8M: Carmen, mujer y… discapacidad

María G. de Montis y Carmen Sigüenza | Madrid - 8 marzo, 2022

Carmen Jiménez es madrileña, tiene 26 años y síndrome de Down. Su vida ha consistido en superar retos y no dejar de estudiar: le encanta aprender, cuenta, «porque es un método más para entendernos». Cursó los estudios de primaria y secundaria en centros públicos y después se matriculó en el grado en Farmacia y Parafarmacia, del que se graduó hace algunos años. En esa etapa quiso enfrentarse a nuevas experiencias y se fue de Erasmus, convirtiéndose en la primera española con síndrome de Down en formar parte del programa.

Ahora trabaja como técnica de farmacia en un hospital de Madrid, donde también es la única mujer con síndrome de Down de su equipo: «Fue como un tsunami, no esperaban a una persona como yo, pero me han integrado muy bien», explica en una entrevista con Efeminista que, con motivo del 8M, Día Internacional de la Mujer, ha querido visibilizar a 8 mujeres que se enfrentan a una doble discriminación.

En España hay 2,5 millones de mujeres con discapacidad, una cifra que alcanza los 41 millones en Europa y los 600 millones en todo el mundo. Algunas organizaciones estiman en 156.000 el número de mujeres con discapacidad en edad de trabajar y advierten que tan solo el 12,7 % de ellas tiene un empleo remunerado.

Carmen: «La sociedad espera muy poco de nosotras»

Pregunta: ¿Cómo ha sido tu vida hasta ahora?

Respuesta: Me llamo Carmen Jiménez, tengo 26 años y soy técnica de Farmacia. Nunca he estudiado en centros especiales. En algunos colegios he necesitado más apoyo y tiempo para los estudios y, a veces, me han adaptado las materias para poder avanzar. Acabé secundaria, pero repetí de tercero a cuarto. A mí me gustaba estudiar, creo que es un método más para entendernos, pero no sabía el qué. Me gustaba la historia y el latín, pero al final me metí en sanidad. Hay que saber de todo.

Me decidí por un ciclo de grado medio de Farmacia y Parafarmacia. Fui la primera persona con síndrome de Down que lo estudió ahí. Todos los días me tenía que tomar un paracetamol porque me dolía la cabeza de lo difícil que era.

Mientras estudiaba, me fui de Erasmus a Portugal. Me lancé porque lo hizo primero mi hermana mayor y, al terminar ella, yo quise irme. Quería todo lo académico y estar en una residencia con compañeros, convivir. Era una experiencia nueva, un reto: salir de mi casa, de la gente que me rodeaba y sobre todo vivir fuera. Luego volví a Madrid y terminé mis prácticas aquí. He sido la primera mujer de España con síndrome de Down que se lanzó a una Erasmus, estoy orgullosa. Estuve seis semanas.

Ahora estoy trabajando en el Hospital Puerta de Hierro, trabajo como técnica de farmacia. Los técnicos hacemos dispensación de productos, control de volúmenes y caducidades, un poco de todo. Soy la primera mujer con síndrome de Down en mi equipo, cuando llegué fue un tsunami. Ellos no se esperaban que llegase yo y no sabían qué iba a pasar.

Yo entro a las ocho: me levanto, desayuno y me voy a trabajar. Antes tenía turno de tarde, pero ahora tengo más tiempo para descansar, estudiar la oposición a técnica de farmacia y hacer alguna actividad que tengo por la tarde.

Creo que las mujeres con síndrome de Down tenemos que llegar lejos. Yo, aunque ya tengo trabajo, tengo otro sueño, que es sacarme la plaza de la oposición de técnica de farmacia. La estoy estudiando ahora también en una academia online. Y luego el carné de conducir.

P: ¿Cuáles son las discriminaciones que sufren las mujeres con síndrome de Down?

R: Creo que la más importante es la visión protectora de la sociedad y que se espera muy poco de nosotras. También la poca confianza que las empresas tienen para contratarnos cuando tenemos una titulación que hemos logrado con muchísimo esfuerzo y sacrificio.

En el ámbito laboral, que no confíen en mi capacidad para el trabajo. Mi primer día fue un tsunami para todos, nadie podía imaginar que la técnico de farmacia que se incorporaba fuera yo. Para mí fue un duro golpe y sentí una gran frustración porque comprobé que no era el tipo de persona que esperaban. Ahora, en el trabajo me siento integrada. Yo me integro fácilmente, pero además mis compañeros me han ayudado muchísimo. 

Otro problema es que no hay protocolos sencillos de acogida ni de adaptación al puesto de trabajo previos a nuestra incorporación. Es necesario que se entienda que la inclusión laboral requiere ajustes y apoyos iniciales. Somos trabajadoras comprometidas con el trabajo bien hecho.

También es difícil la soledad. Yo tengo amigos y a veces quedo con ellos: algunos son del colegio y otros son del ciclo, pero son pocos. La integración no es fácil, lo he pasado muy mal. Siempre he tenido un grupo de compañeros, pero no todos eran mis amigos.

Yo sufrí acoso por parte de un compañero del colegio, tuve que ir a un juez. Me aterrorizó. Escribía comentarios sobre mí, cosas agresivas. Yo tenía 17 años. Me quedé muy mal, necesité ayuda del psicólogo. Necesitaba que alguien entendiese la situación. Al final, lo denunciamos.

P: ¿Qué quieres reivindicar este 8 de Marzo

R: No voy a ir a la manifestación porque me da miedo, aunque vayamos con mascarillas, pero voy a pensar en todas las mujeres y niñas ucranianas con síndrome de Down que están viviendo la guerra.

Me gustaría reivindicar que las leyes se cumplan: si queremos que las mujeres con síndrome de Down seamos valiosas tenemos que estar presentes en las empresas. También que las personas que nos reciban sean empáticas y sensibles con las diferencias humanas para humanizar el trabajo.

Es muy importante contar con fundaciones y asociaciones que ayuden a las empresas a lograr nuestra inclusión laboral. Yo cuento con el apoyo de Down España, la Fundación Unicap y la Fundación Aprocor. Es necesario conocer y vivir la diversidad con naturalidad porque eso permite que todos podamos aprender a trabajar juntos, es un reto compartido.

8M: mujeres con discapacidad en cifras

Las mujeres con discapacidad han estado tradicionalmente fuera del mapa. Hasta la década de los 90 ni los estudios feministas tenían en cuenta a las mujeres con discapacidad ni los estudios de discapacidad contaban con perspectiva de género, según cuenta a Efeminista la directora de comunicación y relaciones institucionales de la Federación Española de Síndrome de Down, Beatriz Prieto Fernández.

«En las propias asociaciones de personas con discapacidad el tema de género es un tema muy reciente», añade. Ahora, advierte, la visibilidad social de estas mujeres es mayor, lo que favorece poco a poco su integración como personas autónomas.

Sin embargo, las cifras en el ámbito laboral no acompañan. De cada cuatro empleos que se generan para personas con discapacidad, tan solo uno es para una mujer y, por lo general, es el peor remunerado. Se estima que en España hay unas 156.000 mujeres con discapacidad en edad de trabajar, pero tan solo el 12,7 % de ellas tiene un empleo remunerado.

La violencia por parte de sus parejas, compañeros o familiares son una máxima en la vida de las mujeres con discapacidad. Hasta hace poco más de un año, en España era legal practicar esterilizaciones forzosas a las mujeres con discapacidad intelectual, pese a ser una vulneración explícita de la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad.

En España, una de cada tres mujeres con discapacidad sufre violencia de género. De cada cinco víctimas mortales por violencia de género, una es una mujer con discapacidad (20 %).

La salud reproductiva y ginecológica de las mujeres con síndrome de Down recibe poca atención, advierte. Solo un 37 % de ellas acude al ginecólogo con frecuencia. Además, las asociaciones denuncian falta de conocimiento y sensibilidad. También se ha constatado falta de conocimiento y sensibilidad en el trato en los profesionales sanitarios.

En opinión de Prieto, «hay algo en común entre el feminismo y la discapacidad: el sentimiento de opresión y discriminación».

«A las mujeres con discapacidad no se les ha considerado mujeres, sino que han estado confinadas a una categoría distinta, no sexuada. No se les ha permitido el acceso a elementos que construyen la categoría patriarcal de ser mujer: la belleza, la sexualidad, la maternidad o el cuidado», enumera Prieto Fernández.

Por eso, «por más represores que estos sean, acceder a esos elementos estereotipados puede ayudarles a reivindicar su derecho a ser mujeres y a desarrollar una identidad de género que históricamente se les ha negado«, concluye.