A 25 años del asesinato de Ana Orantes, su hija recuerda la valentía de hacer público su testimonio

Raquel Orantes, hija de Ana Orantes, durante una entrevista con EFE en su casa de Guadix (Granada). EFE/Miguel Ángel Molina

La hija de Ana Orantes llama a los jueces a no dejarse llevar por «cuestiones ideológicas o religiosas»

Belén Ortiz | Granada - 2 diciembre, 2022

El asesinato de Ana Orantes a manos de su exmarido tras hacer público en televisión cuatro décadas de maltrato fue el detonante para la aprobación, ocho años después, de la primera ley integral contra la violencia de género. Pero a pesar de los logros alcanzados desde entonces, Raquel Orantes, su hija, percibe un retroceso y recorte de derechos, y llama a los jueces a aplicar la ley sin dejarse influenciar por «cuestiones ideológicas o religiosas».

A punto de cumplirse 25 años del asesinato de su madre en 1997, en una entrevista con EFE, Raquel Orantes considera que aunque este crimen marcó «un antes y un después» y supuso un importante avance en la materia, el hecho de que desde entonces haya habido un millar de víctimas más en España evidencia que «algo sigue fallando».

«No podemos permitir como sociedad que esas mujeres, una vez que se separan con una orden de alejamiento, sean asesinadas (…) Los jueces no pueden cargar sobre sus conciencias con más muertes», señala Raquel Orantes, cuya infancia y la de sus hermanos estuvo marcada por la violencia ejercida por su padre y el calvario sufrido por su madre hasta el punto de que, como comparte, con 46 años, está empezando «a vivir y a disfrutar».

«Inmersos en una vuelta atrás»

Con la figura de su madre «más viva que nunca», Raquel Orantes cree que, pese a la ley, el sistema sigue dejando desprotegidas a las víctimas.

Entiende que los jueces deben interpretar la ley sin dejarse llevar por «cuestiones ideológicas o religiosas» y advierte de que «estamos inmersos en una vuelta atrás» porque hay quien niega la violencia hacia la mujer «por el mero hecho de serlo», después de todos los años que, dice, ha costado llegar a este punto.

«Hay que avanzar mucho más», sostiene, porque todavía se cuestiona a las mujeres por «aguantar» sin que se tengan en cuenta sus circunstancias, y a los hijos de las víctimas «por no haberlas sacado de ese entorno», algo por lo que, asegura, también han sido cuestionados ella y sus hermanos.

Sobre la rebaja de condenas que está conllevando la aplicación de la ley del «solo sí es sí», Raquel Orantes dice sentirse «indignada» y con ganas de echarse «a la calle y volver a gritar».

Entiende que es una cuestión de «interpretación de leyes», apela por «escuchar a las víctimas» y que los jueces deberían hacer justo lo contrario de lo que está ocurriendo: Endurecer las penas y procurar su cumplimiento íntegro, e incluso aplicar la prisión permanente revisable en los casos de asesinato a mujeres porque, en su opinión, «los maltratadores y violadores no son insertables» socialmente, dado que son «asesinos y violadores ideológicos», matiza Raquel Orantes.

La valentía de un testimonio que animó a otras a denunciar

Convencida de que la «valentía» de su madre al hacer público su testimonio sirvió, con el paso de los años, para aumentar las denuncias contra el maltrato por parte de las víctimas y de su entorno, Raquel Orantes está segura de que la base de todo radica en la educación en valores, la igualdad y la libertad.

La atrocidad de este crimen marcó un antes y un después en España, removió la conciencia social y política de este país sobre el problema del maltrato y allanó el camino para poner en marcha una serie de reformas legislativas, judiciales y asistenciales que llevarían acabo los sucesivos gobiernos.

La historia que Orantes denunció en televisión

Orantes denunció, en un programa de la televisión pública andaluza, las palizas y humillaciones que recibió durante cuarenta años por su exmarido, que trece días después de ofrecer ese testimonio, el 17 de diciembre de 1997, la mató quemándola viva en la casa de Cúllar Vega (Granada) que, por decisión de un juez de paz, compartían tras separarse. Tenía entonces 60 años.

Se casó a los 19 con el padre de sus 11 hijos (tres de ellos murieron), y fue a los tres meses de casada cuando recibió la primera paliza: «Creí que me había roto la cara de la que me dio», relató entonces.

Aislada de su familia -visitaba a su madre a escondidas- y a base de humillaciones, amenazas y palizas transcurrió la vida de esta mujer, cuyo único respiro eran las ausencias de su marido por trabajo, periodos en los que ella y sus hijos aprovechaban para retomar la vida.

Sin saber adónde ir, sin apenas formación y con ocho niños a su cargo, aguantó cuarenta años de maltrato y vejaciones, de los que intentó liberarse con denuncias que nunca sirvieron para poner fin a su calvario: «En aquel entonces, la consecuencia de la denuncia era el arresto domiciliario (del maltratador)», lo que empeoraba la situación, por lo que acababa retirándolas.

Reconocimientos como referente de la lucha contra la violencia machista

Su estremecedor testimonio, que hizo público cuando se divorció y logró superar sus miedos, cobró especial valor y relevancia en una época en la que el maltrato solía quedar en la esfera privada y en la que las leyes no prestaban protección a las víctimas.

Hoy, 25 años después, calles con su nombre repartidas por España, una Escuela de Formación en Igualdad y otras iniciativas educativas vinculadas a su historia para reivindicar los derechos de la mujer reconocen a  Ana Orantes por su valentía -«su mayor legado», dice su hija- y la ayuda que, con su testimonio, brindó a otras víctimas.

Su hija cree que aunque siempre la hicieron creer que «no valía nada», Ana Orantes estaría hoy «orgullosa» de haber ayudado a otras víctimas y de haber «conmovido corazones, por igual, de hombres y mujeres».