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Carmen Guillén: "El Patronato de Protección a la Mujer fue una cárcel moral solo para mujeres"
"Una cárcel moral solo para mujeres", así define la historiadora Carmen Guillén al Patronato de Protección a la Mujer, una institución que entre 1941 y 1985 privó de libertad a miles de jóvenes sin delito, sin juez y sin derecho a defensa por no cumplir con la moral del régimen franquista y el mandato de género. Bastaba con no ser una mujer sumisa, abnegada y dedicada al hogar para acabar encerrada en centros donde el castigo se ejercía a través del silencio, la humillación, los insultos, los castigos físicos y la anulación sistemática de cualquier pensamiento crítico.
Historias como las de Paca Blanco, internada con 17 años tras volver de una verbena, la de M.C.G., ingresada en 1943 por ser considera inmoral, o la de Mariona Roca, detenida en 1969 por "fuga del hogar paterno", atraviesan Redimir y adoctrinar. El Patronato de Protección a la Mujer (1941-1985), el libro publicado por Editorial Crítica en el que Carmen Guillén reconstruye el funcionamiento, la violencia cotidiana y la lógica represiva de una institución que sobrevivió diez años a la muerte del dictador Francisco Franco.
Rejas, aislamiento, humillación y silencio fueron parte del día a día de "decenas de miles de mujeres" en unos centros gestionados por congregaciones religiosas con el respaldo del Estado, en un sistema tan naturalizado que la amenaza de "si te portas mal, te irás con las monjas" formaba parte del imaginario colectivo.
"Como sociedad lo mejor que podemos hacer para redimirnos de esa culpa es poner en valor los testimonios de estas mujeres y darle legitimidad a su relato biográfico. Les debemos diez años de democracia a esas mujeres", explica Guillén durante una entrevista con Efeminista.
Doctora en Historia Contemporánea y autora de la primera tesis doctoral sobre el Patronato, premiada en 2021, Guillén lleva más de una década investigando este dispositivo del nacionalcatolicismo y recuperando los testimonios de sus supervivientes, mujeres que durante años callaron por vergüenza, miedo o estigmatización.

La historiadora Carmen Guillén, autora de 'Redimir y adoctrinar. El Patronato de Protección a la Mujer (1941-1985)', publicado por Planeta. Foto: EFE/Laura de Grado
'Redimir y adoctrinar', fruto de diez años de investigación
Pregunta (P).- ¿Qué le hizo empezar esta investigación y en qué momento pensó "aquí hay una historia que el país debe saber"?
Respuesta (R).- Yo llegué al Patronato por casualidad, es decir, no había una intención directa por mi parte, porque yo a pesar de haber estudiado la carrera de historia y haber hecho un Máster de Especialización en Historia Contemporánea, particularmente en franquismo, nunca había oído hablar del patronato.
Quería trabajar la prostitución en el franquismo, me interesaban los temas de marginalidad social, sexualidad, mujer. Y cuando fui al archivo, empecé a encontrar referencias a esta institución de la que yo nunca había oído hablar. Me di cuenta de que al final era más interesante invertir los papeles, centrarme más en el patronato y a partir de ahí estudiar no solo la prostitución, sino la intervención estatal en la moralidad pública. De ese trabajo surgió mi tesis doctoral y, desde entonces, no he dejado de investigar esta institución.
¿Qué es el Patronato de Protección a la Mujer?
P.- Para que entendamos la magnitud del Patronato, ¿qué era exactamente y cómo funcionaba el circuito denuncia - ingreso - encierro sin juez ni defensa?
R.- Si tuviera que explicarlo en pocas palabras, el Patronato de Protección a la Mujer fue una cárcel moral solo para mujeres. La particularidad que tiene esta institución es que tiene una estructura puramente penitenciaria, también a nivel arquitectónico, estamos hablando de centros con con rejas, con salas de castigo... Pero es peor que una cárcel porque se entra sin haber cometido un delito estipulado, se entra sin haber pasado por un juicio y no hay nadie a quien apelar.
Por lo tanto, era un proceso incluso más represivo que el de una cárcel y, además, que afectaba solamente a la mitad de la población, solamente a las mujeres y que consigue sobrevivir diez años al propio franquismo.
Funcionaba con una denuncia que podía ser por parte de una autoridad civil, de policía, de celadoras o de los propios familiares. La mayor parte de expedientes que conocemos empiezan por la denuncia de unos propios padres que, avergonzados por el comportamiento de su hija, la quieren llevar a a esta institución.
Lo habitual era que pasasen, en primer lugar, por un centro que se llamaba de observación y clasificación, ahí pasaban una semana y veían si era más o menos peligrosa desde el punto de vista moral. Para saber eso lo primero que se hacía era una prueba ginecológica para ver si eran completas o incompletas, vírgenes o no vírgenes y luego una prueba de tipo psicológico y otra de tipo moral y ahí se decidía el destino de la joven. Había centros de internamiento, centros de régimen más laxo y luego los centros maternos para las mujeres que estaban embarazadas fuera de del matrimonio.

Material de archivo incluido en el libro 'Redimir y adoctrinar. El Patronato de Protección a la Mujer (1941-1985)', de Carmen Guillén.
Encarceladas por no cumplir el mandato de género
P.- En el libro se ve esa idea clave de que no hacía falta "delito". ¿Qué comportamientos concretos bastaban para que una chica fuera considerada "descarriada" o "inmoral"?
R.- El término inmoral es tan amplio y tan ambiguo que cabía prácticamente todo lo que supusiera una disidencia desde el punto de vista sexual o moral. Pues, por ejemplo, que las mujeres no cumpliesen con el mandato de género que el régimen había estipulado para ellas, no ser una mujer sumisa, abnegada, decente, dedicada a su familia... Y luego la disidencia política, empezar a pensar más allá del ideario franquista, sobre todo en la etapa final, acudir a ciertas manifestaciones o tener ciertas amistades que se podían considerar peligrosas. En general, todo lo que no pudiera entrar dentro de ese molde que el franquismo había diseñado para la mujer, podía ser motivo de internamiento.
Y ahí tenemos expedientes casi que absurdos que dicen "suspira demasiado por los hombres", "sale con un músico", "le gusta dar la largos paseos en bicicleta con otros hombres". Era todo tremendamente arbitrario.
P.- Ha trabajado con un agujero documental enorme. ¿Qué pudo verificar con documentos, qué con testimonios y qué queda todavía en la oscuridad?
R.- Uno de los grandes problemas a la hora de abordar la institución y uno de los grandes motivos por los que no se ha sabido hasta hace poco es ese agujero documental. La Junta Nacional, que era el corazón de la institución, conservó 1183 cajas de documentación que, una vez que cerró la institución, pasaron a los sótanos de un archivo y ese archivo sufrió una inundación y hoy solamente se conservan 31 cajas.
Eso supone un vacío documental enorme que hemos tenido que suplir historiando desde los márgenes o acudiendo a archivos provinciales para tener todas esas piezas del puzzle. Pero tristemente sabemos que va a haber siempre ciertas partes que no vamos a poder iluminar de esta historia. Y eso también lo hemos tratado de compensar a través de las fuentes orales.
Cuando yo empecé a trabajar la institución, solamente había una mujer que contaba su historia, que era Consuelo García del Cid. Después de muchos años de trabajo y de una especie de efecto llamada, cada vez que se habla del Patronato en medios, en prensa o en charlas, hay otras mujeres que se sienten validadas a la hora de contar su relato. Durante mucho tiempo ellas no quisieron contarlo por miedo, por vergüenza, por estigmatización o por pensar que no las iban a a creer.
Por eso este libro es el resultado de una vuelta de tuerca a la tesis y de la incorporación de los relatos de ellas, que son fundamentales para que conozcamos la cotidianidad de los centros, cómo vivían y los traumas que le han quedado.

Material de archivo incluido en el libro 'Redimir y adoctrinar. El Patronato de Protección a la Mujer (1941-1985)', de Carmen Guillén.
Silencio, humillaciones, vejaciones e insultos, el día a día de las mujeres
P.- Ante los vacíos documentales existentes, ¿hasta qué punto son fiables las cifras que manejamos sobre el Patronato? ¿Cuántas mujeres pasaron?
R.- El problema de las cifras es precisamente ese vacío documental. Existe mucha documentación a la que no podemos acceder, bien porque no se conserva o porque la legislación aún no lo permite. La Ley de Memoria Democrática establece que hasta que no hayan transcurrido 50 años desde los hechos no se puede consultar determinada documentación, lo que afecta especialmente al periodo comprendido entre 1975 y 1985. Además, los expedientes son considerados documentos especialmente sensibles y muchos archivos restringen su acceso.
Por todo ello, ofrecer cifras aproximadas sobre el número total de mujeres internadas durante el tiempo en que el Patronato estuvo activo es prácticamente imposible. Podemos afirmar con seguridad que se trata de decenas de miles de mujeres, pero no es posible precisar una cifra exacta. Lo mismo ocurre con el número de centros, el cómputo total sigue estando marcado por importantes vacíos documentales.

Material de archivo incluido en el libro 'Redimir y adoctrinar. El Patronato de Protección a la Mujer (1941-1985)', de Carmen Guillén.
P.- Cuando habla con supervivientes, ¿qué aparece con más fuerza? ¿El castigo físico, la humillación, el control cotidiano...?
R.- La palabra que más aparece cuando hablamos con ellas es el silencio. Y el silencio también es una forma de castigo, de limitar el contacto verbal con otras compañeras en unos años muy vulnerables de tu vida. Estamos hablando de jóvenes entre 16 y 25 años que no se las permiten ni si quisiera comunicarse ni establecer redes de apoyo dentro de la institución cuando está viviendo un momento tremendamente duro.
Más allá de eso, evidentemente, los castigos simbólicos, humillaciones, vejaciones, insultos, intentar todo el rato hacerlas pensar que no servían para nada, que eran inútiles para la sociedad y tratar, sobre todo, de anestesiar su capacidad crítica.
Una institución que sobrevivió diez años durante la democracia
P.- Ha contado antes que el Patronato sobrevivió diez años a la caida del franquismo. ¿Por qué la democracia toleró durante años un dispositivo heredado del franquismo? ¿Qué falló?
R.- Yo creo que fue, en buena medida, por desconocimiento. Las congregaciones religiosas estaban en el paisaje social y cultural de España, antes incluso de que llegase Franco, y estaba tan integrado en la vida social que había congregaciones religiosas con reformatorios, que la gente no se cuestionaba qué pasaba ahí dentro. La gente no hablaba tanto del Patronato de Protección a la Mujer, pero sí que existía esa amenaza velada a las jóvenes de "si te portas mal vas a ir con las monjas". Era algo naturalizado.
La gente no se hizo preguntas sobre esa institución, simplemente estaba ahí y pasó desapercibida. Y, de hecho, el final del patronato no vino con una reflexión política, una reflexión social o histórica, se fue por la puerta de atrás y acabó cuando le quitaron los Presupuestos del Estado que que financiaban al organismo. Y fue por un escándalo social, cuando una joven apareció muerta en un reformatorio en unas circunstancias un poco sospechosas. Cuando las autoridades de ese pueblo, San Fernando de Henares, entraton, vieron las condiciones de vida, vieron esas salas de reflexión y catarsis que no dejaban de ser salas de aislamiento.
El Estado y las congregaciones religiosas, los responsables
P.- En el libro aparecen nombres y apellidos vinculados con la cúpula del Patronato. ¿A quién hay que señalar cuando hablamos de responsabilidades políticas, religiosas y médicas?
R.- Al Estado y a las congregaciones religiosas. El Patronato fue el ejemplo perfecto del nacionalcatolicismo. Fue la institución donde mejor funcionó y donde mejor quedó reflejado. Fue una unión tremendamente sólida que perduró hasta el 85.
Las demandas que se hacen actualmente de verdad, justicia, reparación y garantía de no repetición están enfocadas a que haya un perdón público y explícito por parte de esos dos actores principales. El patronato dependía económicamente del Ministerio de Justicia, pero luego de facto, en la cotidianidad y el día a día, eran las congregaciones religiosas.
P.- El Patronato no surge de la nada. Hay otros organismos como el Real Patronato para la Trata de Blancas o la Obra de Redención de Mujeres Caídas. ¿Ha habido una continuidad histórica del control moral sobre las mujeres?
R.- Sí, es que esto es una constante a lo largo de la historia. Aquí al Patronato le ponemos fecha de inicio y fecha de fin, pero estamos hablando de una supraestructura que tiene que ver con la institucionalización de esa disidencia femenina y eso no es exclusiva de España. Hablamos de una constelación mucho más amplia de instituciones que siempre han castigado que la mujer piense más allá del papel que se le ha designado socialmente.
La mujer a lo largo de la historia no solamente ha sido un objeto sino que ha sido también un vector de transmisión. Ella ha sido la que ha transmitido esa forma de entender la concepción de los géneros, porque ha sido la que ha estado en casa, la que ha estado en el hogar, la que ha cuidado de los hijos, la que ha transmitido lo que podían o no podían hacer los hijos. Entonces, ha sido muy importante para muchos regímenes convencer a la mujer de ese discurso, que ella misma se lo crea para transmitirlo y el mejor ejemplo de esto es que muchas de las mujeres entraron denunciadas por sus propias madres.
Poner en valor los testimonios de las supervivientes
P.- Habla también la responsabilidad de la sociedad (familias, vecinas, entornos cercanos) en sostener este sistema. ¿Qué aspectos de esa complicidad nos cuesta todavía reconocer hoy y qué podemos hacer como sociedad para reparar?
R.- El patronato tuvo una red personal muy amplia, tanto administrativa como por parte de las congregaciones religiosas, pero no hubiera podido funcionar sin la complicidad de la sociedad, esa red de delación y denuncia vecinal que sucedía en ese contexto de represión social.
Una de las piezas clave de la institución es que la sociedad se comprometió con el discurso moral del franquismo y fue colaboradora hasta el final de la dictadura, incluso después de la dictadura.
Como sociedad lo mejor que podemos hacer para redimirnos de esa culpa es poner en valor los testimonios de estas mujeres y darle legitimidad a su relato biográfico, que durante mucho tiempo no tuvieron. Le debemos diez años de democracia a esas mujeres.
"Muchos discursos que sostenían el Patronato se filtran en la actualidad"
P.- El libro dialoga con debates contemporáneos sobre la feminidad normativa, con las tradwife, los discursos del valor sexual, las "buenas chicas". ¿Qué señales le preocupan hoy como historiadora?
R.- Muchos discursos en los que se sostenía el patronato se filtran en la actualidad cuando hablamos de los discursos sobre maternidad, cuando hablamos de la culpabilización de las víctimas en agresiones sexuales, cuando se cuestiona la sexualidad de la mujer y las decisiones de la mujer, su forma de vestir, su forma de salir en las redes sociales, por ejemplo.
Todo eso bebe de las lógicas que defendía el Patronato. Creo que es importante entender esta historia para validar los relatos de estas mujeres, pero también como un ejercicio de conciencia social y para ser capaces de sacudirnos todos esos discursos y entender que son discursos construidos. A lo largo de la historia ha habido unos esfuerzos muy grandes por parte de los estados para tratar de castigar esas disidencias e intentar ubicarnos en un lugar.