Eva Yerbabuena: El machismo está en todos los rincones del mundo

Patricia Crespo - 3 enero, 2019

A la bailaora y coreógrafa Eva Yerbabuena, el ritmo de su vida se lo marcaron tres mujeres: su tía Encarnita, su profesora Adela y su abuela.

Hija de emigrantes, dejó Frankfurt, donde nació, con quince días, para instalarse en un «pueblecito» de Granada (Ogíjares). Allí creció con sus abuelos maternos, en un ambiente muy «lorquiano», rodeada de mujeres vestidas de negro que se arremolinaban junto al fuego para hablar de sus cosas.

«Eva tiene que ir a una escuela y aprender»

«Fue mi tía Encarnita la que de alguna manera diagnosticó lo que me esperaba», relata la bailaora. «Contaba que cuando se oía flamenco en la radio a mí me cambiaba el semblante. Siempre decía: Eva tiene que ir a una escuela y aprender».

Y así fue. Su tía murió un mes de enero, muy joven, con 29 años, y seis meses después Eva María Garrido -su verdadero nombre-, con once años cumplidos, visitaba «una escuela muy casera». Era la cochera de una casa, «con una tabla y un espejito».

«Ahí empezó todo», recuerda. Su «vínculo con el movimiento y la expresión a través del cuerpo y la danza en general«, de la mano de otra mujer, la joven profesora Adela.

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La bailaora y coreógrafa Eva Yerbabuena, durante la entrevista. EFE

«En el flamenco había mucho machismo»

Luego hubo otras escuelas. Y otra profesora que marcó su vida: La Mona. «Se sentaba a hablar contigo, lo bueno y lo malo de la profesión, te hablaba del simbolismo de estar en una reunión y el simple hecho de ser mujer.  Porque en el flamenco había mucho machismo (…) y seguía habiendo cosas que estaban mal vistas».

«Para mi era como un juego. Cuando me quise dar cuenta estaba con 16 años trabajando con Rafael Aguilar en su compañía«, recuerda Eva Yerbabuena.

Y en el juego se cruzó Paco Jarana, músico, guitarrista y compositor. Con él comenzó una relación que acabó en matrimonio y en la creación de la compañía que Eva dirige.

Su éxito en los escenarios ha llevado a Eva Yerbabuena por todo el mundo. Y allí donde iba llevaba consigo los recuerdos de sus primeros años de vida. «Yo he vivido en un entorno más lorquiano imposible. Mujeres vestidas de oscuro en el secadero de tabaco que ponían una especie de brasero y se sentaban todas alrededor. Imagínate las cosas que allí se contaban».

La tercera mujer que marcó la vida de Eva fue su abuela. «Era muy fuerte. Perdió a dos mellizos pequeños y a mi tía con 29 años. Ella dijo que no quería que nadie llorara. Era una mujer que me ha marcado mucho. La miento todos los días».

De su abuela, «intuitiva y observadora», recuerda su fuerza pero también sus dedos deformados de tanto lavar con una tabla en la acequia helada.

«Una cuestión de lealtad»

De sus viajes por el mundo y de cómo veía a las mujeres en ellos resume: «Pensé que el machismo estaba sólo en mi rincón. Pero no. El machismo está en todos los rincones del mundo».

Recuerda, por ejemplo, cuando fue por primera vez en 1993 a Japón y vio cómo las mujeres iban unos pasos atrás de sus maridos. «Para ellos es una cuestión de lealtad, pero aquello no me hacía ninguna gracia».

Eva Yerbabuena machismo

Eva Yerbabuena en el Royal Festival Hall de Londres en 2003. EFE

En el flamenco también existe el machismo, afirma. «¿Una mujer en una fiesta?, ¿sola? No. Esa es una señal muy grave», un juicio que la bailaora no comparte. Porque a Eva Yerbabuena -asegura- no le importa el «qué dirán».

«Hay muchas más mujeres frustadas por el qué dirán que realmente por la igualdad. Hace mucho más daño», porque eso te prohíbe «dar un paso y luchar por lo que quieres hacer».

Las mujeres en el flamenco

Reconoce y aplaude que la mujer siempre ha estado muy presente en el flamenco, «mucho». Y cita a Carmen Amaya, Pastora Imperio, o «La Niña de los Peines». «Han sido grandes figuras, con compañías. Han sido realmente las que han estado ahí como jefas».

«No hay mayor lotería que vivir de lo que te gusta»

Ganadora de numerosos premios, entre ellos el Nacional de Danza, su mensaje para las niñas es el mismo que daría a sus dos hijas: «Haz aquello que creas que tienes que hacer, lo que realmente te va a hacer feliz. Para mi no hay mayor lotería que vivir de lo que te gusta».

Y a Eva Yerbabuena le gusta el baile. Tanto que cuando su hija le lloraba con cinco años y le decía que tenía que dejar de bailar porque se quedaba sola en Granada durante las giras, ella le respondió: «Mira Manuela, hay dos cosas: si yo dejo de bailar tú yo no vamos a terminar bien, porque el día de mañana te voy a reprochar que no he hecho lo que realmente me gustaba, que no me siento realizada por ti. Tú lo vas a hacer con tus hijos y esa es la peor doctrina que te puedo enseñar. Me niego. Voy a seguir bailando porque es con lo que voy a ser feliz».

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Actuación de Eva Yerbabuena en la India. EFE

Las amas de casa

Pero Eva Yerbabuena, la empresaria, reivindica también el trabajo de las amas de casa. «En esta sociedad todavía el ser ama de casa es lo peor». «No descansan, desde que se levantan hasta que se acuestan», es una continuidad y eso no está valorado, remarca, «no tienen derecho a paro, a una seguridad social».

Se define como una «romántica empedernida» y por eso no cree que «vayamos a mejor». Y se entristece cuando su hija mayor, que estudia una doble licenciatura, le dice que no va a tener hijos porque no va a tener tiempo.

«Cuentos de Azúcar»

«Si tuviera que volver a la vida quiero ser mujer, lo tengo clarísimo«, afirma.

Y una cuarta mujer es la que le trajo el «regalo» que tiene entre manos. Anna Sato, una cantante japonesa con la que ha montado «Cuentos de Azúcar», su último y «mágico» espectáculo.

Eva Yerbabuena

Eva Yerbabuena durante su actuación en la XX Bienal de Flamenco de Sevilla con «Cuentos de azúcar». EFE

Mezclan en él canciones tradicionales de la isla de Amami, al sur de Japón, en la voz de Sato, con el baile flamenco de Eva por taranta, caña, cartagenera, tangos o alegrías.

«Son pequeñas historias que canta Anna. Vamos hilando la música y cuentos con sonidos populares dentro del flamenco», explica.

Para preparar el montaje, Eva viajó a la isla de Amami y allí descubrió que las historias que se cuentan son muy similares a las que se cantan en cualquier pueblo de España. Nanas, historias de un pájaro negro de mal agüero, del amor de una esclava….

La diferencia, cuenta, es que allí las mujeres con lo que viven son felices, con una casa normal, su trabajo, la isla, sin esperar más de lo que tienen.

Su paso por la SGAE

De su paso por la Sociedad General del Autores y Editores (SGAE) como miembro de la Ejecutiva Directiva, destaca el escaso porcentaje de mujeres en este órgano de dirección. Allí le acompañó la dramaturga Paloma Pedrero, con quien constataba que cuando una mujer hablaba en las reuniones no era escuchada. «¡Si acabo de decir lo mismo!», se quejaba Pedrero. «Si el comentario lo hacía un hombre se escuchaba, si lo hacía una mujer, no».

«Son las formas. No se puede ser sutil», reconoce resignada Eva, quien defiende todo lo contrario a la «agresividad y a elevar el volumen» para ser escuchada.