Foto de unas matronas que practican el suturado de un desgarro posparto sobre un modelo de gomaespuma. EFE/Javier Cebollada
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El otro lado de la maternidad, relatos de violencia obstétrica
Rosa María salió del hospital con su hija recién nacida, una cicatriz que le atravesaba de lado a lado la parte baja del abdomen -que tardaría unos meses en curar- y una herida psicológica que jamás sanaría. Pero también salió sin el historial médico de su embarazo con el que fue ingresada de parto tan solo unos días antes.
En circunstancias aún sin esclarecer, dentro del hospital se extraviaron todos los documentos que acreditaban su gestación y las múltiples veces que acudió a urgencias en busca de una atención médica que, según denuncia, le fue denegada hasta en tres ocasiones.
La desaparición de estos registros no fue el único hecho irregular que Rosa María detectó una vez que se sintió preparada para recapitular los traumáticos eventos que marcaron el nacimiento de su única hija.
De acuerdo con los únicos informes que conserva tras la desaparición de su historial de embarazo, la madre ingresó de parto en la semana 41+5 de gestación. El alumbramiento se desarrolló con complicaciones, entre las que se registró la presencia de meconio intrauterino, una condición más frecuente a partir de la semana 41 de embarazo.
Sin embargo, el informe de alta emitido por el hospital indica que el parto de Rosa María tuvo lugar en la semana 40+5, un dato que no coincide con el resto de la documentación.
Dos de cada tres mujeres experimentan violencia obstétrica
La mujer relata cómo, a lo largo de varios días, se le negó la admisión en el hospital con el argumento de que era madre primeriza. Ya ingresada de parto, afirma haber recibido comentarios despectivos y un trato que describe como deshumanizante por parte del personal sanitario.
La Confederación Internacional de Matronas (ICM) incluye experiencias como las de Rosa María en su definición de violencia obstétrica. Además, esta organización ha instado a organismos internacionales a adoptar este término para visibilizar lo que considera un problema estructural.
Según los datos del Instituto Nacional de Estadística, en los cuatro primeros meses de 2025 se han producido 51.306 nacimientos. Si se considera que, de acuerdo con un informe publicado por Women and Birth en 2021, dos de cada tres mujeres experimentan algún tipo de violencia obstétrica, la estimación se sitúa en 34.204 posibles casos en lo que va de año.
Este estudio revela que la violencia obstétrica no es sólo frecuente, sino también diversa en sus manifestaciones. Como en el caso de Rosa María, algunos de los aspectos que destacan entre las víctimas son la sensación de vulnerabilidad, culpa e inseguridad.
Más de la mitad de las encuestadas declaró haber sufrido violencia física durante el parto. Un 36,7 % reportó violencia psicoafectiva, y un 25,1 % denunció haber recibido maltrato verbal.
Sin embargo, ellas y sus bebés no son las únicas víctimas. “Aquí no va de víctimas y verdugos, sino si acaso víctimas somos todos”, expresa Olga Bautista Garrido, médica especialista en psiquiatría.
Esta violencia que sufren mujeres de todas las edades, estatus y situaciones sociodemográficas no solo afecta a las madres. La falta de formación al respecto y la ausencia de un discurso social solidificado convierten al personal sanitario en víctimas de un problema social mucho más amplio.
El “potro de tortura obstétrico”
El primer registro de las prácticas violentas ejercidas hacia las mujeres durante el parto aparece en 1827, en una publicación de la revista médica británica The Lancet.
En ella el obstetra James Blundell denunció la brutalidad con la que se atendían a las mujeres durante el alumbramiento. Para ello hace uso del término metafórico “potro obstétrico”, con el que comparó la violencia ejercida sobre las embarazadas con un potro de tortura, un instrumento medieval destinado a infligir dolor extremo.
Este “potro de tortura obstétrico”, según explica Blundell, era el resultado de la ignorancia y la violencia en la atención al parto.
Aunque el concepto de violencia obstétrica ha evolucionado a lo largo de los años, en especial para incluir en su definición los tratos deshumanizantes e irrespetuosos, la falta de conocimiento y el ejercicio de poder sobre los cuerpos de las mujeres siguen presentes en muchas prácticas actuales.
En el año 2014, y sin mencionar explícitamente la violencia obstétrica, la Organización Mundial de la Salud (OMS) publicó un comunicado en el que se instaba a la prevención y erradicación de toda falta de respeto y maltrato hacia las mujeres durante los procesos de parto.
Este comunicado nació como consecuencia de un panorama alarmante en lo correspondiente a la salud reproductiva, pues cada vez más investigaciones denunciaban los tratos “irrespetuosos, deshumanizantes y negligentes” que las gestantes experimentaban durante sus partos.
La Relatora Especial de Naciones Unidas, Dubravka Šimonović, hizo uso del término en un informe emitido por la Asamblea General de Naciones Unidas en 2019 para denunciar que esta forma de violencia es un fenómeno sistemático y generalizado.
Sin embargo, este concepto no cuenta con una gran acogida a nivel global.
“El término ‘violencia obstétrica’ se utiliza ampliamente en América del Sur, pero no se usa todavía en el derecho internacional de los derechos humanos”, especifica Šimonović.
En un comunicado de 2021, la Sociedad Española de Ginecología y Obstetricia (SEGO) hizo público su rechazo hacia el concepto de violencia obstétrica, al que tacharon de inapropiado, dañino y amenazante para referirse a una mala praxis.
La filósofa y antropóloga Eva Margarita García, autora de la primera tesis doctoral acerca de esta violencia en Europa, considera que el rechazo por parte de quienes trabajan en el ámbito sanitario hacia este término contribuye a invisibilizar un problema al que considera como estructural.
“El silencio en realidad es una violencia”, explica la doctora en antropología. “Callar sobre algo, la propia invisibilización, forma parte de la peor forma de violencia que existe. Porque si tú no lo nombras, si tú algo lo escondes, ese algo no existe y, por lo tanto, no podemos hablar de ello”.
Desnuda, abierta de piernas e ignorada
Cuando Rosa María fue ingresada de parto, tras varios intentos en los que sus síntomas fueron desestimados, se acercaba a la semana 42 de gestación. Las contracciones eran cada vez peores y notaba cómo su bebé se movía con cada vez menos energía.
“Yo ya sospechaba que algo no iba bien, porque mi hija ya no se movía”, rememora entre sollozos.
Tumbada en una camilla, con las correas de monitoreo fetal colocadas sobre su vientre, lo único que escuchó por parte de la enfermera que la atendió fueron reproches. La sanitaria increpó a la embarazada de forma brusca y acusatoria.
“Ponte eso bien, que no se oye nada”, le reprendió la profesional, sin contemplar la posibilidad de que el latido del bebé fuese débil por complicaciones médicas. “Está bien puesto”, respondió Rosa María, “es que mi hija no está bien”.
Olga Bautista Garrido destaca la importancia de acompañar de forma empática a las mujeres durante su proceso de parto. Las vivencias y conversaciones experimentadas durante el parto se registran con mucha más fuerza en la memoria de las madres como consecuencia de los procesos hormonales y cognitivos de las embarazadas.
Comenzar la maternidad con recuerdos negativos del nacimiento del bebé puede provocar graves secuelas en las madres, que van desde trastornos de ansiedad y depresión hasta trastornos de estrés postraumático y alteraciones en el vínculo maternofilial.
“La onda expansiva de no cuidar la etapa perinatal es enorme, es para toda la vida”, alega la psiquiatra.
Rosa María, que decidió no volver a ser madre ante el trauma que le supuso esta experiencia, no puede evitar que se le salten las lágrimas cada vez que habla del nacimiento de su hija.
“Avergonzada, ignorada y deshumanizada” son las palabras que predominan en su testimonio, adjetivos con los que tantas otras mujeres víctimas de violencia obstétrica en España pueden sentirse identificadas.
“Te quedas ingresada. Estás de parto, pero va para largo”, le comunicó el primer médico que la atendió, en la que era ya su cuarta visita al hospital en dos días.
Sin embargo, todo fue más rápido de lo esperado, pues algo no iba bien con su bebé.
La tranquilidad de tener la tan ansiada confirmación de que estaba de parto se esfumó pronto. La sala se empezó a llenar de gente, desplazaban su cuerpo de un lado a otro, la exploraban e intervenían sin su consentimiento y nadie respondía a sus preguntas sobre el estado de salud de su hija.
“Me subieron para arriba en la camilla. Igual que un puto coche”, espeta con rabia y dolor. “Yo estaba desnuda, embarazada y abierta de piernas. Y me metieron algo, yo no sé el qué, pero a los dos minutos se escucharon gritos de que necesitaba una cesárea”.
Lo que Rosa María no supo, hasta muchos años después de su parto -porque según relata, nadie se lo explicó-, fue que el personal sanitario estaba comprobando los índices de sufrimiento fetal.
Andrea B., una enfermera en su segundo año de residencia como matrona, explica que, a través de la vagina de la madre, se realiza una punción en la cabeza del bebé, a través de la cual se extrae sangre para detectar problemas.
“Se le saca cuando ves que la gráfica de frecuencia del bebé es susceptible de que quizás no esté todo lo bien que debería”, explica la enfermera.
Varias semanas después de dar a luz, una matrona que revisó el informe de alta de Rosa María le explicó lo que había sucedido: la presencia de meconio intrauterino, posiblemente provocada por altos niveles de estrés fetal y una gestación prolongada, obligaron al personal sanitario a realizar una cesárea de urgencia.
Ana Iglesias, abogada y colaboradora en la asociación El Parto Es Nuestro, afirma que la desestimación de los síntomas de parto en madres primerizas también constituye violencia obstétrica.
“Aunque sea el típico comentario de ‘tú no puedes estar de parto, tú eres primeriza, vete para tu casa’. Y luego, ¿qué pasa? Que hay niños que nacen mal”, expresa la abogada.
Apenas una hora tras su ingreso, Rosa María se despertó en una sala de reanimación, junto con muchas otras personas recién operadas. “Yo preguntaba por mi hija, nadie sabía nada. Yo solo quería ver a mi hija; nadie sabía ni que había tenido un bebé”, retrata con la voz triste y nerviosa de quien rememora el terror de no saber si su bebé había sobrevivido.
La madre fue de las últimas personas en conocer a su hija. Casi todos los miembros de su familia se le adelantaron en el momento de ver por primera vez a la criatura que cambiaría su vida para siempre.
Años después, sin documentos que respalden lo ocurrido y con su memoria como única prueba de la experiencia traumática que experimentó, la cicatriz de su vientre le recuerda cada día que no fue escuchada, y que su hija podría haber nacido con secuelas mucho más graves.
La precarización de la sanidad
“A la matrona y a mí, que estuvimos ahí presentes, nos hicieron cómplices por el mero hecho de que teníamos que estar presentes”, relata la enfermera residente, que presenció un parto en el que se realizaron intervenciones obstétricas inapropiadas.
“Sentir que eres cómplice de una cosa con la que estás tan en desacuerdo es terrible”, añade al recordar la escena.
En su tesis doctoral, Eva Margarita García se sorprendió al descubrir esta otra cara de la violencia obstétrica, en la que el personal sanitario también sufría como consecuencia de lo que formaba parte de un problema social más amplio.
La precarización del sistema de salud es uno de los factores que estas expertas vinculan con la persistencia de actuaciones asociadas a la violencia obstétrica.
El número de enfermeras desempleadas creció en un 37,3% entre 2021 y 2023, y el 80,7% de los contratos de 2023 fueron temporales, según los datos publicados por el Ministerio de Sanidad en enero de 2025.
De acuerdo con este mismo informe, España atraviesa actualmente un déficit de enfermeras, una de las principales causas de la sobrecarga de trabajo y el deterioro de la calidad en la atención a los pacientes.
Para alcanzar los ratios promedio de la Unión Europea, harían falta 100.000 profesionales de la enfermería adicionales, una meta que, de acuerdo con las proyecciones demográficas actuales, tardaría entre 22 y 29 años en alcanzarse.
“El sistema sanitario está muy tensionado por los tiempos y por los ratios de profesionales insuficientes”, apunta Olga Bautista Garrido. “Entonces, si tú tienes diez partos a la vez y cuatro ginecólogos y tres matronas, pues haces lo que puedes”.
La falta de recursos genera además una atención psicológica perinatal insuficiente dentro del sistema de salud pública. “Hoy por hoy, el personal exclusivo para esto es prácticamente inexistente”, expresa la psiquiatra.
A Bautista Garrido le consta, además, que quienes trabajan en salud sufren un profundo desgaste moral al no poder hacer su trabajo de manera adecuada. Esta situación, con el tiempo, da lugar a mecanismos de defensa por parte del personal sanitario frente a las acusaciones de negligencia o violencia.
Otro factor que contribuye al aumento de casos de violencia obstétrica es la falta de formación al respecto por parte del personal sanitario.
“El contenido de violencia obstétrica que se da en la carrera es ridículo, es irrisorio”, confiesa Andrea B. “Continúa siendo un tema del que te tienes que informar por motu proprio”.
El Ministerio de Igualdad ha lanzado recientemente una iniciativa a través de la cual financiará la educación de los estudiantes de enfermería y medicina residentes que quieran formarse en el curso ofertado por la Universitat Jaume I titulado “Protegiendo y garantizando los derechos sexuales y reproductivos en el ámbito ginecológico y obstétrico”.
El objetivo de este proyecto es promover la investigación de la salud reproductiva de las mujeres y garantizar la protección de sus derechos sexuales en el ámbito de la ginecología y la obstetricia.
Sin embargo, la participación es de carácter optativo. En el caso de Andrea B., señala que la mitad de sus compañeras han decidido apuntarse a la formación.
“Yo personalmente creo que es un error que todos estos cursos sean voluntarios”, opina Eva Margarita García, a lo que añade que el problema reside en “una medicina androcéntrica en la que todo lo que salga de ahí es percibido con rechazo”.
Según advierte la filósofa y antropóloga especializada en género, la medicina androcéntrica promueve una cosificación de los cuerpos de las mujeres, que se traduce en tratos deshumanizantes, especialmente durante los partos.
“Realmente lo que estás es cosificando el cuerpo de la mujer porque la estás viendo como una máquina o un contenedor de bebés. Entonces, tú a un contenedor no le dices lo que le estás haciendo, simplemente manipulas y vas a lo tuyo”, expresa García.
Bautista Garrido advierte también sobre la normalización de los aspectos más duros de la maternidad, a través de los cuales se asume que el sufrimiento es inevitable.
“Como sociedad vivimos de espaldas a las emociones”, señala. “Y la realidad en el postparto no mejora, porque lo que te espera en el mejor de los casos es la soledad”.
Lo mismo perciben las matronas Susana Iglesias, Marta Conde, Sofía González y Mª Esther Prada, que afirmaron en un estudio publicado en 2019 que “tanto los sanitarios como el resto de la sociedad han normalizado cierta violencia como inherente al proceso de convertirse en madre”.
Alzar la voz para luchar contra el silencio
Ana Iglesias se encontró por primera vez con el término de violencia obstétrica cuando aún cursaba sus estudios en derecho. Una amiga suya se encontraba realizando sus prácticas como matrona, y le alertó de conductas que observaba en los paritorios y que le parecían alarmantes.
Estas dos amigas querían ver si esa realidad observada tenía nombre y, sobre todo, si era legal que se permitieran tales conductas hacia las mujeres embarazadas.
Ante la ausencia de tipificación legal al respecto en España, Iglesias buscó otras formas de darle voz a un problema que tanto le había marcado.
Fue así como empezó a colaborar con El Parto Es Nuestro, una asociación feminista sin ánimo de lucro cuyo objetivo es garantizar una mayor calidad en la atención sanitaria a mujeres e hijos en todas las etapas del proceso reproductivo en España.
Iglesias forma parte del equipo de la asociación que ofrece asesoramiento jurídico a las víctimas. Sin embargo, señala que “la mayoría de reclamaciones no llegan a nada”.
La abogada comenta que, ante la ausencia de legislación sobre violencia obstétrica en España, las mujeres presentan muchas dificultades para denunciar y probar los hechos ocurridos en los partos.
Muchas de las madres que acuden a la asociación cuentan con informes médicos, pero en ellos no siempre quedan reflejadas todas las intervenciones realizadas. Además, aquellos casos en los que se sufre violencia verbal no quedan recogidos.
En casos como el de Rosa María, en los que los historiales médicos han desaparecido y en los que los documentos de alta presentan irregularidades, las mujeres no tienen más opción que resignarse.
Pese a la ausencia de un respaldo legal que reconozca la violencia obstétrica como delito en España, abogadas, activistas y profesionales de la salud insisten en la necesidad de visibilizar esta problemática. Consideran que hablar de ello es un paso fundamental para que más mujeres puedan identificar experiencias que, aunque frecuentes, siguen siendo invisibilizadas.
“Porque las propias víctimas no saben que han sido víctimas”, indica Iglesias.
Eva Margarita García, a través de su cuenta de Instagram @violenciaobstetricaespana, trata de impulsar el trabajo de concienciación en redes sociales. La antropóloga defiende que dar voz a las víctimas les ayuda a sentirse acompañadas en un proceso marcado por el dolor y la soledad.
Al finalizar cada entrevista, las mujeres agradecen el interés, el espacio y la posibilidad de ser escuchadas. Porque en la violencia obstétrica apenas hay justicia, pero sí existe comunidad, escucha y reparación colectiva.
Casi un cuarto de siglo después del único embarazo de Rosa María, la cicatriz de su vientre le impide olvidar. Le recuerda que fue madre, pero también la transporta a esos momentos en la sala de reanimación, sola, sin el bebé que la había acompañado durante nueve meses.
Mujeres como ella arrastran durante toda su vida el trauma experimentado en sus partos. Y, por ahora, la historia sigue repitiéndose.