Rosario posa para su hija Nieves en su residencia de Madrid. Rosario tiene casi un siglo y dos reclusiones a las espaldas. EFE/Nieves Navarro

Rosario, un siglo de vida y dos reclusiones

María Traspaderne - EFE Madrid - 9 abril, 2020

Rosario se confiesa triste porque luchamos «contra una cosa absurda e invisible» que ha obligado a la población a confinarse en sus casas, una situación que ella ya ha vivido. Y es que hace algo más de ochenta años, Avi, como la llaman sus seis hijos y diez nietos, pasó encerrada tres años en tres casas distintas de Madrid durante la Guerra Civil. Un encierro caracterizado por el miedo y la angustia «a que no terminara nunca».

Rosario tiene casi un siglo y dos reclusiones a sus espaldas, una más dura que otra. Avi, un apodo que arrincona ya su verdadero nombre, pasa estos días mucho tiempo sentada frente a la tele de su quinto piso en la madrileña calle de Raimundo Fernández Villaverde. Normalmente no para, entra y sale, sube y baja, e incluso atiende esta entrevista telefónica donde evoca, con buena memoria, su vida durante la guerra.

99 años y dos reclusiones

Durante la Guerra Civil, vio pasar las desgracias desde la ventana a golpe de aguja de tejer. A pesar de que solo era un adolescente, los recuerdos se amontonan en su cabeza y ahora, recluida en su piso, la pandemia la tiene algo decaída.

«El otro día salían los que iban cayendo y terminaban en 94 años. Y pensé: ‘me he pasado, ni siquiera me ponen'», dice medio en broma al teléfono recordando una de esas gráficas de fallecidos que enseñan en los telediarios.

Aunque es inevitable, la entrevista con Avi no era para hablar de los datos de virus, sino de su experiencia en la guerra, de cómo ella ya vivió confinada, un tema que abraza con cabeza clara y recuerdos que se amontonan a pesar de que entonces era solo una adolescente.

Encerrada en tres casas

Cuando estalló, en julio de 1936, vivía con sus padres y sus dos hermanos en el Paseo del Pintor Rosales. Entonces «el padre ya dijo: ‘¡A cerrar todo!'». «No salíamos ni a la ventana ni cogíamos el teléfono» porque no sabían quién podía estar al otro lado.

En dos meses les echaron del piso. Estaba en primera línea de guerra y los republicanos temían que desde allí pudieran hacer señales por las ventanas. Les obligaban a dormir amontonados en unos trasteros.

De ahí se marcharon, «con lo puesto», a otro prestado en Alberto Aguilera, pero al poco las bombas no dejaron ni un cristal vivo en las ventanas. Finalmente aterrizaron en el de otros conocidos en la calle Juan de Mena. Ocho personas entre padres, dos hermanos, una tía y dos «muchachas» agolpados en dos habitaciones.

«La verdad es que pasé mucho miedo y la angustia de que no terminaba nunca. Aquello fue muy largo, pero lo que veo diferente es que allí sabías lo que ocurría, que a estos les ha pasado aquello, que han bombardeado ahí… pero ahora la lucha es contra una cosa muy absurda que no sabes lo que es«.

«Bueno, sí lo sabes pero nadie conoce el arreglo«, corrige Avi, y acto seguido suelta un descargo para su infrecuente pesimismo: «Es que a estos años, qué quieres que te diga, me pilla muy mayor».

Radio, revistas y bufandas

De la reclusión, resume que fueron «como tres años en los que no pasó nada«. «Pasaba mucho, pero de vida no», vuelve a aclarar. Sus hermanos sí salían porque les reclutaron y su padre, que era juez, también. Pero ella estuvo de los 12 a los 15 años prácticamente encerrada.

Solo pisaba la calle para visitar a una amiga que vivía cerca y quemaba las horas «venga a hacer jerséis y bufandas«. «No había más que la radio«, recuerda, pero abarrotada de soflamas políticas de uno u otro lado, depende de dónde te tocara vivir. Nada de radionovelas ni música.

Varias revistas Blanco y Negro y algún que otro libro les salvaban del aburrimiento entre cuatro paredes, que abandonaban muy de vez en cuando para ir a una misa en una casa particular y, al final de la guerra, a por alimentos cartilla en mano. O a desayunar gratis. «Nos tomábamos la leche y el resto lo llevábamos a casa», recuerda.

«El miedo a que te vieran»

La guerra es «una cosa horrible» y no se puede comparar a lo que está ocurriendo ahora, dice Avi, que comparte su segunda reclusión con una de sus hijas, Titina (otro mote), encargada de la sesión fotográfica para este artículo.

«Era un miedo a que vinieran y te llevaran, ahora es por un bichito«, dice, aunque confiesa que está atemorizada por una enfermedad que también se lleva a la gente, solo que de otra manera.

«Estar en casa no me importa, me cuesta el pensar que no va a mejor y que pobrecillos los de las residencias, eso es lo que me pone triste», explica al móvil esta madre, abuela y bisabuela que salió adelante tras enviudar con 44 años y seis hijos, la mayor de 17 y el pequeño de 3.

Nuevos pasatiempos

Estos días Rosario intenta desconectar de los informativos y ha descubierto un programa, «El hormiguero«, que le hace olvidarse del monotema. «Tiene gracia y, aunque ahora no hay público, no te hablan de nada de la enfermedad y te vas a gusto a la cama«.

Tejer ya no puede porque sus dedos artríticos no le dejan, pero intenta no perderse un día en el balcón, a las ocho, aplaudiendo desde su atalaya, forrada para no pasar frío en esta primavera que no se acaba de despedir del invierno.

Y vaticina lo que vendrá cuando todo esto acabe. En la guerra, recuerda, «fue una alegría que no se puede comparar con nada«. «En Madrid todo el mundo se volvió medio loco, no sabes, la gente joven se daba besos con los militares». «Yo no, que yo tenía 15 años», añade, coqueta y más animada.

Una guerra que puso a prueba a la gente

Terminaban tres años de sangre, odio, hambre y también solidaridad, como la de los que prestaba sus casas vacías a quienes no tenían. Y es que, según Avi, como ahora, en la guerra se puso a prueba la pasta de la gente. «En estas cosas sale lo mejor y todo lo contrario, hay gente muy heroica y gente que es todo lo contrario. Sale lo malo, lo bueno y lo regular», afirma tras 45 minutos de conversación.

Tantos que no caben en esta crónica pero que se resumen en la anécdota final, la de la vuelta a casa en 1939 después de tres años encerrada para descubrir que no quedaba en el piso de Pintor Rosales «absolutamente nada, estaba lleno de papeles por el suelo».

«No nos importó lo más mínimo que se hubieran llevado todo» porque, al final, lo que cuenta es poder seguir contándolo.