Tumba

Ajuar hallado en el yacimiento, imagen compartida por la Grupo ASOME-UAB.

Una tumba descubierta evidencia que las mujeres pudieron gobernar pueblos de la Edad de Bronce

EFE | Barcelona - 20 abril, 2021

Tras analizar los restos encontrados en 2014 en un tumba principesca, un estudio liderado por arqueólogos de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) ha determinado que las mujeres de la clase dominante pudieron gobernar en El Argar, una sociedad que existió en lo que actualmente son las provincias de Murcia y Almería hace 4.000 años, en la Edad de Bronce. 

En la tumba, ubicada en La Almoloya (Murcia), se encontraron, entre otras cosas, los restos de una pareja y un rico ajuar funerario, con una diadema de plata, en el subsuelo de lo que identificaron como la sala de gobierno de un recinto palaciego.

El Argar fue una sociedad que floreció en el sudeste peninsular, entre los años 2200 y 1550 a.C., que estuvo habitado al menos durante 600 años y donde se estableció, ya en los dos últimos siglos de su existencia, la primera organización estatal del Mediterráneo occidental.

La élite en El Argar

«La Almoloya y la tumba 38 (la tumba pricipesca) son ese tipo de hallazgos excepcionales que proporcionan una visión sobre los gobernantes y los objetos emblemáticos de las primeras sociedades que emergieron en Europa durante la Edad de Bronce», ha explicado Vicente Lull, uno de los coordinadores del estudio.

La investigación, que publica la revista «Antiquity», ha permitido desvelar el poder político y económico que tuvieron los miembros de la élite de El Argar.

En la tumba, de cerámica, se enterró a dos personas: un hombre de entre 35 y 40 años y, encima, una mujer de entre 25 y 30 años.

Un exclusivo ajuar funerario

Junto a ellos pusieron un ajuar funerario compuesto por una treintena de piezas, mayoritariamente de plata y casi todas pertenecientes a la mujer, desde brazaletes, dilatadores de orejas, anillos, cuentas de collares y espirales hasta recipientes con ofrendas.

Destaca una diadema sobre la cabeza de la mujer, que se ha analizado y comparado con otras cuatro del siglo XIX de tumbas de mujeres del asentamiento de El Argar, del que toma el nombre la sociedad y cultura argáricas.

Según el estudio, todas las diademas fueron piezas exclusivas de talleres de orfebrería como el recientemente descubierto en Tira del Lienzo, en Totana (Murcia), otro yacimiento argárico excavado hace pocos años por el mismo equipo de la UAB.

Diademas que denotan poder

«La singularidad de estas diademas es extraordinaria. Fueron objetos simbólicos de estas mujeres para que fueran sujetos emblemáticos del poder de la clase dominante», ha explicado Cristina Rihuete, particpante en el estudio.

«Son piezas únicas, como los objetos funerarios que distinguían a las élites en otras regiones, como las de Bretaña, Wessex y Unetice, o en las del Mediterráneo oriental del siglo XVII a.C., contemporáneas de la tumba 38″, ha detallado.

La opulencia de los ajuares funerarios de las tumbas de mujeres de la élite de El Argar, en los que destacan las diademas, es, según el estudio, un indicio del papel que dichas mujeres desempeñaron en el gobierno de algunos de los asentamientos, como el de La Almoloya.

Ellas también gobernaron

La hipótesis que sostienen los investigadores es que las mujeres posiblemente gobernaran por derecho propio porque en la sociedad argárica a las mujeres de la élite se las enterraba con diademas, mientras a los hombres con una espada y una daga, con un ajuar funerario menor en cantidad y calidad.

«Las espadas eran el medio para hacer cumplir las decisiones políticas y ciertos hombres habrían jugado un papel ejecutor, aunque la legitimación y, quizá también el gobierno, recayera en ciertas mujeres«, sostienen.

Según los análisis genéticos hechos en el Instituto Max Planck, la pareja de la tumba 38 fue enterrada simultáneamente o con muy poca diferencia, a mediados del siglo XVII a.C.

También han descubierto que no tenían relación biológica, pero sí una hija en común, enterrada cerca de ellos.

La mujer presentaba varias anomalías congénitas y unas alteraciones óseas en las costillas que podrían indicar una infección pulmonar en el momento de la muerte, mientras que el hombre tenía un desgaste óseo propio de una extensa actividad física, probablemente de montar a caballo.