Suscríbete a nuestra newsletter "Sin permiso"
'Manas', la candidata brasileña al Goya que denuncia la violencia sexual sistémica contra mujeres y niñas
Manas, término cariñoso utilizado en el norte de Brasil y que significa "hermanas", es el título e la película con la que la cineasta brasileña Marianna Brennand aspira al Goya a Mejor Película Iberoamericana y en la que retrata, a partir de historias reales y con una mirada sensorial y ética, la violencia sexual estructural que sufren las mujeres y las niñas en la isla de Marajó, en la Amazonía brasileña, un territorio marcado por el aislamiento, la impunidad y la desprotección institucional.
"Espero que todas las mujeres y niñas, o cualquier persona que haya sufrido cualquier tipo de violencia, se sientan vistas, se sientan escuchadas, se sientan abrazadas y alentadas a romper sus silencios al ver Manas", ha expresado la directora de la película Marianna Brennand (Brasília, 1980) durante una entrevista con Efeminista.
Manas competirá por el Goya a Mejor Película Iberoamericana con Belén (Argentina), La misteriosa mirada del flamenco (Chile), La piel del agua (Costa Rica) y Un poeta (Colombia) en la 40ª edición de los Premios Goya, que se celebrará el 28 de febrero de 2026 en Barcelona.
Brennand se muestra satisfecha por el reconocimiento y subraya el valor simbólico de compartir categoría con otras cineastas iberoamericanas, como Dolores Fonzi o Patricia Velásquez, en una categoría que, tradicionalmente, ha contado con una presencia mayoritaria de hombres.
"Nos sentimos muy honradas de representar a Brasil y de estar representando a las mujeres", señala la directora, que interpreta la candidatura como un respaldo a la necesidad de seguir contando historias con compromiso social.
El propio título del filme funciona como una declaración de intenciones. En el norte de Brasil, manas es una forma abreviada y afectiva de referirse a las hermanas, pero también una expresión de sororidad y apoyo mutuo.
"Manas es cada mujer y cada niña en el mundo que haya pasado por cualquier tipo de violencia, ya sea sexual, física, moral, psicológica o financiera", añade Brennand.
El contexto en el que se desarrolla la historia es determinante para comprender esa violencia sistémica, ya que la isla de Marajó, situada en el norte de Brasil, en el estado de Pará, es uno de los archipiélagos fluviales más grandes del mundo y se caracteriza por un aislamiento extremo, con comunidades ribereñas dispersas, viviendas alejadas entre sí y un acceso muy limitado a servicios básicos, un escenario que incrementa la vulnerabilidad de mujeres y niñas y dificulta cualquier intento de huida o denuncia.
"La primera vez que estuve allí me impactó profundamente la fragilidad de esas mujeres y niñas", recuerda la directora, que describe un entorno en el que incluso desplazarse implica un riesgo porque tiene que ser a través de barcas.
A ese aislamiento geográfico se suma, según Brennand, una falta de representación política que deja a estas comunidades fuera de las prioridades institucionales.

Marianna Brennand, directora de 'Manas', nominada al Goya a Mejor Película Iberoamericana, posa durante una entrevista con Efeminista. Foto: EFE/Laura de Grado
"La explotación sexual ocurre en todo el mundo"
La película muestra cómo las víctimas buscan apoyo en distintos ámbitos (la familia, la comunidad, la iglesia, la escuela o la policía) sin obtener respuestas eficaces, una experiencia que la directora considera tristemente reconocible en muchos otros contextos.
"Eso es lo que sucede allí y eso es lo que sucede en todo el mundo: la falta de apoyo institucional a las víctimas de violencia", lamenta la directora brasileña.
"El contexto de cómo sucede en la isla de Marajó es muy específico de esa región, en lo económico, político y geográfico, pero la explotación sexual ocurre en todo el mundo. Y la violencia sexual dentro de nuestros propios hogares ocurre justo a nuestro lado. Ocurre aquí, en Madrid, ocurre en Río de Janeiro, ocurre en Nueva York."
Contar la violencia sin revictimizar: una apuesta ética y sensorial
Uno de los mayores retos del proyecto, cuenta, fue encontrar la forma de plasmar esa violencia sin revictimizar a quienes la sufren, una preocupación que marcó todas las decisiones creativas.
Por eso, Brennand y su equipo optaron por un lenguaje cinematográfico basado en el sonido, el montaje y las elipsis, evitando la explicitud de mostrar "una violencia que no debería existir" y apostando por una aproximación sensorial que permite al espectador comprender y sentir la violencia sin necesidad de verla.
"Yo no quería que el espectador apartara la mirada. Era muy importante que sintieras empatía por esta niña, que sintieras su dolor y que miraras, porque es cuando miramos que hablamos, que cambiamos y que nos transformamos", concluye.
