterosexualidad de los sistemas políticos».

Los últimos dos años estas cuestiones se han ido poniendo sobre la mesa y creo que en 2020 a cualquier sujeto más o menos próximo a esos temas le resultará una inmoralidad esa división del trabajo como históricamente se ha planteado. Lo que pasa es que salir de esa división del trabajo no es fácil y efectivamente, la pandemia lo ha evidenciado.

Prácticamente habíamos llegado a un modelo donde ambos sujetos, hombre y mujer, parecían tranquilamente entregados a su trabajo, restando progresivamente el espacio a los cuidados, lo cual evidentemente es un espacio necesario para que la sociedad se siga manteniendo.

Ahora tenemos que plantearnos los tiempos del trabajo y de los cuidados y que una relación de igualdad pasa por un reparto equitativo de estos tiempos de cuidados.

P.- En su caso personal y echando la vista atrás, ¿Cómo diría que le ha afectado la masculinidad y cómo ha sido el proceso de deconstrucción?

R.- Yo formo parte de una generación de hombres, y de mujeres, que nos hemos planteado este tipo de cuestiones de una manera tardía. Es algo que nos ha pillado ya en una cierta madurez. Entonces plantearte que buena parte de esos comportamientos adquiridos no eran naturales, sino una especie de herencia envenenada que no traía tantos privilegios, sino también dolores, supone una molestia.

Acabar con todas estas problemáticas no es algo que se pueda hacer de un día para otro, el cuestionamiento y la revisión son procesos naturales por el que todos vamos pasando y que hay que ver con cierta humildad para poder conseguir el propósito de encontrar un horizonte más favorable.