Elodia Zaragoza

Fotografía de la portada del libro de la escritora Elodia Zaragoza, cuando era un bebé, en brazos de su madre. EFE/ LIBRAIRIE-GALERIE RACINE/SOLO USO EDITORIAL/SOLO DISPONIBLE PARA ILUSTRAR LA NOTICIA QUE ACOMPAÑA

Elodia Zaragoza, la escritora olvidada que nació en una cárcel del franquismo

Javier Martín | Túnez - 11 diciembre, 2020

Elodia Zaragoza, o Elodia Turki por su nombre de casada, la prolífica escritora, poeta y editora que nació en 1939 en una cárcel del franquismo de la que huyó su madre con ella en brazos, falleció el 30 de noviembre en Túnez a los 81 años. Su vida es una historia de superación y olvido que daría para una película: hija de la un marino de la armada republicana que escapó a Túnez y de una militante anarquista, atleta en la olimpiadas de Roma, escritora y editora conocida en París.

Un relato que merece ser contado y que Elodia preparaba con Efe en su residencia de la localidad tunecina de Sidi Bou Said pero que ya no podrá concluir: este noviembre ha sido enterrada en el monte que domina la coqueta bahía de Túnez entre el dolor y el recogimiento de su familia hispano-tunecina.

«En los cincuenta fui campeona de todas las disciplinas de la natación en Túnez. Así conocí a mi marido, un día bañándonos en la playa de Hamam-Lif (al sur de la capital). Me vio y se enamoró», explicaba con su sonrisa, débil pero lúcida hasta el final de sus días.

«Es normal, era guapa», decía después, recordando con modestia en aquellos años del protectorado francés en los que ganó igualmente un título de belleza y participó en salto de altura en las Olimpiadas de Roma, representando a Francia, pese a que sus padres eran españoles.

Aquel hombre que se enamoró de ella en el mar, el mismo mar que hubo de cruzar en brazos de su madre como migrante para huir de la represión y la sevicia, de apellido Turki, se hizo después diplomático y juntos recorrieron el mundo: especialmente París, donde Elodia comenzó una prolífica carrera literaria.

«La Xiqueta», la odisea de la madre de Elodia Zaragoza

Elodia, que durante años fue directora de la sección de poesía de la editorial, librería y galería Racine de París, hablaba mucho de su madre y poco de su padre: su odisea está recogida en una obra autobiográfica titulada «La Xiqueta».

«La Xiqueta» se llamaba Amelia Jover, una militante anarquista, capturada en el puerto de Alicante por los rebeldes en los estertores de la Guerra Civil, y encerrada en una prisión, ya en avanzado estado de gestación, de la que pudo huir disfrazada de enfermera con Elodia recién nacida en brazos.

En pleno invierno, ambas cruzaron los Pirineos y en enero de 1940 llegaron a la playa de Argelés-sur-mer, en el sur de Francia, donde supo que su marido no había muerto en combate y se hallaba en Túnez con los cerca de 2.000 marinos de la Armada Repúblicana que el 6 de marzo de 1939 escaparon del puerto de Cartagena.

Cementerio de exiliados republicanos en Túnez

Siempre dio a entender que su padre era oficial de códigos cifra del único submarino de aquella armada que Franco ordenó recuperar y que el carácter reservado de su trabajo también hacía que toda su vida fuera recóndita, casi secreta.

Como recuerda en su obituario el filósofo Santiago Alba Rico, que conoció a Elodia en Túnez, donde él también vive, «la historia de estos 4.000 refugiados republicanos es mal conocida incluso por los historiadores».

En 2018, el reportaje de Efe «Morir en el exilio, morir en el olvido» sacó a la luz un cementerio olvidado de exiliados republicanos, abandonado, con las tumbas destruidas y sucias en la ciudad de Kasserine, fronteriza con Argelia, donde una parte de esos españoles se ganaron la vida tras sufrir la humillación de los campos de concentración franceses.

Hija de exiliados españoles con tres pasaportes

Hija de exiliados españoles, Elodia Zaragoza falleció a los 81 años con los tres pasaportes que compendian su vida -el español fue el último que consiguió, en 1976- en uno de los pueblos más bonitos de Túnez donde pasaba sus días paseando y escribiendo pese a que sus dedos apenas le respondían.

Hablaba un francés exquisito, un árabe envidiable y un castellano renqueante que mezclaba con el valenciano que le legó su madre, profesora en Túnez.

En francés escribió la «La Xiqueta», de la que hay una versión en castellano mal traducida, y el resto de libros que publicó.

Amante de los juegos de palabras -compuso un precioso lipograma titulado L’infini désir de l’ombre-, mantenía un sentido del humor penetrante: la artritis le había deformado tanto las manos que apenas podía agarrar objetos -pero si teclear el ordenador con esfuerzo y pericia.

«A mi no me robaron la vida, a mis padres sí»

A sus nietos y a todo el que la iba a visitar le decía que se estaba transformando en pájaro.

«He tenido una vida muy feliz, he sido afortunada» pese al exilio y la nostalgia del país en el que nació encerrada y al que sus padres no pudieron volver «libres y en democracia», argumentaba.

Hay que amar la vida. A mi no me robaron la vida. A mis padres sí, y a los españoles también”, dijo Elodia Zaragoza en una de las últimas charlas, antes de que la pandemia le robara las visitas.