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Raquel Taranilla, autora de "Mi cuerpo también". Foto: Ivan Giménz - Seix Barral

Raquel Taranilla deja el testimonio de su resistencia al discurso médico en «Mi cuerpo también»

Cristina Bazán | Guayaquil - 31 mayo, 2021

Tras haberse enfrentado a un cáncer, Raquel Taranilla se dio cuenta de que la historia que se guardaba sobre ella en el archivo médico era incompleta, por lo que decidió alzar su voz y publicar su propio relato como un acto de resistencia.

Así nació «Mi cuerpo también» (Seix Barral, 2021), un libro de autoficción en el que la autora repasa, desde su realidad, todo lo que sucedió desde que empezaron sus dolores de espalda, cuya causa (un cáncer en la sangre) solo un médico supo diagnosticar.

«Al principio pensaba que mi historia ya estaba contada. Pero un día, en la consulta de mi hematólogo, me quedé sola con la carpeta, la abrí y leí una frase que decía: “Mujer joven, 27 años, afebril y refiere dolor de espalda”. Entonces me di cuenta de que ahí había un relato, que la clínica no sólo había administrado mi cuerpo, sino que había contado su historia«, recuerda en una entrevista con Efeminista.

Taranilla (Barcelona, 1981) entonces quiso «completar esa historia en una relación de igualdad con la medicina pero desde otros lugares».

Contar su relato como un acto de resistencia

La autora explica que al principio creyó que su relato era un acto de respuesta al discurso médico más que uno de resistencia. Pero, tras leer una reseña de la escritora Nora Catelli se convenció de que lo que había hecho era eso: resistir.

«La resistencia me parece demasiado fuerte, pero me encanta porque mirando con distancia sí es un acto de resistencia, una resistencia que tiene que ver con el mantenimiento de la voz«, afirma.

La también profesora universitaria señala que a pesar de la enfermedad, el tratamiento y lo que vivió en la clínica, tenía claro que nadie iba «a terminar con la voz» que surgía de su cuerpo.

«Creo que si no hubiese contado esas cosas se hubiesen muerto porque se me habrían olvidado. Y creo que son valiosas. Esto es un acto de decir: “Yo no soy el objeto en que me transformó la medicina cuando me colocó en posición vertical y me empezó a tratar, sino que soy un sujeto”. Porque lo que diferencia a los objetos de los sujetos es que los sujetos hablan y yo estaba jodida, pero seguía pensando para hablar después. Y aquí estoy hablando», recalca.

Taranilla ha vuelto a leer este relato que publicó por primera vez en 2015, cuando todavía estaba en remisión, y sostiene que se siente sorprendida de su temple ante la enfermedad.

«Una pensaría que se va haciendo cada vez más fuerte y cada vez va encajando mejor la presencia del cáncer en su vida pasada, pero no es cierto. Mi relación con la enfermedad ha generando un montón de capas nuevas, no siempre pacíficas», confiesa. Y agrega que, pese al paso de los años, no ha podido recuperarse de su dolor mental y emocional.

La relación con su cuerpo

Escuchar e interpretar lo que quería decir su cuerpo es una de las labores que Taranilla ha tenido que reinventar después de su pelea contra el cáncer.

«Hay un momento en el que me doy cuenta de que no tenía las herramientas necesarias para mirar mi propio cuerpo, porque por el cáncer no podía mirar en determinadas magnitudes, pero tampoco tenía las palabras para identificar lo que me estaba pasando», cuenta.

Es por eso que parte de «Mi cuerpo también» tiene que ver con «proponer palabras, ideas e imágenes» que sirvan a los lectores para mirar el propio cuerpo.

La autora cuenta a Efeminista que siempre se propuso a hacer un relato «muy completo» y alejado del dolor, pues la presencia del cáncer en el cuerpo «es algo tan abundante» que no todo es dolor. «Son muchísimas otras cosas más que ocurren en un cuerpo y en una mente enferma y en tratamiento«.

«No me estaba doliendo todo el tiempo el cuerpo ni el alma. Yo estaba pasando por muchas cosas y el libro tiene que ser eso. Es un discurso de una pintura de muchos colores, al igual que lo es la enfermedad», agrega.

Portada del libro «Mi cuerpo también». Foto: Seix Barral.

El tratamiento y el cuerpo de la mujer

La culpa que recae sobre el cuerpo también es tratada en el libro, pues Taranilla tuvo que someterse a tratamientos que la hicieron infértil y menopáusica antes de los 30.

Al principio, asegura que  sintió culpa porque pensó que la enfermedad se la había provocado ella misma. El sentimiento crecía cuando sentía que no era capaz de explicarle sus síntomas a los múltiples médicos que la atendieron y que no descifraron su enfermedad.

Ya con el tratamiento, la culpa se trasladó al deseo de controlar que todo lo que le hicieran «se desarrolle en buenos términos» para que no se afecten otras partes de su cuerpo. «Esto tiene una dimensión cruel en el caso de las mujeres porque el tratamiento de quimioterapia afecta de manera muy cruenta al cuerpo femenino«, sostiene.

«En mi caso fue muy doloroso porque que fuese a perder la fertilidad y que me fuese a convertir en una joven menopáusica fue algo que se decidió sin mi presencia, porque parecía algo que no era importante», recalca.

Menciona, además, que la importancia de esta decisión no solo recae en que la mujer no podría tener hijos, sino en los cambios que su cuerpo va a experimentar con el tratamiento. Cambios que se sobrevuelan «sin darles demasiada importancia» porque, asume, «parece que lo importante en ese momento es salvarte la vida, que sin duda lo es».

«Un asunto de mujeres»

La escritora dice que, sin asegurar que no es que no se ponga atención en paliar los efectos del tratamiento, no cree que estas consecuencias se analicen como prioritarias. «Y sospecho que tiene que ver con que es un asunto de mujeres«, afirma.

«Hay muy poca investigación, escasísima, acerca de las mujeres como yo que nos quedamos estériles antes de los 30 por una menopausia anticipada. ¿Por qué? Porque somos mujeres y porque además somos pocas mujeres. Somos una de cada mil. Y no solo por cáncer», reitera.

La autora de «Noche y océano» dice que estos asuntos «no se convierten en un tema de contrato médico» porque la solución parece fácil. «La solución es tomar pastillas anticonceptivas permanentemente hasta que decides tener hijos. Entonces te sometes a un tratamiento de reproducción asistida con las consecuencias que tiene este mercado».

Aquí, entonces, «interviene el feminismo y el capitalismo». «Interviene el planteamiento absolutamente neutro y por ende masculino de la medicina y por otro lado el capitalismo que ya encuentra la manera de resolver ese problema que se nos presenta a muchas mujeres a través del mercado».