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María San Miguel, actriz y dramaturga: "Siempre he querido contar la historia enterrada de nuestro país"
La actriz, dramaturga y directora María San Miguel lleva desde los 17 años investigando y trabajando sobre la memoria colectiva de España y sobre la violencia que marca y atraviesa a todo un país, una trayectoria que ha sido reconocida con el Premio 'El Ojo Crítico' 2025 de Teatro, cuyo jurado ha destacado "su mirada total" con la que ha desarrollado "una obra marcada por la investigación escénica y la rigurosidad a la hora de concebir el teatro documental".
"La memoria democrática siempre ha sido mi tema, en lo que quise trabajar desde que empecé a estudiar teatro a los 17 años. La historia invisibilizada de nuestro país, la historia que está bajo nuestra tierra", recuerda.
En una entrevista con Efeminista, San Miguel (Valladolid, 1985) hace un recorrido por su trayectoria profesional marcada, como ella dice, "por su mirada de mujer feminista, de izquierdas y de hija de la clase obrera" y habla de la libertad que da trabajar desde el margen, de las dificultades que supone ser el pez chico en la industria teatral y de las traiciones y decepciones profesionales, algo que, junto con el fallecimiento de su padre durante la pandemia, la sumió en una fuerte depresión.
Toda la trayectoria de María San Miguel está vinculada al teatro documental y a la memoria colectiva. Desde la trilogía Rescoldos de paz y violencia -compuesta por Proyecto 43-2, La mirada del otro y Viaje al fin de la noche- hasta trabajos más recientes como I’m a Survivor o Federico. No hay olvido, ni sueño: carne viva, su obra explora el dolor, la reparación y las heridas que atraviesan a una sociedad.
Fruto de una profunda investigación y de años de trabajo, en 2015, su compañía de teatro estrenó La mirada del otro, basada en los encuentros restaurativos entre víctimas de ETA y exmiembros de la organización terrorista. Una historia que años después, en 2021, la directora Icíar Bollaín llevó al cine con Maixabel, película que a San Miguel le hizo sentirse "traicionada" y con una "profunda sensación de injusticia", al considerar que gran parte del material que se utilizó formaba parte de sus investigaciones sobre memoria, violencia y reparación.
"Mi trayectoria está marcada por las violencias que llevamos en el cuerpo"
Pregunta (P). ¿Cómo resumirías tu trayectoria profesional y qué momentos han marcado tu carrera?
Respuesta (R). Mi carrera se conoce a partir de la trilogía sobre la violencia en el País Vasco, que es la ópera prima de la compañía y un proyecto en el que trabajamos más de diez años y al que seguimos muy vinculadas porque seguimos representando las funciones y en contacto con las personas que nos regalaron sus testimonios.
Empezamos a hablar del País Vasco cuando casi nadie hablaba, y el camino fue difícil porque, además, coincidió con el cese definitivo de ETA. Es uno de los grandes hitos de mi carrera y, en su momento, ocupó un tercio de mi vida. Yo empecé con 24 años y a los 30 seguía metida en ese tema. Después vino un gran vacío hasta que el Centro Dramático Nacional me dio la oportunidad de hacer un proyecto de investigación sobre los cuerpos, el sexo, la violencia y la diversidad, pero llegó la pandemia y lo truncó.
Presenté entonces un proyecto para hablar de mi padre, de los cuidados y de los cuerpos, pero, cosas del destino, mi padre murió inesperadamente en pandemia. Entonces tuve la oportunidad de trabajar con mi madre, un trabajo más desconocido pero muy importante en mi carrera, primero por el momento en el que estaba, porque mi vida se había roto con la muerte de mi padre, y segundo porque me permitió trabajar con el documento en vivo, que era mi madre, y dar voz a las mujeres de su generación, que tampoco forman parte de la escena.
En ese primer año tan loco tras la muerte de mi padre, estrenamos I'm a Survivor, en el Festival de Otoño, y Y llegar hasta la luna, en el Centro Dramático Nacional, pero como, sin ser subversiva ni considerarme subversiva, siempre he trabajado en el riesgo o en lo incómodo, lamentablemente, tuvo muy poco recorrido. Eso me sumió en una gran crisis. Fue difícil... Luego hice una performance, en al que por primera vez estaba sola en escena, una especie de spin-off de ese duelo por la muerte de mi padre y de otros duelos que se acumularon y que tienen que ver con lo profesional y con los desencantos y las decepciones personales.
Y en ese momento, cuando yo quería dejarlo todo por una gran crisis vital, llegó Federico (Federico. No hay olvido, ni sueño: carne viva) y, de manera un poco mágica, se nos abrió la oportunidad de trabajar en lo que siempre había querido contar que era la historia enterrada en nuestro país y hacerlo a través de Federico García Lorca, un artista referencial, no solo por su poesía y por su teatro, sino también por su militancia política tan invisibilizada. Ahora estamos trabajando sobre la memoria democrática, que siempre ha sido mi tema, en lo que quise trabajar desde que empecé a estudiar teatro a los 17 años, que es la historia invisibilizada de nuestro país, la historia que está bajo nuestra tierra.
"Mi trayectoria profesional está marcada por este trabajo con lo documental, con las personas, con sus territorios y con las historias de memoria y de violencia que llevamos en el cuerpo".

La actriz, dramaturga y directora de escena, María San Miguel, durante una entrevista con Efeminista. EFE/Laura de Grado
"El arte es algo colectivo, algo profundamente político"
P. Tu trabajo ha sido reconocido con el Premio ‘El Ojo Crítico’ 2025 de Radio Nacional de España en la categoría de Teatro. ¿Qué ha supuesto para ti este reconocimiento?
R. Pues una emoción enorme, no me lo esperaba. Pensaba que no me lo iban a dar nunca. Me gustó muchísimo y me emociona que valorasen el rigor documental, el rigor de nuestro trabajo como compañía, la búsqueda de esos nuevos lenguajes y de la sensibilidad, y los aportes que desde nuestro teatro hacemos a temas que en el discurso oficial parece que están muy manidos, pero que en realidad no lo están.
El jurado también valoró que doy trabajo a mucha gente, y eso para mí siempre ha sido importante. He crecido en una familia donde los derechos y libertades han sido una parte fundamental de mi educación, y creo que este premio reconoce también el trabajo digno que hago con la compañía y con mis compañeros y compañeras. Aunque somos una estructura muy pequeñita, generamos muchos puestos de trabajo y peleamos mucho para que ese trabajo sea digno, aunque eso me suponga mucho cansancio y estas ojeras.
P. Gran parte de tu obra gira en torno a la memoria histórica, a la vivencia política y al dolor colectivo. ¿De dónde nace ese interés?
R. Nace de la familia en la que he nacido y de toda la conversación política que ha habido en mi casa. Mi madre cuenta que yo jugaba a las reuniones políticas, a las asambleas, imagínate. Viene de ese interés y de que desde mi adolescencia y mi juventud, en la universidad y en la escuela de teatro, he tenido la suerte de encontrarme con maestros como María del Mar Navarro que entienden las artes como algo colectivo, como algo profundamente político y como algo que, de alguna manera, está en el margen, y el margen te da libertad. Lo que más me gusta, y también lo que más conflicto me ha generado en mi carrera, es poder tener una compañía independiente que me permita ser libre y hacer lo que me dé la gana.
En mi casa ha habido mucha conversación sobre el dolor y sobre nuestra memoria porque nuestra familia está atravesada por las ejecuciones en la guerra civil y eso me ha hecho encontrarme con esa gente que también tiene unos dolores que entiendo como míos. Creo que es imposible no identificarse con el otro cuando te sientas a hablar con él, a escucharlo y a mirarlo a los ojos.
"Con 'Maixabel' me sentí traicionada"
P. Has hablado de los desencantos profesionales y, en una entrevista en el Diario Público. dijiste que con la película Maixabel te sentiste traicionada y te generó profunda sensación de injusticia. ¿Qué ocurrió y por qué te afectó tanto?
R. Confieso que todavía me da miedo hablar de esto. Ha sido un silencio que me ha acompañado muchos años, que me ha hecho mucho daño y que me generó profundas inseguridades. No podía escribir, sentía que no podía contar. Desde que lo hice público me he liberado un poco, pero todavía siento miedo cuando me preguntan, y creo que es importante verbalizarlo porque me consta que esto le ha pasado a muchas mujeres, que han usado su material o han robado sus ideas.
Yo llevaba muchos años trabajando en todo lo relacionado con el conflicto vasco y alguno de los caminos de esa investigación lo compartía con el cineasta Isaki Lacuesta. En 2016, los productores de la película Maixabel vinieron a ver La mirada del otro al Teatro del Barrio y estuvimos hablando muchísimo tiempo sin que yo supiese quienes eran. Soy una persona muy entusiasta y compartí con ellos todo el proceso creativo y de documentación porque me fascina lo que hago. Ellos querían hacer esta película porque habían conocido el tema a partir de la publicación de nuestro trabajo en varios medios de comunicación.
Yo entonces tenía dos proyectos, uno con una cineasta y otro más documental con Isaki y Lacuesta pero, tras varias reuniones con los productores, me dejaron claro que si alguien iba a hacer una película iban a ser ellos.
Más adelante me hicieron una oferta de trabajo que para mí fue humillante: entregar todo mi material, asesorarles y demás por 1.000 euros brutos. En 2019 llamaron a Isa Campo para hacer la película y entró Icíar Bollaín al proyecto. Tuve una reunión con ellas dos, que sabían todo lo que me había pasado con los productores, y aun así me hicieron muchas preguntas sobre el conflicto vasco y sobre mi trabajo. Yo compartí todo desde un lugar muy inocente. Después pensé que me habían tendido una trampa.
La película no la he visto. He estado a punto de verla desde un lugar casi forense, pensando: ‘aquí están nuestros planos o las copias de nuestros planos’, porque las hay. Pero decidí no sufrir más. No tengo nada por lo que mentir ni gano nada contando esto; al contrario, puedo perderlo. Además, todo esto coincidió con un momento muy duro de mi vida, primero con la enfermedad y después con la muerte de mi padre, y yo era muy consciente de que era el pez chico.
Aun así, para mí lo más importante era lo que cuenta la película y lo que cuenta nuestra producción, La mirada del otro, que se conozcan los encuentros restaurativos entre víctimas y victimarios, porque creo profundamente en eso. Creo en eso por encima del dinero y creo en las posibilidades del cine, del teatro y de las artes como herramienta de conocimiento y de transformación social. Es importante, y más en este momento de polarización, mostrar que dos personas muy alejadas, incluso unidas por un hecho traumático, pueden encontrarse en la calidad humana.

La actriz, dramaturga y directora de escena, María San Miguel, durante una entrevista con Efeminista. EFE/Laura de Grado
P. ¿Crees que existe un problema estructural en el sector cultural en torno al reconocimiento de investigaciones, autorías y trabajos?
R. Sí, sobre todo los vinculados a la memoria y a los procesos colectivos. Un amigo actor me dijo, "María, todo el mundo te ha creído porque esto pasa constantemente en la industria". Y me han llegado casos, con muchos datos muy concretos, dándome las gracias por haber roto ese silencio porque es muy duro cuando te pasa.
Ha sido muy reparador encontrarme algunos hombres y bastantes mujeres que me han dicho, "yo no he podido hablar de esto porque me destrozó, porque tuve una depresión y porque fue un proceso muy duro". Además, normalmente, viene de personas bastante cercanas. La confianza se quiebra y se genera un daño muy profundo en lo personal y en lo íntimo. Me llegaron muchos mensajes esos días y nadie me dijo: "Estás mintiendo". Todos los mensajes me abrigaron mucho.
Creo que el hecho de que no se reconozca nuestro trabajo o nuestra autoría nos pasa especialmente a las mujeres. Los hombres cuentan con otros trampolines: mayores presupuestos, mayor repercusión mediática, aunque, por suerte, esto ya está cambiando. También hay una cuestión de precariedad y de clase: el teatro y el cine son industrias muy precarias y quienes venimos de familias de clase obrera sabemos lo que supone luchar contra el pez gordo. Yo me informé, claro, pero no tenía dinero para pagarme un gran bufete de abogados y abogadas que me defendiera. Y ahí está también la cuestión.
"No voy a renunciar a mi manera de hacer teatro"
P. En un contexto cultural en el que prima lo comercial ¿qué supone sostener una carrera desde un enfoque político y de investigación?
R. Supone muchísimo esfuerzo. Está en la conversación con muchas compañeras, sobre todo mujeres: estamos todas agotadas. Ahora que vamos a recibir el Premio Ojo Crítico miro hacia atrás y me siento muy orgullosa de mi carrera, pero soy muy consciente de que me he perdido y me sigo perdiendo muchas cosas. Momentos con amigas y amigos, viajes porque no tenía dinero o porque prefería guardar ese dinero por si el trabajo con la compañía iba mal. Han sido muchos sacrificios.
No me arrepiento porque me gusta mucho lo que hago y porque los encuentros con el público y con las personas con las que nos documentamos merecen la pena, pero es un trabajo constante y cuando miro hacia atrás solo me recuerdo trabajando.
Además, la compañía se sostiene gracias a las ayudas públicas. Y el tejido cultural pequeño en este país se sostiene así. Me encantaría no depender de ellas, que nuestros cachés fueran suficientes para no necesitarlas, pero no es así y eso da muchísimo vértigo y supone mucho trabajo. Yo tengo esa educación desde pequeña de lo que supone el dinero público y lo gasto muy bien, pero cada vez que hago una justificación tengo miedo a equivocarme, a que me pidan devolverlo, vivo con esa tensión. Si miro hacia atrás veo muchísimo trabajo y mucha tensión.
Aún así, soy muy consciente del teatro que hago y de que no voy a renunciar a esta manera de contar ni a acercarme a los temas que nos interesan pero también sé que no es gratuito y que es difícil.
P. ¿Cómo atraviesa el feminismo tu trabajo?
R. Creo que en el hecho de ser una mujer feminista de izquierdas e hija de clase obrera trabajadora de este país, ya hay una perspectiva que no me puedo quitar de encima porque tengo una mirada que me viene de raíz. Y sigo estudiando feminismo y deconstruyendo el antirracismo y la blanquitud, y todo lo que nos queda.
En todos los temas que abordamos me pregunto dónde estaban las mujeres y busco mujeres con las que hablar y que nos quieran compartir sus historias, como en la trilogía Rescoldos de paz y violencia, en la que visibilizamos que las mujeres vascas han sido las grandes constructoras de paz en silencio en el País Vasco. Ellas son las que han permanecido en casa educando a sus hijos e hijas con discursos fuera del odio y en favor de la construcción de la paz y del encuentro con el otro.
Cuando te acercas al feminismo empiezas a hacerte un montón de preguntas y te das cuenta de que apenas hemos tenido referentes femeninos. Por eso yo pasé a dirigir los espectáculos, porque yo quiero que los hombres y las mujeres que vienen detrás sepan que hay mujeres que hacen cosas y que siempre ha habido mujeres haciendo cosas. Y eso es un gesto político importantísimo.
En el relato que nos han contado siempre hemos visto a los hombres, pero, ¿dónde estaban las mujeres? Ellas estaban en la vecindad, la casa, el hogar, el barrio. La nuestra no es solo una historia de hombres, es una historia de conjunta y eso no se me olvida porque estamos atravesadas por todas la violencias machistas ¿cómo se nos va a olvidar?
Los nuevos proyectos de teatro de María San Miguel
P. ¿Cuál es tu próximo proyecto?
R. Estamos en un momento soñado como compañía y como creadora, con muchos proyectos y con mucho agobio pero muy emocionadas porque, por primera vez en nuestra trayectoria, tenemos dos proyectos grandes en marcha.
Uno de ellos es Animal por ahí, latente, que presentamos en marzo en el Teatro Calderón de Valladolid en el que abordaremos el exilio republicano, que para mi es otra de las grandes heridas de este país. Está ocurriendo algo muy hermoso porque, a partir de compartir la investigación, es ese mapa geográfico, político, pero sobre todo emocional, estoy descubriendo que muchísima gente de mi alrededor viene también de historias de exilio. Y eso conecta con esa huella transgeneracional que dejó toda una comunidad intelectual, cultural y trabajadora que tuvo que abandonar el país por la violencia política.
El título es un verso de Jorge Guillén, vallisoletano y padre de la generación del 27, de un poemario que escribió desde el exilio en Estados Unidos. Además, estamos muy felices porque el Teatro Calderón va a coproducir el espectáculo. Para una compañía como la nuestra, ese apoyo sigue siendo importantísimo.
Y al mismo tiempo estamos empezando otro proyecto con el querido Teatro del Barrio, Barrios en lucha, sobre los movimientos vecinales, sindicales y asociativos que lucharon por los derechos y las libertades en los años 60 y 70, antes de la muerte de Franco y que, como decía mi padre, ayudaron a construir la democracia. Porque la democracia no se construyó solo en despachos de Madrid con señores vestidos de gris fumando; se construyó en los pueblos y en las pequeñas ciudades.