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Araceli López, las últimas memorias del exilio republicano español en Chile
Con 108 años, Araceli López González recuerda "como si fuera hoy" el día en el que fue detenida junto a su padre Tomás por los militares franquistas: "Estábamos en la casa y mi padre cortaba las hojas del parrón. Llegaron, nos mandaron bajar del tejado y gritaron: '¡Vengan con nosotros!' Y nos fuimos", cuenta con una lucidez que asombra. Era octubre de 1937, tenía 18 años y, después de ese día, no regresó a su hogar en seis años.
Araceli López es una de las últimas voces del exilio español republicano en Chile, donde migró tras sobrevivir a una condena a pena de muerte y desde donde hoy recuerda una historia familiar de silencio y marcada por la represión franquista.
En una residencia para personas mayores de Temuco, al sur de Chile, aún puede leer la sentencia que dictó en su contra un Consejo de Guerra celebrado en la Diputación Provincial de León el 18 diciembre 1937: "Condenado a la pena de muerte por adhesión a la rebelión militar".
De su detención, Araceli recuerda que la llevaron en tren, junto con otras mujeres, hacia San Marcos, antigua cárcel y campo de concentración franquista, reconvertido hoy en uno de los sitios más exclusivos de León: "La gente estaba asustada y nadie sabía nada".
A cambio de su condena a muerte, su progenitor quedó en libertad: "Iban a matarlo –recuerda– pero como era tan viejito, dijeron 'será a usted a quién vamos a dejar'. Me despedí y no lo vi más". Allí estuvo presa cuatro meses y después fue trasladada a la cárcel de mujeres de Saturrarán (Guipúzcoa), donde pasó casi seis años: "Sembrábamos papas, cosíamos y hacíamos mezclilla para los milicos. Con el tiempo, una se acostumbró a vivir así".
Con el tiempo, dice, también hizo amistades dentro del penal. Recuerda una señora mayor con la que siguió su vínculo afuera, después de años dentro compartiendo todo lo que les "mandaban de la casa".
Salió en libertad a los 24 años, tras varias conmutaciones de pena y un indulto.

Araceli López González, una de las últimas voces del exilio español republicano en Chile, hablando durante una entrevista con EFE, en Temuco (Chile). EFE/ Javier Martín
"Lo que hicieron fue muy malo"
Araceli López nació el 26 de marzo de 1918 en Vegacervera, un pueblo de León "de sierras blancas con pastizales alrededor" –dice–, arrimado a los confines con Asturias, donde el enfrentamiento entre sublevados y republicanos fue especialmente duro. "Nunca me dijeron nada de nada", dice sobre las razones de su arresto.
Fue la decimocuarta hija de una familia de quince hermanos, de padre minero y sastre y madre ama de casa.
Cuatro de sus hermanos ya habían emigrado a Chile antes del alzamiento, otros tres murieron en el campo de batalla, donde republicanos y franquistas se enfrentaron en un conflicto que dejó entre 500.000 y 735.000 muertos y 140.000 desaparecidos en España. Hasta ahora, un 3 % de los cuerpos encontrados en fosas son de mujeres.
Araceli no se siente –dice– ni de derechas ni de izquierdas, pero se considera, eso sí, "republicana" y no olvida –y repite a menudo– que "lo que hicieron fue muy malo".
"Andaban los cadáveres por las calles", cuenta sentada en su sillón, rodeada de fotos antiguas y documentos. "Todo lo llevaron, lo arrasaron: cualquier cosa que había de plata; no nos dejaron nada, nada".
En un magullado cuaderno que hoy atesora, su padre anotó los acontecimientos y fechas relevantes de la familia: "Año de 1936. El día 2 de septiembre me han llevado a mí las tres vacas los falangistas. El día 26 me han llevado 32 cabezas de ganado menudo (...) Me han dejado sin nada".

Araceli López González hablando durante una entrevista con EFE, en Temuco (Chile). EFE/ Javier Martín
"No se hablaba nada de eso"
Tras casarse con un maquinista de trenes, tener dos hijos y sepultar a su madre, la única que le quedaba en el pueblo y a quien cuidó hasta el último día, Araceli emprendió el mismo rumbo que sus hermanos.
"El 15 de junio de 1953 salimos de Vegacervera, de casa de nuestros padres a las 8 de la mañana y a las 6 de la tarde salimos de León para Vigo. De Vigo salimos el 21 del mismo mes a las 11 de la mañana en el barco de nombre Entre Ríos. En todo el viaje solo paramos dos horas en Palmas. El 6 de julio llegamos a Buenos Aires", escribió ella misma en el cuaderno de su padre.
Llegaron a Santiago después de cruzar la cordillera de Los Andes y se establecieron al sur, en la región de Temuco, donde vivían sus hermanos. Tenía, entonces, 35 años y sus hijos 7 y 5.
Comenzar no fue fácil, admite: "Todo lo encontraba raro, del revés".
Cuando llevaban casi 20 años en el país, les tocó revivir la congoja de un nuevo golpe de Estado, el que perpetró el dictador Augusto Pinochet (1973-1990) contra el gobierno socialista de Salvador Allende (1970-1973). "Cada uno se metió en su casa y arréglate como puedas", opina sobre los 17 años de dictadura chilena.
Más de 30 años mantuvo Araceli en silencio su pasado, aunque durante mucho tiempo se acordaba por las noches. "No se hablaba nada de eso", dice. Nadie supo de su detención, de su condena a muerte por un tribunal militar, de su paso por las cárceles, ni del expolio de la guerra: "Había rencores, pero se dejaban para uno; había rabia, pero se dejaba pasar".
Su hijo Arturo explica a EFE que supo de las vivencias de su madre en un viaje a España que hicieron juntos, en 1990. “Pasamos por San Marcos, que era un hotel en ese momento; bajamos al subterráneo a tomar un café y, al sentarse en la mesa, me dijo: ‘Esta era la ventana por donde mirábamos para afuera cuando yo estaba presa’”.
Hoy, con cinco nietos y diez bisnietos, Araceli dice que no le gusta mirar atrás, pero es crítica con los jóvenes que reivindican el franquismo porque, concluye, el fascismo "está en este mundo nada más para hacer la guerra".