María Martín: Hay que desideologizar la lengua del machismo

Cristina Bazán | Guayaquil - 12 mayo, 2022

Pensar y hablar sin ser sexista ni discriminar. Ese es uno de los principales objetivos con el que la escritora feminista María Martín Barranco publica Punto en boca, su segundo libro sobre lenguaje inclusivo, en el que desmonta el actual reproche sobre el uso histórico del masculino como genérico e invita a reflexionar sobre la necesidad de nombrar para visibilizar.

«Esto del ‘masculino genérico’ no ha sido siempre así, como se suele creer. Ni ha estado anatemizado -apenas hasta hace un rato, 2001- el nombrar mujeres y hombres de manera independiente (que no duplicada, pues nombrar cosas distintas no puede ser nunca duplicar, ni hacerlo ser innecesario, como se empeña en repetir la gramática “oficial”)», dice en la obra (Catarata, 2022) la también docente y conferencista.

Martín asegura que esta resistencia se debe al miedo que tiene los que controlan las reglas de la lengua, en este caso la española, «a renunciar a parcelas de poder».

«Cuesta mucho desembarazarse de ese poder de decidir no sólo lo que tú eres y no sólo cómo te nombras, sino también de decidir qué son quienes no tienen la capacidad de nombrarse y cómo llamar a esas personas», afirma en una entrevista con Efeminista.

Punto en boca de María Martín

Pregunta: Usted dice que su libro no es un manual de lenguaje inclusivo, entonces ¿Cómo lo definiría?

Respuesta: Creo que un manual lo que te dice es qué tienes que hacer y yo aquí más que decir qué hacer, lo que intento es mostrar dónde están las trampas que deberíamos esquivar. Así que es una ayuda para saber dónde no deberíamos caer si no queremos discriminar a las mujeres o a algún colectivo. Yo nunca sé lo que hay que hacer, porque el contexto es el que te dice que hay que hacer y tus habilidades lingüísticas las que te dan las soluciones.

P: En el libro saca a la luz que el uso del masculino genérico es realmente reciente, que antes se desdoblaba o se nombraba más a la mujer y que el discurso de «están dañando el lenguaje, siempre ha sido así» no es real. ¿A qué cree que se debió esta imposición del masculino genérico?

R: Los dos usos estaban establecidos y se utilizaban de una manera bastante homogénea. Cuando estaba clarísimo que no había mujeres porque estábamos hablando de gremios en los que las mujeres no estaban, o estaban ahí pocas porque eran viudas y su marido había pertenecido, se usaba lo masculino como genérico. Pero cuando se hablaba de mujeres y hombres en grupos en los que no había una abrumadora mayoría numérica, se decía judías y judíos o juglares y juglaras. 

Si hoy una feminista dijera «juglaras», diríamos: “Ay, las feministas que quieren destrozar el idioma”. Pero antes era muy habitual. Por un lado se nombraba mujer y hombre y por otro lado se usaba el masculino genérico.

Sin embargo, cuando se tomó la decisión de, entre otras cosas, cohesionar políticamente a los territorios de la corona de Castilla y se impuso la lengua, ahí se sentaron hombres. Y de entre todos los usos que había, y entre todas las maneras de utilizar el lenguaje que había, decidieron no recoger el uso normativo del masculino y el femenino para cuando hay mujeres y hombres. Pero ni siquiera era una norma obligatoria, el masculino genérico era una recomendación. El machismo de la sociedad hizo un uso abusivo de esa recomendación. Y no es hasta el siglo XXI cuando la academia empieza a decir que desdoblar está mal y que es innecesario.

Fue una reacción a que tomáramos la lengua porque antes de eso no estaba escrito que estuviese mal.

«Desideologizar la lengua del machismo»

P: Resulta curioso entonces que se repita el «siempre ha sido así».

R: Sí, yo he tenido mucho empeño en que los argumentos no fuesen porque yo lo digo o porque lo dice el feminismo. Los argumentos de los que yo intento dotar a otras personas son lingüísticos. Así que yo espero que si nos quieren decir «no, os vamos a nombrar» que sea «no, os vamos a nombrar porque no nos da la gana», porque esa es la realidad y lo único que hacen es disfrazar de argumentos lingüísticos sus resistencias ideológicas y hacen pasar su posicionamiento machista por neutralidad. Si es que eso fuese posible en una sociedad que no es neutral. 

Lo que estamos haciendo es desideologizar la lengua de la ideología machista y sin embargo nos dicen «no, es que queréis imponer una ideología». No, no. Lo que queremos es quitar la vuestra y ya que cada quien que elija cómo hablar, pero por lo menos mostrar dónde están esas desigualdades, esa idea de que la lengua es científica y es neutral y el «siempre ha sido así y no se puede cambiar» bajo amenaza, cuando la lengua está cambiando todo el tiempo.

P: ¿A qué se debe tanta resistencia?

R: La resistencia, sobre todo, es a renunciar a parcelas de poder. La manera en la que habla cada sociedad es un reflejo de esa sociedad. Y es verdad que la lengua tiene connotaciones sexistas, racistas, homófobas, clasistas, colonialistas, todas las que quieras, que son fruto de las sociedades. Pero las sociedades cambiamos muy rápido y las lenguas van relativamente despacio.

En las lenguas que tenemos una institución ahí arriba vigilando, como la italiana, la francesa, la española, la mayor parte de las veces lo que quieren es tener el poder de decir: «esto sí, esto no» y les fastidia que digamos: “me da igual que digas que yo no puedo nombrar a las mujeres y que es repetitivo, pero cada vez lo estamos haciendo más”. Cuando tienen la capacidad de decidir qué son otras personas, tienen la capacidad de trasladar a la sociedad una visión del mundo.

Una herramienta de invisibilización

P: En el libro habla de cómo el masculino genérico impacta en la vida de las niñas, que no se leen, no se ven representadas en la sociedad porque los referentes están en masculino. ¿El patriarcado usa el lenguaje como un arma para invisibilizar a las mujeres?

R: Un arma no, es una herramienta muy potente. Sobre todo porque en el proceso de socialización el lenguaje es básico y aprendemos a hablar cuando todavía no tenemos capacidad de discernir. Interiorizamos (las mujeres) a través de normas lingüísticas que ser nombrada no es un derecho, por lo tanto estar presente no es un derecho, sino que es una cortesía que nos hacen o una excepción a la regla de que los hombres tienen que estar siempre.

Aprendemos que no tenemos derecho a nombrar las realidades ajenas, si acaso nombramos solo las propias, porque el femenino es específico y se usa el femenino solo para hablar de mujeres. Aceptamos lo masculino como neutro. Es decir, cualquier cosa que sea masculina también es para la humanidad y su punto de vista es un punto de vista válido para la humanidad y todo eso lo aprendemos con normas gramaticales.

Pero no solamente lo aprendemos nosotras, es que los niños aprenden la contraparte. Aprenden que tienen derecho a estar presentes siempre y por eso no aceptan los espacios exclusivos para mujeres. Aprenden que nombrar a las mujeres es una excepción y una cortesía que conceden ellos. Pero además aprenden, y eso es fundamental, que el femenino tiene que plegarse a lo masculino, que en presencia de lo masculino lo femenino deja de tener relevancia. En presencia de lo común, lo femenino deja de tener relevancia. Con lo cual, los intereses propios y específicos de las mujeres siempre pueden ser apartados en pro de un interés general que casualmente siempre coincide con una parte de seres humanos varones.

Todo eso, que no se aprende solo con el lenguaje, sino en todo el proceso de socialización, ha tenido sus bases a través de herramientas lingüísticas: el masculino genérico, la concordancia, la prelación jerarquizada al nombrar. 

El lenguaje y la discriminación

P: Sin embargo, con el «mujeres y hombres» también se deja por fuera a las personas que no se identifican así.

R: Eso también es cierto y lo tenemos que tener en cuenta. Creo que hay que romper los esquemas patriarcales y para poder crear conciencia de que existen realidades alternativas a las que el sistema propone hay que nombrarlas con todas las letras para que la otra persona no tenga que interpretarlo porque si lo tiene que interpretar lo va a interpretar en machista.

Un ejemplo es el «personas gestantes». Cuando yo vi por primera vez persona gestantes tuve muy claro que era sexista porque si dejas de nombrar al 99 % que se nombraba para esconderlo en algo neutro estás siendo sexista. Hay que dar una alternativa no discriminatoria y no solo no sexista.

Vivo en un pueblo muy pequeño y les pregunté a las mujeres que viven aquí, que no están en las redes sociales ni saben de identidades de género, que si les decía «personas gestantes» qué se les venía a la cabeza y ellas dijeron embarazadas. Entonces, estás diciendo «personas gestantes» en aras de la inclusión y resulta que las personas a las que quieres incluir el 90 % de la población la está imaginando también como mujeres, con lo cual no estás rompiendo el marco conceptual estás siendo sexista de manera expresa y además discriminando de manera implícita y yo creo que eso pasa porque no se conocen los mecanismos de discriminación.

Hemos pensado que la inclusión va de vocales o de hacer todo neutro, pero ni las vocales resuelven todo el problema ni nada es neutro en una sociedad que está dividida absolutamente para todo en mujeres y hombres. Lo tenemos que crear nombrándolo. Así que yo creo que tenemos ahí un reto impresionante, mucho más allá de posicionamientos ideológicos, y unas herramientas extraordinarias que podemos utilizar bien o utilizar mal y yo he intentado en “Punto en Boca” que las utilicemos de la forma menos discriminatoria posible.