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Consol Oltra, autora de "Quan les dones havien de pintar flors" (Salvatella). Fotografía cedida por ella.

Oltra recupera a pintoras de finales del XIX que quebrantaron el canon masculino con el motivo floral

Jose Oliva | Barcelona - 18 enero, 2023

La historiadora del arte Consol Oltra ha recuperado la obra de numerosas pintoras que a finales del siglo XIX lograron romper el silencio al que las sometía el canon artístico masculino y exponer en la histórica sala Parés de Barcelona. Lo hicieron con un género común: el motivo floral, determinado por su formación. Puesto que les estaba vetado estudiar el cuerpo y dibujar desnudos por el hecho de ser mujeres.

Sin embargo, «mientras las pintoras femeninas habían quedado ancladas a este género considerado menor, la llegada de una nueva corriente artística cambió esta situación tomando como bandera la representación floral», explica Oltra en una entrevista con EFE.

Oltra, que ya había escrito una monografía dedicada a la pintora Lluïsa Vidal, comenzó su investigación a partir de «las exposiciones femeninas» que organizó la sala Parés en 1896, 1897, 1899 y 1900, «con una amplia participación y en las que dominaban los cuadros de temática floral».

La historiadora, que ha volcado su investigación en el libro «Quan les dones havien de pintar flors» (Salvatella), pone en valor el hecho de que «estas mujeres dieron el paso de exponer en público, es decir, tenían la intención de vender sus obras, de dedicarse profesionalmente, fue como salir del armario». En general, se trataba de mujeres de familias de la burguesía, formadas en la academia.

Primeras exposiciones femeninas

Aquellas primeras exposiciones femeninas fueron, según Oltra, «la plataforma de salida y normalizó el hecho de que las mujeres pudieran exponer en público su trabajo y en colectivas junto con otros artistas hombres».

Entre las pintoras rescatadas del olvido, hay profesoras como Emilia Coranty, casada con el pintor catalán Francesc Guasch, que estudió en Roma. Coranty se había presentado a la exposición de Chicago de 1893, donde obtuvo una medalla, y donde descubrió que había un pabellón solo para artistas femeninas.

«En toda Europa se estaban organizando exposiciones de artistas femeninas y Barcelona fue la primera ciudad española en acoger este tipo de muestras, pues a Madrid llegaron ya pasado 1900″, asegura Oltra.

Sin embargo, la gran artista catalana del momento, Lluïsa Vidal, no quiso participar en aquellas exposiciones, porque ella no se consideraba representante de ese arte femenino, sino que «se veía como artista independientemente del género».

Y es que signo del ambiente en que se produjeron aquellas exposiciones de la Parés son las críticas, que «se centraban más en los vestidos que llevaban las artistas que en las propias obras».

Pintura de motivo floral

La elección del motivo floral viene determinado, según Oltra, por su formación: «En Llotja las mujeres se pudieron matricular a partir de 1894, pero solo en la asignatura de Ornamentación Floral. No podían pintar retratos, porque para ello necesitaban dibujar muchos desnudos, estudiar el cuerpo humano, y eso les estaba vetado».

En sus obras florales, detecta la autora, se nota «mucha influencia del japonismo, que también estaba de moda», como en las ramas de almendro de Isabel Güell, o en la acuarelista Pepita Teixidor, mientras que la irradiación del barroco deja más huella singularmente en las obras de Coranty o en las de Antònia Ferreras».

La técnica es básicamente el óleo con una impronta generalmente impresionista.

Otro elemento común a algunas de estas pintoras es que son muy viajadas y conocen las corrientes artísticas del momento: Aparte de Coranty, Isabel Güell había vivido en París, Pepita Teixidor expuso en la Exposición Universal de París en 1900 y Ferreras en la Exposición de Artes e Industrias de México en 1896.

Obras de mujeres en «salas de reserva»

Oltra lamenta que «los museos tienen pocas obras de estas mujeres artistas y habitualmente las conservan en sus salas de reserva».

Aquellas artistas, añade Oltra, no contaron con el apoyo de sus compañeros y quizá «un caso excepcional fue Lluïsa Vidal, que en París entabló amistad con Ricard Canals, a quien le hizo un magnífico retrato, o con Isidre Nonell, cuyo estudio barcelonés ocupó tras su muerte».

En la historia del arte ha habido pintores famosos que han pintado flores como Van Gogh, Monet o los pintores holandeses, pero «a ellos se les denominaba especialistas en naturaleza muerta y a ellas, pintoras de flores».

Así es que, como si se tratara de una labor detectivesca, Oltra ha seguido el rastro de aquellas artistas a partir de los listados de la sala Parés.

«Ha sido difícil encontrar obras de estas pintoras, porque solo pasan a la posteridad las obras que tienen una buena firma, que la gente las guarda, pero en este caso los cuadros florales fueron denostados después del Modernismo y en muchos casos acabaron en trasteros y allí estropeados por la humedad, o en los rastros y mercadillos».

Recuperar genealogías de artistas

La aparición de esta investigación ha coincidido con la publicación de «Cent dues artistes» (Arts Visuals/Univers), coordinado por la especialista Elina Norandi, que revisa todos los ámbitos de las artes visuales -pintura, escultura, cerámica, ilustración, instalaciones, fotografía y performance-, y traza una genealogía de experiencia creativa femenina.

El libro destaca la vida y la obra de 102 artistas, muchas de ellas poco o nada conocidas, al margen de las consagradas. Entre ellas, Lluïsa Vidal, Olga Sacharoff, Lola Anglada, Montserrat Gudiol, Teresa Gancedo, Colita, Sílvia Gubern, Àngels Ribé, Susana Solano, Fina Miralles, Eulàlia Valldosera, Laia Estruch o Lúa Coderch.

Según explica en el prólogo Norandi, su intención no es aislar a las artistas como si fueran una especie exótica, sino más bien «mostrar que las circunstancias históricas, atravesadas por la estructura patriarcal y su sistema de géneros, han motivado que las mujeres, desde 1850 a 1980, no crearan en las mismas circunstancias que los hombres».