Una mujer un voto

Fotografía cedida por Garbuix Books del cómic "Una mujer, un voto", de la guionista Alicia Palmer y la ilustradora Montse Mazorriaga. EFE

El cómic «Un voto, una mujer», un homenaje al sufragismo femenino, el sindicalismo y la sororidad

Pilar Martín | Madrid - 1 octubre, 2021

El sufragio femenino es hito por el que lucharon las mujeres en esa España de 1931, año en el que se aprobó el voto femenino gracias a Clara Campoamor, la principal voz de este movimiento sufragista «silenciado» que secundaron muchas mujeres a las que quiere homenajear el cómic «Una mujer, un voto».

La guionista Alicia Palmer y la ilustradora Montse Mazorriaga son las autoras de esta obra necesaria (Garbuix Books) que llega el año en el que se celebra el 90 aniversario de una de las fechas claves para la historia de España: el de la consecución del derecho al voto de la mujer el 1 de octubre de 1931.

Un pasaje histórico «escamoteado» y «desconocido»

«Cuando leí a Campoamor hace veinte años no entendía cómo una mujer que había defendido el voto femenino había sido silenciada. Nos han escamoteado la mitad de la Historia«, se lamenta a Efe Palmer en una entrevista junto a Mazorriaga, quien también se queja de que ese pasaje de la historia reciente de nuestro país, el de la lucha feminista por el voto, es algo «desconocido». 

Y para sacarlas del olvido, no solo a Campoamor, sino también a las cigarreras que inauguraron el movimiento obrero femenino, han creado este cómic en el que la protagonista es Mari Luz, una joven de provincias que llega a Madrid para trabajar en la Real Fábrica de Tabacos.

Un lugar donde conocerá a Justi y a otras cigarreras que la introducirán en la lucha por sus derechos, entre ellos, el de voto para la mujer. Una peripecia vital en la que llegará a ser una líder.

Clara Campoamor, un referente olvidado

«A muchas personas les suena Victoria Kent o Emilia Pardo Bazán, pero cuando me propuse hacer el trabajo con Alicia vi que Campoamor había sido como Ulíses y no se la reconoce, nadie habla de ella«, dice la artífice de estas viñetas en blanco y negro llenas de detalles, silencios y proclamas.

Por eso para Palmer ahondar en la figura de Campoamor ha sido un «subidón», porque esta abogada madrileña fue una mujer que quiso estar «en la calle» junto a sus compañeras, pero también una mujer que tuvo relación con los principales movimientos feministas del mundo.

«Quería hacer un paralelismo entre la lucha sindicalista de las cigarreras y su sororidad y la lucha por el voto, dos movimientos que se unieron», destaca la guionista.

Porque en este cómic se ve claro cómo mujeres cultas y formadas como Campoamor se unieron a esas otras trabajadoras que lucharon por sus derechos básicos laborales; pero también muestran cómo tanto la izquierda como la derecha de la época criticaron a estas mujeres, una visión que lucha contra la «versión machista» de la historia de nuestro país.

Recuperación de la memoria histórica

Así, «Una mujer un voto» se presenta como un ejercicio de recuperación de la memoria histórica que llega para intentar calar en las nuevas generaciones de mujeres, ésas que no saben aún que antes de 1931 la mujer no podía votar; y que fue a partir de entonces cuando pudieron hacerlo las mayores de 23 años.

En concreto el 19 de noviembre de 1933, día en el que por primera vez las mujeres fueron a las urnas, y lo hicieron en masa porque de un censo de más de 15 millones de votantes, 7.208.888 fueron hombres y 7.955.461 fueron mujeres.

Unos comicios en los que ganó el bloque de la derecha, por lo que ninguna de las mujeres que se presentaron por las listas republicanas fueron elegidas.

«La figura de Mari Luz va muy acorde con dar a conocer el sufragismo en la actualidad, o al menos que las chicas jóvenes se vean un poco reflejadas», desea la ilustradora.

Un derecho que se volvió a perder tras el estallido de la guerra civil en julio de 1936, cuando todos los ciudadanos dejaron de poder ir a las urnas hasta junio de 1977. Pero eso es parte de otra historia, aunque fue con el comienzo de la contienda cuando Campoamor fue abocada al exilio y se fue a vivir con su amiga Antoinette Quinche en Lausana, donde volvió a alojarse en 1955 a su vuelta de Buenos Aires hasta su muerte en 1972.